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domingo, 4 de marzo de 2018
sábado, 15 de marzo de 2014
La mirada cínica de Ambrose Bierce
La mirada cínica Ambrose Bierce
Introducción y traducción de Miguel Catalán
PRÓLOGO
Odio la fanfarronería, odio la impostura, odio la superstición,
odio la mentira y odio a toda esa clase de tipos miserables
y embaucadores. Que son muchísimos, como sabes.
Luciano de Samosata
Descendiente de cierto Augustin Bearse emigrado a América
desde Southampton en el siglo XVII, Ambrose Gwinett Bierce
nació el 24 de junio de 1842 en Horse Cave Creek, una aldea de
Ohio, y murió no sabemos dónde ni cuándo, en todo caso no antes
del 26 de diciembre de 1913. En esa fecha la familia recibió su
última carta desde la población mexicana de Chihuahua. Un
Bierce ya septuagenario había cruzado la frontera meridional de
Estados Unidos con el propósito de enrolarse en el ejército de
Pancho Villa y el deseo de morir en la vorágine de la guerra civil.
Bierce no solía hablar ni escribir sobre su infancia. En los raros
casos en que lo hizo, dejó entrever estrecheces económicas y falta
de cariño por parte de una madre, Laura Sherwood, que tuvo
demasiados hijos, hasta trece, en un medio pobre y poco higiénico
("una granja propensa a la malaria", evocó en un poema de
1883). Cuando Ambrose tenía cuatro años, su familia se mudó a
Warsaw, en Indiana, donde fue un niño solitario que frecuentaba
la naturaleza y el camposanto. El único escrito de sus años escolares
que pervive es una copia a mano de una lápida del cemente-
rio local alusiva a la niña allí enterrada: "Probó la amarga copa de
la vida / y rehusó apurarla, / volvió su cabecita a un lado / asqueada
por el sabor y murió".1 Aunque ignoramos mucho sobre sus primeros
años de vida, no debieron de serle muy gratos cuando, apenas
cumplidos los quince, resolvió marcharse de casa para trabajar
como aprendiz de imprenta. Tampoco sabemos si huía de su
padre, un campesino pobre, calvinista y aliterador llamado
Marcus Aurelius Bierce que bautizó a sus trece hijos con nombres
que empezaban por la letra A. En orden natalicio: Abigail, Amelia,
Ann Maria, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew,
Albert, Ambrose, Arthur, Aurelia y Adelia. De todos sus hermanos,
Ambrose sólo mantuvo relación adulta con Albert.
Un destino adverso parece dictar la vida de Bierce cuando a los
diecisiete años su tío paterno Lucius Verus le convenció para que
ingresara en el Kentucky Military Institute. Aquella escuela militar
lo llevaría a participar en la guerra civil estadounidense, donde
vivió los horrores que luego reflejaría su obra. Tras alistarse a los
diecinueve años en el Noveno Regimiento de Voluntarios de
Indiana, comprobó que la guerra le repugnaba y atraía al mismo
tiempo, pues en diversas ocasiones abandonó el frente para volver
de nuevo a él. Participó con el ejército de la Unión en la batalla de
Shiloh, cerca del río Owl Creek que inspiraría su célebre relato
sobre la visión del ahogado, An Ocurrence at Owl Creek Bridge,
así como en las de Stones River, Picket's Mill, Missionary Ridge
o Chickamauga, fuente histórica esta última del relato del mismo
nombre. Llevó a cabo acciones heroicas como rescatar a un compañero
de armas herido bajo el fuego confederado en Girard Hill
(Virginia). Él mismo fue herido de gravedad en la cabeza durante
la batalla de Kennesaw Mountain (Georgia), en 1864. Tras recibir
durante unos meses los cuidados de su hermano Albert, Ambrose
aún volvería a su brigada para librar la última batalla en Franklin
(Tennessee), origen de su relato The major's Tale. En enero de
1865 dejó el servicio de las armas, pero la experiencia bélica ya
nunca abandonaría su espíritu ni su obra.
Tras proclamarse la paz, Bierce fijó su residencia en San
Francisco, adonde había llegado en 1866 con una expedición a través
de territorio indio. Trabajó como colaborador (Californian,
Argonaut, The Golden Era) y como director (News-Letter ) en
periódicos de la costa del Pacífico. Fue en esa época cuando leyó
a los autores que darían forma y sentido a su propia escritura: Poe,
Bacon, Swift y Voltaire, entre otros. En el Californian publicó su
primer poema, "La basílica" y su primer artículo, "Sufragio femenino",
ambos en 1867; en el Overland Monthly publicó su primer
cuento, "El valle encantado", en 1871.
A causa del asma que padeció toda su vida, ese mismo año viajó
a San Rafael, en el condado de Marin, donde conoció a quien sería
su esposa, Mary Ellen Day, hija de una familia acomodada de San
Francisco. La pareja se casó en diciembre de ese mismo año.
Gracias a la aportación financiera de su suegro, viajó con Mary
Ellen a Inglaterra, donde colaboró bajo el seudónimo de Dod
Grille en revistas londinenses como Fun y Figaro. Durante su
estancia en Inglaterra, Mary Ellen dio a luz dos hijos varones, Day
y Leigh, y cuando en 1875 quedó embarazada de su tercer hijo
volvió sola a San Francisco en la primavera de 1875. Ambrose
retornó junto a su esposa unos meses más tarde con tiempo de
asistir al nacimiento de una niña llamada Helen. El escritor, que
después definiría su estancia en Inglaterra como la época más feliz
de su vida, se resignó a fijar la residencia familiar en Estados
Unidos.
En 1887, el magnate de la prensa William Randolph Hearst contrata
a Bierce como columnista y editorialista para el Examiner de
San Francisco. Se abre entonces una época de gran actividad:
colabora en diversos periódicos de la costa Oeste, dirige el Wasp,
publica sus relatos de la Guerra de Secesión con el título de
Cuentos de soldados y civiles (1891), así como la novela de terror
El monje y la hija del verdugo (1892), el poemario satírico
Escarabajos negros en ámbar (1892) y el libro de relatos sobrenaturales
¿Pueden existir tales cosas? (1893).
Las agudas críticas de Bierce, que se había convertido en un
temido árbitro del estilo literario, le reportaron el mote de
Todopoderoso Dios Bierce (Almighty God Bierce ) a partir de sus
iniciales, A. G. B. Pero para entonces ya había vuelto la tragedia
a bailar en torno suyo. En 1888 se separa de su esposa por diferencias
acumuladas a lo largo del tiempo, incluyendo celos
mutuos. Un año después se suicida su hijo predilecto, Day, tras
asesinar a su rival en la pelea por una mujer, y al siguiente fallece
su segundo hijo, Leigh, de una neumonía.
En 1899 Bierce se mudó a las oficinas de Hearst en
Washington, donde ejerció tareas de corresponsal del American
de Nueva York. En 1899 publicó sus Fábulas fantásticas y un año
después su Diccionario del diablo. En 1905 falleció su esposa. De
1909 a 1912 fueron viendo la luz los doce volúmenes de sus
obras completas, pero el sedentarismo del autor consagrado no
era lo suyo, de forma que pronto empezó a declararse cansado de
la vida y a coquetear con la idea de una muerte heroica. El lema
que rigió su vida, "Nada importa", adquirió entonces su verdadero
relieve. El tono y contenido de sus últimas cartas hacen presumir
que cruzó la frontera en busca de un final acorde con su
carácter. A sus setenta y un años, estaba "cansado de ser tan viejo
y seguir vivo",2 como muestra esta carta de despedida a la esposa
de su sobrino:
"Querida Lora: Mañana parto para una larga temporada, de
forma que esta es sólo para decir adiós. Creo que no vale la pena
añadir nada más; dado lo cual esperarás, por supuesto, una larga
carta. ¡Cuán intolerable sería este mundo si sólo dijéramos lo
que vale la pena decir! Y no hiciéramos nunca nada estúpido,
como ir a México y Suramérica. [...] ¡Que le den a la civilización!
