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miércoles, 23 de abril de 2014

EL SOLITARIO de Horacio Quiroga.

EL SOLITARIO


Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no
tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años
proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba
negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto
enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus
vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil--artista
aún,--carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo
cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
transeunte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
deseaba una joya--¡y con cuánta pasión deseaba ella!--trabajaba de
noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las
tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del
engarce. Pero cuando la joya estaba concluída--debía partir, no era
para ella,--caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se
probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por
ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y
la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

--Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,--decía él al fin,
tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim
prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.

--¡Y eres un hombre, tú!--murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

--No eres feliz conmigo, María--expresaba al rato.

--¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
contigo? ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo!--concluía con
risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.

--Sí... ¡no es una diadema sorprendente!... ¿cuando la hiciste?

--Desde el martes--mirábala él con descolorida ternura--dormías de
noche...

--¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
ataque de sollozos.

--¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
halagar a su mujer! Y tú... y tú... ni un miserable vestido que
ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
joyas, Kassim notó la falta de un prendedor--cinco mil pesos en dos
solitarios.--Buscó en sus cajones de nuevo.

--¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

--Sí, lo he visto.

--¿Dónde está?--se volvió extrañado.

--¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
prendedor puesto.

--Te queda muy bien--dijo Kassim al rato.--Guardémoslo.

María se rió.

--Oh, no! es mío.

--Broma?...

--Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
mío... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

--Haces mal... podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

--¡Oh!--cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
sentada en la cama.

--¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

--No mires así... Has sido imprudente, nada más.

--¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide
un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más
admirable que hubiera pasado por sus manos.

--Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre
el solitario.

--Una agua admirable...--prosiguió él--costará nueve o diez mil pesos.

--Un anillo!--murmuró María al fin.

--No, es de hombre... Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante
ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

--Si quieres hacerlo después...--se atrevió Kassim.--Es un trabajo
urgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

--María, te pueden ver!

--Toma! ¡ahí está tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo
la mirada a su mujer.

--Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

--No--repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos
le temblaban hasta dar lástima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían
de las órbitas.

--¡Dame el brillante!--clamó.--¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
¡Dámelo!

--María...--tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

--¡Ah!--rugió su mujer enloquecida.--¡Tú eres el ladrón, miserable!
¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a
desquitar... cornudo! ¡Ajá! Mírame... no se te había ocurrido nunca,
¿eh? ¡Ah!--y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de
un botín.

--¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío,
Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

--Estás enferma, María. Después hablaremos... acuéstate.

--¡Mi brillante!

--Bueno, veremos si es posible... acuéstate.

--Dámelo!

La bola montó de nuevo a la garganta.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

--Es mentira, Kassim--le dijo.

--¡Oh!--repuso Kassim sonriendo--no es nada.

--¡Te juro que es mentira!--insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

--¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
manos, lo siguió con la vista.

--Y no me dice más que eso...--murmuró. Y con una honda náusea por
aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido
continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

--¡Dámelo!

--Sí, es para ti; falta poco, María--repuso presuroso, levantándose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos
de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
blancura helada de su camisón y de la sábana.

Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
solitario quedó por fin perfectamente  inmóvil, pudo entonces
retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin  hacer ruido.