Yo prefiero las montañas y el desierto.
Adiós. Si oyes que me han puesto contra un paredón mexicano
y disparado, por favor, piensa que yo lo veo como una bonita
manera de partir de esta vida. Supera en mucho la vejez, la
enfermedad o una caída por las escaleras de la bodega. ¡Ser
gringo en México: eso sí es eutanasia!
Con cariño a Carlt, afectuosamente tuyo, Ambrose".3
Antes de cruzar la frontera de El Paso en busca de la Revolución,
Bierce visitó los lugares del Sur donde había combatido en
su juventud. Tras despedirse del escenario de las viejas batallas,
entró a caballo en México el 23 de noviembre de 1913 y al poco
llegó a Ciudad Juárez, ya tomada por Pancho Villa. Desde
Chihuahua escribe el 26 de diciembre su última carta, que termina
con la frase "Por lo que a mí respecta, parto mañana de aquí con
destino desconocido". Nunca se supo más de él.
Suponemos que fue asesinado en 1914 por alguno de los dos
bandos, el federal o el insurgente, quizá cerca de Sierra Mojada,
en cuyo cementerio se ha inscrito una lápida conmemorativa.
Diversas leyendas y testimonios han intentado llenar sin éxito el
vacío de sus últimos días o meses.
* * *
El carácter humano y la personalidad literaria de Ambrose
Bierce han merecido multitud de epítetos: ácido, amargo (primero
fue calificado de Fun Bierce, luego de Bitter Bierce), cáustico,
realista, sádico, lúcido, pesimista, satírico, aventurero, misántropo,
rebelde, nihilista, sardónico… pero quizá el que mejor pudiera
resumirlo es el de cínico.
Recordando sin duda a los griegos Diógenes o Crates, modelos
de una desvergonzada sinceridad, el propio Bierce se proclama
cínico en diversas obras, entre ellas Un cínico examina la vida,
una de cuyas secciones titulará además "Epigramas de un cínico".
También dejó claro su amor a la realidad desnuda en otros escritos.
Así, en su célebre Diccionario del diablo describe al cínico
como aquel "miserable cuya vista defectuosa le hacer ver las cosas
como son y no como debieran ser".4 Esta definición pone en juego
una ironía que delata su apuesta por el cinismo al describirlo como
una tendencia a exponer los hechos de forma intolerablemente
precisa. En la misma definición, Bierce apostilla lo peligroso que
resulta decir la verdad, en especial a personas que nos juzgan con
el suficiente criterio como para haberla ocultado: "De aquí viene
la costumbre que tenían los escitas de arrancar los ojos a los cínicos
para mejorar su vista". La mayoría de las definiciones del
Diccionario del diablo suscitan a medias hilaridad y desasosiego,
porque reflejan con excesiva fidelidad la condición humana. Por
ejemplo, un conocido (Acquaintance ) es aquella persona a quien
conocemos lo bastante como para pedirle dinero, pero no lo suficiente
como para que nos lo pida; un egoísta, aquel sujeto de mal
gusto menos interesado en mí que en él.5 El propio Diccionario del
diablo se titulaba en su origen The Cynic's Word Book, y sólo
once años después de su primera edición cambió el título al que
hoy todos conocemos, The Devil's Dictionnary.
Bierce parece imponerse un plan de trabajo cuando afirma que
el cínico debe ser selectivo: "Un cinismo fácil y barato despotrica
contra todo. Sólo el dueño de este arte consigue llevar a cabo la
formidable tarea de la distinción". El cinismo es, en efecto, una
forma punzante de verdad. Una declaración cínica es una afirmación
verdadera que el oyente juzga ofensiva. Con ese talante definió
Samuel Johnson la guerra entre Inglaterra y Francia por el
territorio norteamericano como una pendencia entre dos ladrones
después de haber desvalijado a un viajero.6 Tal sentencia, escrita
en la metrópoli que intentaba colonizar América, es a la vez irritante
y verdadera, los dos ingredientes principales de las sentencias
cínicas.
Ambrose Bierce es un ingenio quemado por el espíritu de la verdad
que va incendiando a su paso templos y palacios. No puede
ser de otra manera. Como escribió Lichtenberg, es casi imposible
llevar la antorcha de la verdad a través de una multitud sin chamuscarle
la barba a alguien.7 Esta devoción por la sinceridad
explica algunas de las cosas que Bierce hizo o dijo a lo largo de su
vida, aunque a veces estuviera equivocado. "El amor a la verdad
es suficiente motivo para mí cuando escribo acerca de mis congéneres",
confesó a Blanche Partington en una carta de 1892. Y ciertas
verdades son demasiado fuertes para contemplarlas con detenimiento.
Si hay algo fastidioso en las fábulas satíricas de Bierce
que aparecen en nuestra selección de Telarañas de un cráneo
vacío, por ejemplo, es que suelen terminar con la muerte del protagonista.
Bierce muestra hacia el lector la misma falta de consideración
que la propia vida. Sus finales son tan monotemáticos
como los de la historia. La fidelidad a lo real y la precisión descriptiva
nos recuerdan las definiciones de cinismo que dieron
Oscar Wilde ("arte de ver las cosas como son") y Lillian Hellman
("una forma desagradable de decir la verdad").
En una evolución ideal de las relaciones humanas, primero fue
la ingenuidad, después la hipocresía y, por último, el cinismo. El
hipócrita manipula al ingenuo y lo reduce a la condición de víctima,
como los europeos que robaban su tierra a los indígenas americanos
haciéndose pasar por dioses. El cínico, en la cúspide de
esa gradación interactiva, se pone de lado del ingenuo para fustigar
al hipócrita, como hemos visto en la descripción de Samuel
Johnson. En efecto, el cinismo tiene siempre algo de develador, de
desenmascarador de la mentira más o menos institucionalizada,
aun cuando sus enemigos lo utilicen a modo de insulto. Así, el epíteto
que los autores políticos cristianos han vertido sobre
Maquiavelo al tacharlo de cínico por decir cómo se comportan los
príncipes en vez de cómo debieran comportarse, tal cual habían
hecho los consejeros de príncipes y tratadistas políticos hasta
entonces, es el mismo que algunos espíritus filisteos han dedicado
a Bierce. Para los farsantes, admitir la farsa por escrito siempre ha
sido un feo pleonasmo: resulta más fácil cometer iniquidades
cuando se las acompaña de buenas palabras.8
Esta antología de Bierce parte de textos breves y claros. Y es
que, como sabían los antiguos, el lenguaje de la verdad es sencillo:
Veritatis simplex oratio est .9 Frente a las alambicadas explicaciones,
a los recursos al misterio y a los arcanos que no deben
inquirirse (frente a la complejidad del engaño), la verdad es más
bien sencilla y breve. Si el cínico da siempre una impresión poco
académica es porque prefiere la intensidad de los epigramas a la
complejidad de los tratados.
Bierce, como todo cínico auténtico, es un idealista contrariado.
No es que odie a la humanidad, sino que ama una idea tan alta de
ella que, al mínimo contacto con la experiencia, cae del pedestal
para quebrarse en mil pedazos. Aparte su infancia, podemos datar
ese derrumbe en el periodo 1861-1865, cuando el escritor rompe
con Bernice Wright, su novia desde los años escolares y, al mismo
tiempo, conoce los desastres de la guerra. No conviene olvidar que
se alistó en las filas unionistas blandiendo la bandera de la abolición
de la esclavitud y que fue el segundo hombre de su condado
en seguir la llamada a las armas de Abraham Lincoln.
La imagen de Bierce como un hombre cruel, maligno, amargado
o misántropo obedece a una exageración estereotípica que él
conocía bien cuando propuso titular unas posibles memorias "La
autobiografía de un hombre muy malentendido".10 Bierce detestaba
la tan socorrida imputación de misantropía11 y en una carta afir-
mó a regañadientes que le gustaban muchas cosas y algunas personas.
12 Aunque sin duda Bierce fue altanero, camorrista, egocéntrico
y dipsómano, también era íntegro en su trabajo y leal en la
amistad: nunca cometió las útiles indignidades que ayudan a triunfar
en vida, prestó o dio discretamente dinero a gente que lo necesitaba
y ayudó a jóvenes literatos en sus carreras (aunque también
hundió otras con sus mordaces críticas, en especial cuando usaba
su ingenio como un arma de combate). Su escepticismo no impidió,
además, que lo estafaran más de una vez algunos de sus
supuestos amigos o seguidores. H. L. Mencken, que lo conoció
bien y no suele regalar elogios, opinó que Bierce fue uno de los
hombres más idealistas de su generación, una fuerza moral basada
en el respeto por la verdad.13 Mediante la sátira de la hipocresía
y la mentira, Bierce pretendía en cierto modo indirecto reformar
a sus contemporáneos.14 Como diría Goethe, quiso enmendar
la locura con el ridículo.15 La humanidad contradictoria de Bierce
supera a la de muchos de sus filisteos detractores; su ingenio y su
genio, a los de todos sus devotos.
* * *
Esta edición congrega algunas de las piezas cínicas de Bierce
menos conocidas o, simplemente, desconocidas en castellano. La
versión al español parte de las obras originales en inglés digitalizadas
en el Gutenberg Project. Mediando siempre esta edición
digital, nuestro compendio de Telarañas de un cráneo vacío procede
de la edición en papel Cobwebs from an empty skull (George
Routledge and Sons: Londres y Nueva York, 1874). Los ensayos
"Inmortalidad" y "Un mundo loco", así como la selección de
"Epigramas de un cínico" pertenecen a la obra A Cynic Looks At
Life (The Neale Publishing Company: Nueva York, 1912). Por
último, el ensayo "El derecho a trabajar" forma parte del volumen
The Shadow on the Dial and Other Essays (S. O. Howes: San
Francisco, 1909).
Miguel Catalán
Notas
1. Morris Roy, Jr., Ambrose Bierce: Alone in Bad Company, Nueva York:
Oxford University Press, 1995, p. 15.
2. Ruffinelli, Jorge, "Prólogo", p. 5, en Cuentos de soldados y civiles,
Barcelona: Edhasa, pp. 5-13.
3. Carta del 1 de octubre de 1913, en Clark Pope, Bertha (ed.), The Letters
of Ambrose Bierce, Nueva York: Gordian Press, 1967, pp. 196-197.
4. "Cynic, n. A Blackguard whose faulty vision sees things as they are, not
as they ought to be". Bierce, A., The Devil's Dictionary,Wordswort: Hare,
Herfordshire, 1996, p. 55.
5. "Acquaintance" y "Egoist", op. cit., pp. 17 y 72.
6. Johnson, Samuel, Escritos políticos, Buenos Aires: Katz, 2009, p. 26.
7. Lichtenberg, Georg Cristoph, Aforismos, Barcelona: Edhasa, 1990, p. 179.
8. Vid. al respecto Catalán, Miguel, Antropología de la mentira, Madrid:
Taller de Mario Muchnik, 2005, p. 36, y, en general, el apartado I.3.
9. Séneca, Epístolas a Lucilio, XLIX, 12. Séneca traduce al latín el verso de
Eurípides en Fenicias, 469.
10. Joshi, S. T., y Schultz, David E., eds., A much misunderstood man.
Selected letters of Ambrose Bierce, Ohio: Ohio State University Press,
2003, "Introduction", XV.
11. Ibidem, p. 215.
12. "I like many things in this world and a few persons", en Joshi, S. T., y
Schultz, David E., eds., op. cit., p. 23.
13. Mencken, H. L., "Bierce emerges from the Shadows", American
Mercury, XIX, 2 (1930), p. 252., cit. en Joshi, S. T., y Schultz, David E.,
eds., op. cit., pp. xxiii-xxiv.
14. Bierce, Ambrose, A Sole Survivor: Bits of Autobiography, editado por
S. T. Joshi y David E. Schultz, Knoxville: University of Tennessee Press,
1998, p. 171.
15. Goethe, J. W. von, Poesía y verdad, VII, en Obras Completas III, Madrid:
Aguilar, 1968, p. 582.
18
EPIGRAMAS DE UN CÍNICO
Para el dogmatismo, el espíritu de la investigación es lo mismo
que el espíritu del mal, y cuando pinta a este último le añade una
cola para representar el signo de interrogación.
*
"Inmoral" es el juicio que emite el buey estabulado cuando ve
al cordero retozando al aire libre.
*
Cuando perdones una injuria hazlo con cierta ceremoniosidad,
no vaya a ser que interpreten tu grandeza de ánimo como si fuera
indiferencia.
*
Es verdad; el hombre no conoce a la mujer. Pero tampoco ella
la conoce.
*
El paso del tiempo es providente, porque cuanto menos futuro
tenemos, más temor nos inspira.
19
*
La razón es falible y la virtud conquistable; los vientos cambian
y la aguja pierde su orientación, pero la estupidez nunca yerra y
jamás descansa. Desde que se ha descubierto que el eje de la tierra
vacila, la estupidez ha ocupado su lugar como indispensable
medida de la constancia.
*
Mi persistencia es firmeza; la tuya, obstinación.
*
"¿Quién eres, extranjero, y qué buscas aquí?"
"Soy la Generosidad, y busco a una persona llamada Gratitud".
"Entonces no mereces encontrarla".
"Es verdad. Voy a dedicarme a mis asuntos y a no pensar más
en ella. Pero, ¿quién eres tú para ser tan sabia?".
"Soy la gratitud. Adiós para siempre".
*
Nunca hubo ningún genio del que no se pensara que era un
tonto hasta que reveló su personalidad, acción de la cual se deduce
que en el fondo era un tonto.
*
Un conquistador se levantó de entre los muertos. "Ayer", dijo,
"goberné la mitad del mundo". "Por favor, muéstrame qué mitad
gobernaste", dijo un ángel, señalando una mínima centella de
vapor incandescente que flotaba en el espacio; "ahí tienes el
mundo".
20
Introducción y traducción de Miguel Catalán
PRÓLOGO
Odio la fanfarronería, odio la impostura, odio la superstición,
odio la mentira y odio a toda esa clase de tipos miserables
y embaucadores. Que son muchísimos, como sabes.
Luciano de Samosata
Descendiente de cierto Augustin Bearse emigrado a América
desde Southampton en el siglo XVII, Ambrose Gwinett Bierce
nació el 24 de junio de 1842 en Horse Cave Creek, una aldea de
Ohio, y murió no sabemos dónde ni cuándo, en todo caso no antes
del 26 de diciembre de 1913. En esa fecha la familia recibió su
última carta desde la población mexicana de Chihuahua. Un
Bierce ya septuagenario había cruzado la frontera meridional de
Estados Unidos con el propósito de enrolarse en el ejército de
Pancho Villa y el deseo de morir en la vorágine de la guerra civil.
Bierce no solía hablar ni escribir sobre su infancia. En los raros
casos en que lo hizo, dejó entrever estrecheces económicas y falta
de cariño por parte de una madre, Laura Sherwood, que tuvo
demasiados hijos, hasta trece, en un medio pobre y poco higiénico
("una granja propensa a la malaria", evocó en un poema de
1883). Cuando Ambrose tenía cuatro años, su familia se mudó a
Warsaw, en Indiana, donde fue un niño solitario que frecuentaba
la naturaleza y el camposanto. El único escrito de sus años escolares
que pervive es una copia a mano de una lápida del cemente-
rio local alusiva a la niña allí enterrada: "Probó la amarga copa de
la vida / y rehusó apurarla, / volvió su cabecita a un lado / asqueada
por el sabor y murió".1 Aunque ignoramos mucho sobre sus primeros
años de vida, no debieron de serle muy gratos cuando, apenas
cumplidos los quince, resolvió marcharse de casa para trabajar
como aprendiz de imprenta. Tampoco sabemos si huía de su
padre, un campesino pobre, calvinista y aliterador llamado
Marcus Aurelius Bierce que bautizó a sus trece hijos con nombres
que empezaban por la letra A. En orden natalicio: Abigail, Amelia,
Ann Maria, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew,
Albert, Ambrose, Arthur, Aurelia y Adelia. De todos sus hermanos,
Ambrose sólo mantuvo relación adulta con Albert.