lunes, 6 de mayo de 2013

Un caso raro


"Un caso raro"
     En una niña de seis años, perteneciente a una familia conocida en esta ciudad, se ha palpado antes de ayer un caso raro. Hacía algunos meses que a la niña se la veía siempre pálida y cada día más delgada, no obstante sentir buen apetito y alimentarse convenientemente.
     En la creencia de que tuviese alguna enfermedad desconocida, fueron llamados varios médicos para que la reconocieran, pero todos, opinaron de acuerdo en el sentido de que la niña no padecía de ningún mal; sin embargo, aconsejaron a los padres que la llevasen al campo. Así lo hicieron. A los pocos días de estar la niña en el campo, empezó a engrosar, y una vez restablecida fue traída a la ciudad nuevamente.        Después de una corta permanencia aquí, comenzó otra vez a adelgazarse, con el asombro de toda la familia, y de los mismos médicos. La palidez cadavérica volvió a su rostro, y su espíritu se sumergía en una tristeza inexplicable. Antes de ayer, la niña iba a ser llevada por segunda vez al campo.
       Por la mañana, la mucama se ocupaba de acomodarle la cama, cuando notó entre el forro de la almohada un movimiento como si un cuerpo se deslizara interiormente. Sorprendida por este suceso, llamó a la señora, quien con una tijera cortó el forro de la almohada resueltamente para descifrar el misterio, y retrocedieron aterrorizadas en presencia de su hallazgo, que consistía en un bicho, cuyo nombre ignoramos, color negro y de grandes dimensiones, de forma redonda y con varias y largas patas.   El bicho fue muerto en el acto y del examen que se hizo de él resultó comprobado que era éste el que absorbía la sangre del cuerpo de la niña.
(Diario La Prensa, Buenos Aires, 7 de noviembre de 1880 En: VEIRAVÉ, ALFREDO (1985) Lengua y Literatura. Bs As. Kapeluz).
ACTIVIDADES
1)      Lee atentamente la crónica “Un caso raro”. Esta noticia fue publicada en el Diario La prensa en 1880.
2)      Como verás este texto se diferencia del anterior aunque cuente hechos parecidos.  Debatan en grupo sobre los siguientes interrogantes:
a-      Un texto es ficcional, el otro no. Reconozcan cuál es cuál y fundamenten su elección.
b-      Con lo debatido en grupo completen el cuadro con las similitudes y diferencias entre los dos textos, el cuento y la crónica.

SIMILITUDES
DIFERENCIAS



3)      ¿Consideran que existe una conexión entre AUTOR-UNIVERSO-TEXTO? Fundamenten.
4)    ¿Existe alguna relación entre la casa, el parásito y Jordán? Fundamenten con el texto y su interpretación personal. 

jueves, 25 de abril de 2013

Carta de Quiroga a sus lectores.


En algún lugar del infinito, sin tiempo ni espacio determinado.
Querido lector:
Viví en una época lejana a la cual han denominado posteriormente como Generación del Novecientos.  Mi madre, Pastora Forteza, me dio a luz un 31 de diciembre de 1878 en Salto. Un año después fallece trágicamente mi padre, Prudencio Quiroga, y a partir de este momento la muerte ha sido una sombra compañera en mi vida.
De joven  siempre fui un poco inquieto e indisciplinado. Me encantaba el ciclismo y recorrí mis tierras en busca de aventuras, hasta que la literatura se convirtió en la aventura más grandiosa, y comencé a escribir. Junto con unos amigos formamos un grupo llamado “Comunidad de los tres Mosqueteros”. Frecuentábamos cafés, que se convirtieron en el escenario principal de nuestras charlas literarias, donde debatíamos, leíamos y compartíamos agradables momentos.
Publiqué muchos artículos en distintos diarios y revistas. Comencé a hacerme conocido dentro del ambiente artístico de aquel Uruguay deslumbrado por la Modernidad. Ciertamente, todo estaba cambiando: de las sangrientas batallas por el poder, ahora reinaba una paz extraña, aunque no menos peligrosa. El pasaje del siglo XIX al XX trajo la “modernización” en muchos aspectos: las comunicaciones, las costumbres, la tecnología, la moda, y, por supuesto, las expresiones culturales todas.
Sobre fines del XIX nació en América un movimiento literario denominado Modernismo el cual influyó en los artistas de la época, incluyéndome a mí. Se trataba más que nada de convertir al lenguaje en algo único, detallista, caracterizándose  por la riqueza y la musicalidad en la elección de las palabras. Pero también impulsó una nueva forma de pensar. Éramos “dandys”, algo así como una de sus tribus urbanas actuales. Nos caracterizábamos por  nuestra forma de vestir algo extravagante, por la insolencia, por el desprecio hacia la sociedad a la cual provocábamos y escandalizábamos. Estábamos hambrientos de sensaciones nuevas. Los demás, vivían bajo las normas morales tradicionales donde todo era escondido por temor al qué dirán. La sexualidad estaba reprimida, la rebeldía censurada. Era una sociedad hipócrita y nosotros nos burlábamos de ella a través de nuestra literatura, aunque luego nos despreciaran.
Las personas eran manejadas por la disciplina, la culpa y la vergüenza. Se miraba la vida de los otros, pero “a puertas cerradas” cualquier cosa podía suceder. Lo importante era mantener las apariencias. “No se debe ser, sino parecer” decía un libro de ortografía de la época.        
Se impuso el pudor y el recato como norma sagrada que no sólo debía afectar al cuerpo, sino también al alma. Las mujeres eran sometidas y dominadas. Debían obligarlas a que se identificaran con los roles que el hombre imponía: era preparada para ser madre sacrificada; mujer económica, ordenada y trabajadora en el manejo de la casa; modesta, virtuosa y púdica con su cuerpo. Debía, ante todo, respeto y veneración a su marido, que era cabeza del hogar, y quien tomaba las decisiones importantes en él, y era quien tenía la patria potestad de sus hijos y la ley de su lado. Era un mundo desigual e injusto.