Un destino adverso parece dictar la vida de Bierce cuando a los
diecisiete años su tío paterno Lucius Verus le convenció para que
ingresara en el Kentucky Military Institute. Aquella escuela militar
lo llevaría a participar en la guerra civil estadounidense, donde
vivió los horrores que luego reflejaría su obra. Tras alistarse a los
diecinueve años en el Noveno Regimiento de Voluntarios de
Indiana, comprobó que la guerra le repugnaba y atraía al mismo
tiempo, pues en diversas ocasiones abandonó el frente para volver
de nuevo a él. Participó con el ejército de la Unión en la batalla de
Shiloh, cerca del río Owl Creek que inspiraría su célebre relato
sobre la visión del ahogado, An Ocurrence at Owl Creek Bridge,
así como en las de Stones River, Picket's Mill, Missionary Ridge
o Chickamauga, fuente histórica esta última del relato del mismo
nombre. Llevó a cabo acciones heroicas como rescatar a un compañero
de armas herido bajo el fuego confederado en Girard Hill
(Virginia). Él mismo fue herido de gravedad en la cabeza durante
la batalla de Kennesaw Mountain (Georgia), en 1864. Tras recibir
durante unos meses los cuidados de su hermano Albert, Ambrose
aún volvería a su brigada para librar la última batalla en Franklin
(Tennessee), origen de su relato The major's Tale. En enero de
1865 dejó el servicio de las armas, pero la experiencia bélica ya
nunca abandonaría su espíritu ni su obra.
Tras proclamarse la paz, Bierce fijó su residencia en San
Francisco, adonde había llegado en 1866 con una expedición a través
de territorio indio. Trabajó como colaborador (Californian,
Argonaut, The Golden Era) y como director (News-Letter ) en
periódicos de la costa del Pacífico. Fue en esa época cuando leyó
a los autores que darían forma y sentido a su propia escritura: Poe,
Bacon, Swift y Voltaire, entre otros. En el Californian publicó su
primer poema, "La basílica" y su primer artículo, "Sufragio femenino",
ambos en 1867; en el Overland Monthly publicó su primer
cuento, "El valle encantado", en 1871.
A causa del asma que padeció toda su vida, ese mismo año viajó
a San Rafael, en el condado de Marin, donde conoció a quien sería
su esposa, Mary Ellen Day, hija de una familia acomodada de San
Francisco. La pareja se casó en diciembre de ese mismo año.
Gracias a la aportación financiera de su suegro, viajó con Mary
Ellen a Inglaterra, donde colaboró bajo el seudónimo de Dod
Grille en revistas londinenses como Fun y Figaro. Durante su
estancia en Inglaterra, Mary Ellen dio a luz dos hijos varones, Day
y Leigh, y cuando en 1875 quedó embarazada de su tercer hijo
volvió sola a San Francisco en la primavera de 1875. Ambrose
retornó junto a su esposa unos meses más tarde con tiempo de
asistir al nacimiento de una niña llamada Helen. El escritor, que
después definiría su estancia en Inglaterra como la época más feliz
de su vida, se resignó a fijar la residencia familiar en Estados
Unidos.
En 1887, el magnate de la prensa William Randolph Hearst contrata
a Bierce como columnista y editorialista para el Examiner de
San Francisco. Se abre entonces una época de gran actividad:
colabora en diversos periódicos de la costa Oeste, dirige el Wasp,
publica sus relatos de la Guerra de Secesión con el título de
Cuentos de soldados y civiles (1891), así como la novela de terror
El monje y la hija del verdugo (1892), el poemario satírico
Escarabajos negros en ámbar (1892) y el libro de relatos sobrenaturales
¿Pueden existir tales cosas? (1893).
Las agudas críticas de Bierce, que se había convertido en un
temido árbitro del estilo literario, le reportaron el mote de
Todopoderoso Dios Bierce (Almighty God Bierce ) a partir de sus
iniciales, A. G. B. Pero para entonces ya había vuelto la tragedia
a bailar en torno suyo. En 1888 se separa de su esposa por diferencias
acumuladas a lo largo del tiempo, incluyendo celos
mutuos. Un año después se suicida su hijo predilecto, Day, tras
asesinar a su rival en la pelea por una mujer, y al siguiente fallece
su segundo hijo, Leigh, de una neumonía.
En 1899 Bierce se mudó a las oficinas de Hearst en
Washington, donde ejerció tareas de corresponsal del American
de Nueva York. En 1899 publicó sus Fábulas fantásticas y un año
después su Diccionario del diablo. En 1905 falleció su esposa. De
1909 a 1912 fueron viendo la luz los doce volúmenes de sus
obras completas, pero el sedentarismo del autor consagrado no
era lo suyo, de forma que pronto empezó a declararse cansado de
la vida y a coquetear con la idea de una muerte heroica. El lema
que rigió su vida, "Nada importa", adquirió entonces su verdadero
relieve. El tono y contenido de sus últimas cartas hacen presumir
que cruzó la frontera en busca de un final acorde con su
carácter. A sus setenta y un años, estaba "cansado de ser tan viejo
y seguir vivo",2 como muestra esta carta de despedida a la esposa
de su sobrino:
"Querida Lora: Mañana parto para una larga temporada, de
forma que esta es sólo para decir adiós. Creo que no vale la pena
añadir nada más; dado lo cual esperarás, por supuesto, una larga
carta. ¡Cuán intolerable sería este mundo si sólo dijéramos lo
que vale la pena decir! Y no hiciéramos nunca nada estúpido,
como ir a México y Suramérica. [...] ¡Que le den a la civilización!
Yo prefiero las montañas y el desierto.
Adiós. Si oyes que me han puesto contra un paredón mexicano
y disparado, por favor, piensa que yo lo veo como una bonita
manera de partir de esta vida. Supera en mucho la vejez, la
enfermedad o una caída por las escaleras de la bodega. ¡Ser
gringo en México: eso sí es eutanasia!
Con cariño a Carlt, afectuosamente tuyo, Ambrose".3
Antes de cruzar la frontera de El Paso en busca de la Revolución,
Bierce visitó los lugares del Sur donde había combatido en
su juventud. Tras despedirse del escenario de las viejas batallas,
entró a caballo en México el 23 de noviembre de 1913 y al poco
llegó a Ciudad Juárez, ya tomada por Pancho Villa. Desde
Chihuahua escribe el 26 de diciembre su última carta, que termina
con la frase "Por lo que a mí respecta, parto mañana de aquí con
destino desconocido". Nunca se supo más de él.
Suponemos que fue asesinado en 1914 por alguno de los dos
bandos, el federal o el insurgente, quizá cerca de Sierra Mojada,
en cuyo cementerio se ha inscrito una lápida conmemorativa.
Diversas leyendas y testimonios han intentado llenar sin éxito el
vacío de sus últimos días o meses.
* * *
El carácter humano y la personalidad literaria de Ambrose
Bierce han merecido multitud de epítetos: ácido, amargo (primero
fue calificado de Fun Bierce, luego de Bitter Bierce), cáustico,
realista, sádico, lúcido, pesimista, satírico, aventurero, misántropo,
rebelde, nihilista, sardónico… pero quizá el que mejor pudiera
resumirlo es el de cínico.
Recordando sin duda a los griegos Diógenes o Crates, modelos
de una desvergonzada sinceridad, el propio Bierce se proclama
cínico en diversas obras, entre ellas Un cínico examina la vida,
una de cuyas secciones titulará además "Epigramas de un cínico".
También dejó claro su amor a la realidad desnuda en otros escritos.
Así, en su célebre Diccionario del diablo describe al cínico
como aquel "miserable cuya vista defectuosa le hacer ver las cosas
como son y no como debieran ser".4 Esta definición pone en juego
una ironía que delata su apuesta por el cinismo al describirlo como
una tendencia a exponer los hechos de forma intolerablemente
precisa. En la misma definición, Bierce apostilla lo peligroso que
resulta decir la verdad, en especial a personas que nos juzgan con
el suficiente criterio como para haberla ocultado: "De aquí viene
la costumbre que tenían los escitas de arrancar los ojos a los cínicos
para mejorar su vista". La mayoría de las definiciones del
Diccionario del diablo suscitan a medias hilaridad y desasosiego,
porque reflejan con excesiva fidelidad la condición humana. Por
ejemplo, un conocido (Acquaintance ) es aquella persona a quien
conocemos lo bastante como para pedirle dinero, pero no lo suficiente
como para que nos lo pida; un egoísta, aquel sujeto de mal
gusto menos interesado en mí que en él.5 El propio Diccionario del
diablo se titulaba en su origen The Cynic's Word Book, y sólo
once años después de su primera edición cambió el título al que
hoy todos conocemos, The Devil's Dictionnary.
Bierce parece imponerse un plan de trabajo cuando afirma que
el cínico debe ser selectivo: "Un cinismo fácil y barato despotrica
contra todo. Sólo el dueño de este arte consigue llevar a cabo la
formidable tarea de la distinción". El cinismo es, en efecto, una
forma punzante de verdad. Una declaración cínica es una afirmación
verdadera que el oyente juzga ofensiva. Con ese talante definió
Samuel Johnson la guerra entre Inglaterra y Francia por el
territorio norteamericano como una pendencia entre dos ladrones
después de haber desvalijado a un viajero.6 Tal sentencia, escrita
en la metrópoli que intentaba colonizar América, es a la vez irritante
y verdadera, los dos ingredientes principales de las sentencias
cínicas.
Ambrose Bierce es un ingenio quemado por el espíritu de la verdad
que va incendiando a su paso templos y palacios. No puede
ser de otra manera. Como escribió Lichtenberg, es casi imposible
llevar la antorcha de la verdad a través de una multitud sin chamuscarle
la barba a alguien.7 Esta devoción por la sinceridad
explica algunas de las cosas que Bierce hizo o dijo a lo largo de su
vida, aunque a veces estuviera equivocado. "El amor a la verdad
es suficiente motivo para mí cuando escribo acerca de mis congéneres",
confesó a Blanche Partington en una carta de 1892. Y ciertas
verdades son demasiado fuertes para contemplarlas con detenimiento.
Si hay algo fastidioso en las fábulas satíricas de Bierce
que aparecen en nuestra selección de Telarañas de un cráneo
vacío, por ejemplo, es que suelen terminar con la muerte del protagonista.
Bierce muestra hacia el lector la misma falta de consideración
que la propia vida. Sus finales son tan monotemáticos
como los de la historia. La fidelidad a lo real y la precisión descriptiva
nos recuerdan las definiciones de cinismo que dieron
Oscar Wilde ("arte de ver las cosas como son") y Lillian Hellman
("una forma desagradable de decir la verdad").
En una evolución ideal de las relaciones humanas, primero fue
la ingenuidad, después la hipocresía y, por último, el cinismo. El
hipócrita manipula al ingenuo y lo reduce a la condición de víctima,
como los europeos que robaban su tierra a los indígenas americanos
haciéndose pasar por dioses. El cínico, en la cúspide de
esa gradación interactiva, se pone de lado del ingenuo para fustigar
al hipócrita, como hemos visto en la descripción de Samuel
Johnson. En efecto, el cinismo tiene siempre algo de develador, de
desenmascarador de la mentira más o menos institucionalizada,
aun cuando sus enemigos lo utilicen a modo de insulto. Así, el epíteto
que los autores políticos cristianos han vertido sobre
Maquiavelo al tacharlo de cínico por decir cómo se comportan los
príncipes en vez de cómo debieran comportarse, tal cual habían
hecho los consejeros de príncipes y tratadistas políticos hasta
entonces, es el mismo que algunos espíritus filisteos han dedicado
a Bierce. Para los farsantes, admitir la farsa por escrito siempre ha
sido un feo pleonasmo: resulta más fácil cometer iniquidades
cuando se las acompaña de buenas palabras.8
Esta antología de Bierce parte de textos breves y claros. Y es
que, como sabían los antiguos, el lenguaje de la verdad es sencillo:
Veritatis simplex oratio est .9 Frente a las alambicadas explicaciones,
a los recursos al misterio y a los arcanos que no deben
inquirirse (frente a la complejidad del engaño), la verdad es más
bien sencilla y breve. Si el cínico da siempre una impresión poco
académica es porque prefiere la intensidad de los epigramas a la
complejidad de los tratados.
Bierce, como todo cínico auténtico, es un idealista contrariado.
No es que odie a la humanidad, sino que ama una idea tan alta de
ella que, al mínimo contacto con la experiencia, cae del pedestal
para quebrarse en mil pedazos. Aparte su infancia, podemos datar
ese derrumbe en el periodo 1861-1865, cuando el escritor rompe
con Bernice Wright, su novia desde los años escolares y, al mismo
tiempo, conoce los desastres de la guerra. No conviene olvidar que
se alistó en las filas unionistas blandiendo la bandera de la abolición
de la esclavitud y que fue el segundo hombre de su condado
en seguir la llamada a las armas de Abraham Lincoln.
La imagen de Bierce como un hombre cruel, maligno, amargado
o misántropo obedece a una exageración estereotípica que él
conocía bien cuando propuso titular unas posibles memorias "La
autobiografía de un hombre muy malentendido".10 Bierce detestaba
la tan socorrida imputación de misantropía11 y en una carta afir-
mó a regañadientes que le gustaban muchas cosas y algunas personas.
12 Aunque sin duda Bierce fue altanero, camorrista, egocéntrico
y dipsómano, también era íntegro en su trabajo y leal en la
amistad: nunca cometió las útiles indignidades que ayudan a triunfar
en vida, prestó o dio discretamente dinero a gente que lo necesitaba
y ayudó a jóvenes literatos en sus carreras (aunque también
hundió otras con sus mordaces críticas, en especial cuando usaba
su ingenio como un arma de combate). Su escepticismo no impidió,
además, que lo estafaran más de una vez algunos de sus
supuestos amigos o seguidores. H. L. Mencken, que lo conoció
bien y no suele regalar elogios, opinó que Bierce fue uno de los
hombres más idealistas de su generación, una fuerza moral basada
en el respeto por la verdad.13 Mediante la sátira de la hipocresía
y la mentira, Bierce pretendía en cierto modo indirecto reformar
a sus contemporáneos.14 Como diría Goethe, quiso enmendar
la locura con el ridículo.15 La humanidad contradictoria de Bierce
supera a la de muchos de sus filisteos detractores; su ingenio y su
genio, a los de todos sus devotos.
* * *
Esta edición congrega algunas de las piezas cínicas de Bierce
menos conocidas o, simplemente, desconocidas en castellano. La
versión al español parte de las obras originales en inglés digitalizadas
en el Gutenberg Project. Mediando siempre esta edición
digital, nuestro compendio de Telarañas de un cráneo vacío procede
de la edición en papel Cobwebs from an empty skull (George
Routledge and Sons: Londres y Nueva York, 1874). Los ensayos
"Inmortalidad" y "Un mundo loco", así como la selección de
"Epigramas de un cínico" pertenecen a la obra A Cynic Looks At
Life (The Neale Publishing Company: Nueva York, 1912). Por
último, el ensayo "El derecho a trabajar" forma parte del volumen
The Shadow on the Dial and Other Essays (S. O. Howes: San
Francisco, 1909).