En cuanto a mí, hubo sucesos tan importantes que han marcado para siempre. Mi primer amor fue Esther, pero la familia se opuso a esta relación sentimental. Ella fue enviada a Buenos Aires, alejándola. Le dediqué un cuento llamado “Un sueño de amor”.  Posteriormente realicé un viaje a París. La emoción era tanta que me sentía en la gloria. Conocer París era la meta de muchos colegas y amigos, y sin embargo fue un fracaso. Volví convertido casi en un mendigo, a causa de las necesidades y el hambre que pasé allí.
La peor tragedia sucedió en el año 1902. Yo estaba examinando un arma de fuego la cual se disparó accidentalmente y mató a mi mejor amigo, Federico Ferrando. La justicia me declaró inocente, pero la culpa nunca me abandonó. Por este motivo viajé a Buenos Aires y luego  comencé una excursión por Misiones y sus selvas. Desde ese momento decidí vivir rodeado de la salvaje naturaleza, realizando distintas empresas, que en su mayoría fracasaron.
Me casé con una de mis discípulas, Ana María, y tuvimos dos hijos. Pero ella no era feliz en las condiciones que vivíamos y lamentablemente decidió acabar con su existencia. Viajé varias veces a Buenos Aires, pero siempre regresé a la selva en busca de paz. Muchas de mis obras reflejan la lucha entre la naturaleza y el hombre, la locura y la muerte.
Volví a casarme con una joven de 20 años, cuando yo ya era un hombre de 49. Tuvimos otra niña. Discutíamos mucho. Las mujeres que compartieron mi vida resolvieron abandonarme de una forma u otra. Mi familia entera se alejó marchándose a Buenos Aires. Quedé solo. Al poco tiempo enfermé gravemente de cáncer. Fui internado en el Hospital Clínicas, en donde determiné acabar con mi sufrimiento ingiriendo una dosis de cianuro.
 Pero no sufras por mis penas, querido lector, yo sigo viviendo gracias a  ti. La literatura me ha hecho inmortal… En cada palabra que leas  podrás encontrarme, más vivo que nunca.
Te envío un abrazo, desde la eternidad.
Cariños, Horacio Quiroga.

Actividades:
·        ¿Piensas que la biografía del autor puede influir en su creación literaria? Fundamenta.
·        ¿Cuáles son los rasgos más importantes de la sociedad que describe Quiroga?
·        ¿Cuáles podrán ser  los objetivos de los escritores al provocar escándalos con sus producciones literarias?
Tarea domiciliaria:
·        Averigua cuáles son las obras escritas por Quiroga y comenta brevemente sobre qué tratan.
·        ¿Qué otros escritores reconocidos forman parte de la Generación del Novecientos junto a Quiroga?

domingo, 7 de abril de 2013

El Uruguay del Novecientos


El Uruguay del 900
Antecedentes:

Debemos tener en cuenta que fue a mediados del siglo XIX que el mundo Europeo estaba viviendo uno de los mayores cambios sociales, económicos y tecnológicos que explicó gran parte del desenfreno del sigo siguiente. Estamos hablando de la Revolución Industrial.

Este proceso revolucionario no fue ajeno a la mentalidad de nuestro país. El Uruguay, desde antes de su creación, fue un estado ganadero y rural, pero también un lugar de incansables luchas sociales y políticas que marcaron el siglo XIX. Precisamente, estas luchas se daban en el campo y dejaban como saldo un Uruguay desbastado en la campaña. Así es que las clases sociales, dueñas de las tierras, y ya cansadas de las luchas, cuando estas empezaron a no convenirles, exigieron un gobierno fuerte que impusiera la paz que se necesitaba para producir.

Así fue que el Uruguay se modernizó, evolucionó demográfica, tecnológica, política, económica, social y culturalmente, acompasándose con todo esto a la Europa capitalista. Fue la época del militarismo de Latorre, el gobierno fuerte que las clases conservadoras pedían, el que permitió este desarrollo.