Miguel Catalán
Notas
1. Morris Roy, Jr., Ambrose Bierce: Alone in Bad Company, Nueva York:
Oxford University Press, 1995, p. 15.
2. Ruffinelli, Jorge, "Prólogo", p. 5, en Cuentos de soldados y civiles,
Barcelona: Edhasa, pp. 5-13.
3. Carta del 1 de octubre de 1913, en Clark Pope, Bertha (ed.), The Letters
of Ambrose Bierce, Nueva York: Gordian Press, 1967, pp. 196-197.
4. "Cynic, n. A Blackguard whose faulty vision sees things as they are, not
as they ought to be". Bierce, A., The Devil's Dictionary,Wordswort: Hare,
Herfordshire, 1996, p. 55.
5. "Acquaintance" y "Egoist", op. cit., pp. 17 y 72.
6. Johnson, Samuel, Escritos políticos, Buenos Aires: Katz, 2009, p. 26.
7. Lichtenberg, Georg Cristoph, Aforismos, Barcelona: Edhasa, 1990, p. 179.
8. Vid. al respecto Catalán, Miguel, Antropología de la mentira, Madrid:
Taller de Mario Muchnik, 2005, p. 36, y, en general, el apartado I.3.
9. Séneca, Epístolas a Lucilio, XLIX, 12. Séneca traduce al latín el verso de
Eurípides en Fenicias, 469.
10. Joshi, S. T., y Schultz, David E., eds., A much misunderstood man.
Selected letters of Ambrose Bierce, Ohio: Ohio State University Press,
2003, "Introduction", XV.
11. Ibidem, p. 215.
12. "I like many things in this world and a few persons", en Joshi, S. T., y
Schultz, David E., eds., op. cit., p. 23.
13. Mencken, H. L., "Bierce emerges from the Shadows", American
Mercury, XIX, 2 (1930), p. 252., cit. en Joshi, S. T., y Schultz, David E.,
eds., op. cit., pp. xxiii-xxiv.
14. Bierce, Ambrose, A Sole Survivor: Bits of Autobiography, editado por
S. T. Joshi y David E. Schultz, Knoxville: University of Tennessee Press,
1998, p. 171.
15. Goethe, J. W. von, Poesía y verdad, VII, en Obras Completas III, Madrid:
Aguilar, 1968, p. 582.
18
EPIGRAMAS DE UN CÍNICO
Para el dogmatismo, el espíritu de la investigación es lo mismo
que el espíritu del mal, y cuando pinta a este último le añade una
cola para representar el signo de interrogación.
*
"Inmoral" es el juicio que emite el buey estabulado cuando ve
al cordero retozando al aire libre.
*
Cuando perdones una injuria hazlo con cierta ceremoniosidad,
no vaya a ser que interpreten tu grandeza de ánimo como si fuera
indiferencia.
*
Es verdad; el hombre no conoce a la mujer. Pero tampoco ella
la conoce.
*
El paso del tiempo es providente, porque cuanto menos futuro
tenemos, más temor nos inspira.
19
*
La razón es falible y la virtud conquistable; los vientos cambian
y la aguja pierde su orientación, pero la estupidez nunca yerra y
jamás descansa. Desde que se ha descubierto que el eje de la tierra
vacila, la estupidez ha ocupado su lugar como indispensable
medida de la constancia.
*
Mi persistencia es firmeza; la tuya, obstinación.
*
"¿Quién eres, extranjero, y qué buscas aquí?"
"Soy la Generosidad, y busco a una persona llamada Gratitud".
"Entonces no mereces encontrarla".
"Es verdad. Voy a dedicarme a mis asuntos y a no pensar más
en ella. Pero, ¿quién eres tú para ser tan sabia?".
"Soy la gratitud. Adiós para siempre".
*
Nunca hubo ningún genio del que no se pensara que era un
tonto hasta que reveló su personalidad, acción de la cual se deduce
que en el fondo era un tonto.
*
Un conquistador se levantó de entre los muertos. "Ayer", dijo,
"goberné la mitad del mundo". "Por favor, muéstrame qué mitad
gobernaste", dijo un ángel, señalando una mínima centella de
vapor incandescente que flotaba en el espacio; "ahí tienes el
mundo".
20
martes, 26 de marzo de 2013
Ironía, sátira y parodia.
De un modo bastante general, la ironía consiste en afirmar
expresamente lo contrario de lo que se piensa o, dicho de otro modo, dar a
entender lo contrario de lo que se dice; de este modo, hacemos pasar por
verdadero un enunciado que es evidentemente falso. Además, para que funcione la
ironía es necesaria la complicidad entre el emisor y el receptor del mensaje,
quien debe ser capaz de ser decodificarlo. Debido a esta duplicidad de
sentidos, es posible decir que la ironía funciona en dos planos: uno visible
(el literal) y otro “soterrado” (el connotativo); el primero es el sentido
textual del enunciado en tanto que el segundo, lo que queremos dar a entender.
Entonces, en la ironía, al decir una cosa opuesta a lo que
se piensa, se genera un desplazamiento del sentido y una fractura en la lógica
del discurso, desde lo literal a lo connotativo: la ironía interviene
súbitamente; emerge y rompe la secuencia lógica, marcada por el plano literal
del enunciado, que se ha ido construyendo a lo largo de un (con)texto. Y allí
radica precisamente su efecto y contundencia: al hacer pasar por verdadero algo
que no lo es, permite subvertir una valoración que previa y tácitamente se le
ha endosado a un “objeto”. Si toda comunicación implica la aceptación tácita de
ciertos códigos implícitos entre emisor y receptor, pues entre esos códigos se
encuentran también las valoraciones, juicios y prejuicios culturales
compartidos. La ironía puede ser corrosiva y subversiva gracias precisamente a
su “factor sorpresa”: emerge en el discurso para poner en entredicho el sentido
y desplazarlo de un “centro” que creemos que le corresponde por naturaleza. De
este modo, logramos revelar el carácter contingente de su valoración y nos abre
la posibilidad de invertirlo.
Es, pues, un mecanismo que opera con distancia crítica
siempre en el plano del discurso; es decir, un enunciado no es irónico per se:
debe inscribirse siempre en un contexto comunicativo donde se haga dialogar y
poner en entredicho la valoración a dicho “objeto” referido por la ironía.
De otro lado, la sátira y la parodia, aunque parecen
coincidir en sus formas discursivas, han sido usualmente confundidas en su
finalidad: subvertir el valor legitimado por un sector dominante de una cultura
que impone su estética y su ideología. Visto así, ambas parecerían siempre
reacciones contra lo hegemónico. Sin embargo, Linda Hutcheon (2000), plantea
una definición que resalta sus semejanzas y evidencia sus diferencias.
La semejanza podría definirse en dos planos: el de la
función y el de la representación. En cuanto a su función, la semejanza radica
en que tanto la sátira como la parodia toman distancia crítica hacia el objeto
representado y, por tanto, implican juicios de valor. De allí la histórica
confusión de ambas o, más precisamente, la identificación de una con otra.
Apunta Hutcheon que, tradicionalmente, la función de la parodia fue ser
maliciosa y un denigrante vehículo para ejercer la sátira (ojo: una funcionaba
como herramienta de la otra). Sin embargo, desde el siglo XIX, se pueden
rastrear otras funciones alejadas de la ridiculización que desafían y ponen en
cuestión dicha definición (2000: 11). De otro lado, en cuanto a su
representación, ambas emplean la repetición de las formas de los objetos en
otro (con)texto discursivo. Es decir, comparten la imitación formal y la
alusión de un objeto en una nueva representación discursiva: copian o imitan la
forma de un “texto” (entre comillas, puesto que no necesariamente se encuentra
en el plano de la escrituralidad) y la reinsertan en otro (con)texto.