Obviamente esta modernización comenzó en el campo con la merinización, es decir la explotación ovina. Siguió con el cercamiento de los campos y la aceleración del mestizaje ovino y vacuno. La última etapa es la creación del ferrocarril que permitía el transporte de la producción ganadera. De esta manera se sustituyó al estanciero caudillo por el estanciero empresario.

Esta nueva figura de estanciero empresario, exigía también un nuevo cambio social. El gaucho, hombre “bárbaro”, pasó ahora a ser un contrabandista, y él encarnó los vicios que la sociedad necesitaba erradicar: el ocio, el juego, el escándalo. La opción de la vagancia desaparece en este mundo, y el gaucho o se civiliza y se convierte en peón o termina marginado en “pueblos de ratas” en el cinturón pobre de la ciudad.

Cuatro clases sociales aparecen en este Uruguay moderno:

1. Los estancieros y los comerciantes, que vendrían a ser la burguesía local, la clase conservadora, la que impulsa o exige la paz política. La clase enriquecida por esta modernidad, que termina siendo la que sienta los valores de esta nueva sensibilidad del 1900. El concepto que manejan en su discurso es el del Progreso: el hombre está destinado irremediablemente a avanzar hacia la felicidad, y la ciencia y la tecnología contribuyen a ello.

2. Los sectores populares. A estos sectores, el discurso del Progreso no les convence, porque no son ellos los beneficiarios de los dividendos del capital. En el discurso de la burguesía el trabajo lleva al hombre al progreso, y ellos ven cómo trabajando no llegan a nada más que más pobreza. Su discurso empieza a ser influenciado por otras miradas. No olvidemos que Marx y Bakunin ya han expuesto sus teorías en Europa. Así que a estos sectores se los observa con miedo por la posible insubordinación, esa que antes se asociaba a la haraganería, y ahora se ve en las huelgas y las asociaciones sindicales.

3. Europeos, capitalistas, que llegan a invertir al país como una consecuencia del Imperialismo de la revolución Industrial. Ellos necesitan mercados para mover su capital, así que serán los primeros en impulsar, entre otras cosas, el adelanto del ferrocarril. Serán pues los que afianzarán el orden burgués.

4. Por último, los inmigrantes que se dejan influir por el espectáculo de la vida criolla “fácil”, pero que se encuentran luego entre los sectores populares. Aportarán nuevos valores, porque vienen a sobrevivir, y tendrán un ansia de asenso social, que pondrá a los sectores populares en una situación muy cercana a la marginación.

El Estado se modernizó y volvió efectivo y real su poder de coacción. La Iglesia pasó a ser un vehículo eficaz de propaganda en pro de la contención de los “desenfrenos” y la escuela imprimió la obediencia y los valores necesarios para sostener a este nuevo Uruguay burgués. Era necesario crear una nueva sensibilidad que reprimiera o erradicara los vicios de la sensibilidad “bárbara”. Estos nuevos dioses que se impulsarán ahora, van en perfecta concordancia con los deseos burgueses. Estos serán: el trabajo, el ahorro, el orden, la salud, la higiene. Todo esto conlleva una represión de los deseos, de los sentimientos y sus manifestaciones demasiado estruendosas, del ocio, del juego. Lo que Barrán llamó: El disciplinamiento.

El disciplinamiento:

El disciplinamiento es la época en que se manejaba a las personas por sentimientos como los de vergüenza, culpa y disciplina. Se trata de cambiar los parámetros de la cultura “bárbara” por una cultura “civilizada”, así se impone:
-          La gravedad y el “empaque”, al cuerpo libre y desnudo.
-          El puritanismo, el recato, el pudor, a la sexualidad.
-          El trabajo, al ocio excesivo.
-       Se oculta la muerte alejándola o embelleciéndola, porque mostrarla crudamente sería un acto “bárbaro”.
-         Esta época se horroriza ante el castigo de niños, delincuentes y clases trabajadoras, pero prefiere reprimir sus almas.
-        Exhorta a la intimidad, “la vida privada” como un castillo inexpugnable para refrenar las tendencias bárbaras de exteriorizar el yo y sus sentimientos. Claro está que esto permitió toda clase de hipocresías. Se miraba la vida de los otros, pero “a puertas cerradas” cualquier cosa podía suceder. Lo importante era mantener las apariencias. “No se debe ser, sino parecer” decía un libro de ortografía de la época.
-         Impuso el pudor y el recato como norma sagrada que no sólo debía afectar al cuerpo, sino también al alma.