Por otro lado, ahí donde surge la semejanza, brota a su vez
la diferencia. ¿Qué hace entonces que la sátira y la parodia no sean lo mismo?
Para Hutcheon, por un lado, la sátira desnuda los excesos, vicios y taras del
objeto aludido mediante la risa ridiculizante y la burla. Mediante la imitación
formal, se exageran aquellos rasgos y se les evidencia públicamente (una caricaturización
grotesca). En cambio, la parodia posee un grado de sofisticación mayor al ser
una síntesis bitextual, pues su sentido necesariamente opera en dos planos: uno
superficial, que es el de la imitación formal (la referencia directa al objeto
aludido), y uno profundo, que implica una recontextualización de dicha forma
aludida (y su background de sentido) en un nuevo orden. De allí que la ironía y
la parodia sean más afines entre sí que la parodia y la sátira. Y es en este
juego en el que se desarrolla la diferencia de su finalidad (que Hutcheon
denomina ethos por no encontrar una palabra más adecuada, pero cuidando evitar
que sea identificada con el sentido aristotélico). Para el caso de la sátira,
al adoptar ésta un lugar de enunciación distante para ejercer una declaración
negativa de dicho objeto y poner en ridículo sus vicios y excesos, busca una
“mejora” en un plano social y moral. Es decir, los alcances de la sátira
pretenden ser colectivos, su crítica, mediante la ridiculización, busca denunciar
sus excesos y trascender lo individual para corregirlos. Por su parte, la
parodia es una forma de imitación caracterizada por una inversión irónica que
no siempre ocurrirá a expensas del texto parodiado, es decir, será una
repetición formal pero con distancia crítica, marcada más por la diferencia que
con la similitud al objeto, pero sin ninguna pretensión moral. Su crítica no
pretenderá dirigir el objeto hacia la corrección y la mesura. No necesita estar
presente la burla o ridiculización para ser denominado parodia. Mediante el
acto irónico, se superponen ambos planos de representación arriba mencionados y
se genera un nuevo sentido.
Fredric Jameson (1999) hace una distinción similar entre la
parodia y el pastiche. Para él, ambos implican la imitación o el remedo de
otros estilos destacando sus manierismos, pero la parodia se aprovecha del
carácter de estos estilos y se apodera de sus idiosincracias y excentricidades
para producir una burla del original, mientras que el pastiche es “una parodia
vacía, una parodia que ha perdido su sentido del humor” (20); es decir, pura
imitación estilística. Sin embargo, Hutcheon rebate este concepto siguiendo las
ideas del Genette de Palimpsestos, pues sostiene que la parodia, burlesca o no
(y ya hemos visto que la parodia no tiene por qué serlo) dialoga con los textos
a los cuales parodia y produce una transformación de su sentido, en tanto que
el pastiche es solamente imitativo (Hutcheon 2000: 38).
De allí que Hutcheon, sin afirmarlo enfáticamente, está de
acuerdo con los postulados de los formalistas rusos sobre el rol de la parodia
en la evolución de las normas literarias (idea que proviene de una larga
tradición de la crítica literaria marxista): “La parodia ha sido vista como una
sustitución dialéctica de los elementos formales cuyas funciones se han vuelto
mecanizadas o automáticas. En este punto, los elementos son
“refuncionalizados”, para usar su término. Una nueva forma se desarrolla a
partir de una anterior sin llegar a destruirla, pues solo su función ha sido
alterada. Por lo tanto, la parodia se convierte en un principio constructivo en
la historia literaria”
Ambrose Bierce
Ambrose Bierce, con diecinueve años, se alistó como voluntario
en el ejército de la Unión, incorporándose al noveno regimiento de Infantería
de Indiana. La Guerra de Secesión (1861-1865) le ofreció el espectáculo de una
humanidad estúpida y cruel y, como resultado, el joven soldado quedó
estremecido por la capacidad de los seres humanos para buscar con avidez la
manera de masacrar a sus semejantes con mayor eficacia. Además, fue un hombre marcado
por una infancia repleta de represiones junto a sus doce hermanos (él fue el
décimo de los trece hijos) puesto que sus padres eran granjeros de profunda fe
calvinista y se esforzaron con tenaz afán en instaurar un ambiente puritano en
su familia. Durante toda su vida conservó un fuerte desprecio para con todos
los suyos, tomando especial relevancia el odio sentido hacia su padre que trató
de exorcizar en su escritura con la descripción de varios parricidios.
Como escritor, su estilo está claramente dominado por el cinismo
y la ironía, una ironía despiadada, con un humor ácido y mordaz. La misantropía
y el pesimismo son dos características de su personalidad que saltan a la vista
indefectiblemente al leer sus obras.
En
su faceta de periodista (principalmente bajo el patronazgo de W. R.
Hearst, primero en San Francisco y más tarde en Washington) Ambrose Bierce
ejerció como crítico corrosivo de la corrupción política en Estados Unidos,
siendo, sin lugar a dudas, un lúcido observador del caótico devenir de la
humanidad durante el tiempo que le tocó vivir. En sus cuentos reincide en estos
temas, posicionándose con claridad como un escritor que descree, sin ambages,
de la bondad humana, supuesta cualidad, loada por siglos, que atesoramos los
hombres y las mujeres. Destacamos Cuentos de soldados y civiles (1892),
libro plagado de sombrías historias (posteriormente publicado bajo el título En
el medio de la vida), ¿Puede ocurrir esto? (1893) y Fábulas
fantásticas (1899). Asimismo, cultivó el relato macabro y de terror,
como en Un suceso en el puente sobre el río Owl (1891), El
clan de los parricidas, La cosa maldita (1894) y Partida
de ajedrez (1909), lo que permite situarlo cerca de sus
compatriotas Poe y Lovecraft en el género
terrorífico.
Se
casó el 25 de diciembre de 1871 con Mollie Day. Tuvieron tres
hijos, Day, Leigh y Helen. Los dos varones murieron prematuramente, en 1889 y
en 1901, respectivamente. El matrimonio se rompió un año antes de la muerte del
primogénito al encontrar el escritor unas epístolas comprometedoras entre su
mujer y un pretendiente. Sin embargo, no consiguió el divorcio hasta 1904.
Durante toda su vida adulta arrastró problemas de salud, sobre todo debidos al
asma y a las secuelas de las heridas recibidas en la guerra, una de ellas en la
cabeza. Así, en su vejez vive solo y enfermo, pero encuentra suficientes
fuerzas para trabajar con determinación en sus Obras completas (The
collected works of Ambrose Bierce), que se publican entre 1909 y 1912.
En una carta fechada el 1 de octubre de 1913, cuando Ambrose
Bierce contaba con setenta y un años, escribió las siguientes palabras:
«Adiós. Si oyes que he
sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta
convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera
muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a
la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí
es eutanasia!».
En
su cabeza, con seguridad, estaba la idea, poco después llevada a la práctica,
de cruzar por El Paso (Texas) a México para unirse a las tropas de Pancho
Villa, hecho que tuvo lugar en Ciudad Juárez. Sin embargo, solo hay
constancia de que acompañase al revolucionario hasta la ciudad de Chihuahua. En
diciembre de 1913 su rastro desaparece envuelto en un misterio que podría haber
servido de inspiración para escribir uno de sus cuentos. Se suele considerar
como la fecha de su defunción el 11 de enero de 1914 porque lo más probable es
que Ambrose Bierce muriese en la Batalla de Ojinaga, batalla en la que Pancho
Villa tomó esa ciudad poniendo fin al último reducto del ejército Federal en el
norte de México.
En
cuanto a El diccionario del Diablo (The Devil’s
dictionary) hay que subrayar que es la obra más conocida de Ambrose Bierce y
que no fue concebida como libro sino años después de que los primeros aforismos
sulfurosos aparecieran en el semanario The Wasp, en 1881, y allí
continuasen hasta 1886. En 1887 reaparecieron las sarcásticas definiciones
en The Examiner. En 1906, finalmente, es publicado por Doubleday,
Page and Company en forma de libro bajo el título The cynic´s word book,
un título que fue impuesto por prejuicios religiosos ajenos al escritor.
Ambrose Bierce, no obstante, pudo desquitarse en 1911, pues en el Volumen 7 de
sus Obras Completas remató el diccionario de 1906 (que
contenía quinientas palabras, A-L) con quinientas palabras más (M-Z) eligiendo
su título preferido, The Devil’s dictionary. De este modo, se
obtuvo una versión completa con mil voces en la que no cabe la piedad para con
el género humano y donde Ambrose Bierce se muestra como un eximio tocador de
llagas, adelantado a su tiempo en muchos aspectos y sin temor ni miramientos
para exponer bajo auténtica luz a la humanidad, que también está poblada de pústulas,
con sus vicios, debilidades y taras. La primera traducción, elaborada por Jacques
Papy en 1955, fue al idioma francés e incluía un prefacio de Jean
Cocteau.
Para
obtener una cierta idea de cómo es este asombroso, lúcido y, en ocasiones,
hiriente diccionario, se transcribirán veinticinco voces, una por cada letra
del alfabeto anglosajón. Es posible vislumbrar en este breve acercamiento que
Ambrose Bierce afrontó armado del Cinismo un combate, en principio perdido,
contra el Poder. No obstante tan desigual batalla, el escritor todavía no ha
perdido la contienda porque The Devil’s dictionary continúa
siendo editado y leído.
Es decir, la pelea no ha acabado.
“Amistad,
s.- Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo,
pero a uno solo en caso de tormenta”.
“Belladona,
s.- En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable
ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas”.
“Cerdo,
s.- Ave notable por la universalidad de su apetito, y que sirve para
ilustrar la universalidad del nuestro. Los mahometanos y judíos no favorecen al
cerdo como producto alimenticio, pero lo respetan por la delicadeza de sus
costumbres, la belleza de su plumaje y la melodía de su voz. Esta ave es
particularmente apreciada como cantante: una jaula llena, puede hacer llorar a
más de cuatro. El nombre científico de este pajarito es Porcus
Rockefelleri. El señor Rockefeller no descubrió el cerdo, pero se lo
considera suyo por derecho de semejanza”.
“Desobediencia,
s.- Borde plateado de una nube de servidumbre”.
“Empujón,
s.- Una de las dos cosas que llevan al éxito, especialmente en
política. La otra es el tirón”.
“Fidelidad,
s.- Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados”.
“Gramática,
s.- Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por
donde el autodidacto avanza hacia la distinción”.
“Hombre,
s.- Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree
ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el
exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se
multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además
del Canadá”.
“Imbecilidad,
s.- Especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los
detractores de este diccionario”.
“Justicia,
s.- Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano
a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales”.
“Kilt,
s.- Traje que suelen usar los escoceses en Norteamérica y los
norteamericanos en Escocia”.
“Libertad,
s.- Uno de los bienes más preciosos de la Imaginación, que permite
eludir cinco o seis entre los infinitos métodos de coerción con que se ejerce
la autoridad. Condición política de la que cada nación cree tener un virtual
monopolio. Independencia. La distinción entre libertad e independencia es más
bien vaga, los naturalistas no han encontrado especímenes vivos de ninguna de
las dos”.
“Mujer,
s.- Animal que suele vivir en la vecindad del Hombre, que tiene una
rudimentaria aptitud para la domesticación. Algunos de los zoólogos más viejos
le atribuyen cierta docilidad vestigial adquirida en una antigua época de
reclusión, pero los naturalistas del postfeminismo, que no saben nada de esa
reclusión, niegan semejante virtud y declaran que la mujer no ha cambiado desde
el principio de los tiempos. La especie es la más ampliamente distribuida de
todas las bestias de presa; infecta todas las partes habitables del globo,
desde las dulces montañas de Groenlandia hasta las virtuosas playas de la
India. El nombre que se le da popularmente (mujerlobo) es incorrecto,
porque pertenece a la especie de los gatos. La mujer es flexible y grácil en
sus movimientos, especialmente la variedad norteamericana (Felis pugnans),
es omnívora, y puede enseñársele a callar”.
“Noviembre,
s.- Decimoprimer duodécimo del tedio”.
“Ociosidad,
s.- Granja modelo donde el diablo experimenta las semillas de nuevos
pecados y promueve el crecimiento de los vicios básicos”.
“Plebiscito,
s.- Votación popular para establecer la voluntad del amo”.
“Quórum,
s.- En un cuerpo deliberativo, número de miembros suficiente para
hacer su voluntad. En el Senado norteamericano, se forma quórum con el
presidente de la Comisión de Finanzas y un mensajero de la Casa Blanca; en la
Cámara de Representantes, bastan el presidente del cuerpo y el demonio”.
“Riqueza,
s.- Don del Cielo que significa: “Este es mi hijo bien amado, en
quien he puesto toda mi complacencia” (John D. Rockefeller). Recompensa del
esfuerzo y la virtud (J.P.Morgan). Los ahorros de muchos en las manos de uno
(Eugene Debs). El inspirado lexicógrafo lamenta no poder agregar nada de valor
a estas excelentes definiciones”.
“Satanás,
s.- Uno de los lamentables errores del Creador. Habiendo recibido la
categoría de arcángel, Satanás se volvió muy desagradable y fue finalmente
expulsado del Paraíso. A mitad de camino en su caída, se detuvo, reflexionó un
instante y volvió.
—Quiero
pedir un favor —dijo.
—¿Cuál?
—Tengo
entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes.
—¡Qué
dices, miserable! Tú, su enemigo señalado, destinado a odiar su alma desde el
alba de la eternidad, ¿tú pretendes hacer sus leyes?
—Perdón;
lo único que pido, es que las haga él mismo.
Y
así se ordenó”.
“Tierra,
s.- Parte de la superficie del globo, considerada como propiedad. La
teoría de que la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el
fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus
consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de impedir que
otros vivan, puesto que el derecho a poseer implica el derecho a ocupar con
exclusividad, y en realidad siempre que se reconoce la propiedad de la tierra
se dictan leyes contra los intrusos. Se deduce que si toda la superficie del
planeta es poseída por A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o
para que sobrevivan si han nacido como intrusos”.
“Urraca,
s.- Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la
posibilidad de enseñarle a hablar”.
“Verdad,
s.- Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente. El
descubrimiento de la verdad es el único propósito de la filosofía, que es la
más antigua ocupación de la mente humana y tiene buenas perspectivas de seguir
existiendo, cada vez, más activa, hasta el fin de los tiempos”.
“Wall
Street, s.- Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los
demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que
todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo”.
“Yugo,
s.- Implemento, mi estimada señora, a cuyo nombre latino, jugum,
debemos una de las palabras más esclarecedoras de nuestro idioma: la palabra
que define con precisión, ingenio y perspicacia la situación matrimonial”.
“Zeus, s.- Rey
de los dioses griegos, adorado por los romanos como Júpiter, y por los
norteamericanos como Dios, Oro, Plebe y Perro. Algunos exploradores que han
tocado las playas de América, entre ellos uno que pretende haberse internado
una considerable distancia, piensan que esos cuatro nombres representan a
cuatro divinidades separadas, pero en su inmortal obra sobre Creencias Supérstites,
Frumpp insiste en que los nativos son monoteístas, y que ninguno tiene otro
dios que sí mismo, a quien adora bajo muchos nombres sagrados”.
http://vamosacambiarelmundo.info/cinismo-vs-poder-ambrose-bierce-el-diccionario-del-diablo/
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