La mujer:

El problema de los sexos en esta época debe verse como una lucha de poder. La mujer es vista como un misterio para el hombre, ya que tenía el poder de levantarlo o de arruinarlo. Por lo tanto, convenía a esta sociedad patriarcal y burguesa, que la mujer fuera sometida y dominada, es decir “convertida en subalterna del padre, el esposo o el hermano mayor” (Barrán)

La mujer en el 900 fue “diabolizada” o “divinizada”. La primera se asociaba a la imagen de Eva, la tentadora y la que se dejó tentar. La mujer “divinizada” es la que se acerca a la imagen de “la Virgen María”. “De este modo” dice Barrán, “la madre fue madre “abnegada”; la compañera del hombre, esposa “casta”; el biológico contacto de la mujer con el mundo de la materia y la naturaleza (la concepción), fue misterio  peligroso y acechante; y la especificidad de su sexualidad, la hizo ver como araña devoradora gastadora de la “energía” masculina y el dinero del hombre, cuando no como testigo de los decaecimientos de su poder, de sus impotencias”.

Las instituciones de la época apoyaban esta idea de que era necesario manejar a la mujer. Monseñor Mariano Soler sostenía: la mujer  no podía quedar librada “a su propio albedrío”, por eso el padre la entregaba al esposo a fin de “someterla a una dulce pero firme y poderosa tutela”. De otro modo se perdería “ese ser débil, perteneciente a un sexo que si bien es susceptible de todo género de virtudes (…) tiene más peligros con las seducciones de la novedad o con el atractivo de los placeres”.

“La mujer era diabólica sobre todo porque se identificaba con la tentación sexual. Para el burgués que quería dominio absoluto, la mujer equivalía a la pasión más poderosa del corazón humano (…) La mujer era un factor inquietante y turbador de la paz interior del burgués. Por ello, como a la sexualidad, de quien era enviada, había que dominarla, vigilarla y obligarla a que se identificara con los roles que el hombre imponía” (…) “La diabolización de la mujer se basaba en que su sexualidad podía poner en discusión el poder del hombre, su autoestima y a la vez su estima social. (…) Por todo ello el hombre necesitaba controlar a la mujer. El burgués construyó una imagen de la mujer ideal y procuró que las mujeres la internalizasen”. (Barrán)

Esta imagen implicaba no sólo la sumisión, era preparada para ser madre abnegada; mujer económica (importante sobre todo si consideramos que el principal interés del burgués es el dinero), ordenada y trabajadora en el manejo de la casa; modesta, virtuosa y púdica con su cuerpo. Debía, ante todo, respeto y veneración a su marido, que era cabeza del hogar, y quien tomaba las decisiones importantes en él, y era quien tenía la patria potestad de sus hijos y la ley de su lado.

Era lógico pensar que la mujer no debía trabajar. Si lo hacía, los trabajos admitidos eran el de maestra por el vínculo que existe entre esa profesión y el rol de madre. Podía también hacer costura dentro del hogar para vender fuera en alguna tienda. No se pensaba en la mujer trabajadora en una tienda o en la fábrica, porque “en vez de llevar esa vida oculta, abrigada, púdica (…) y que es tan necesaria  a su felicidad y a la nuestra misma, vive bajo el dominio de un patrón, en medio de compañeras de moralidad dudosa, en contacto perpetuo con hombres, separada de su marido y sus hijos”. Estos trabajos quedaron relegados para las mujeres de las clases populares, que se vieron expuestas a un sin fin de humillaciones sociales y morales.

El pudor, el recato era un requisito de la mujer virtuosa, y este derivaba de la culpa, de la vergüenza ante la desnudez del cuerpo y del alma. El pudor implicaba honestidad, y se mostraba ocultando las “dotes” corporales con una vestimenta “decente”, además de sumirse en el silencio o simplemente mantener conversaciones llanas, pues la mujer “sabihonda” era “varona” y desagradable al hombre por querer competir con él. El estudio en la mujer estaba, por supuesto, muy mal visto, sobre todo si tenemos en cuenta que lo que se está jugando aquí es el poder.

Debía parecer tonta ante la sociedad, casi como una muñeca que servía de trofeo para el hombre. Por lo tanto, en la intimidad se le estaba negado el placer. Su relaciones sexuales debían estar restringidas al sólo motivo de procrear, y en la cama ella debía asumir una posición pasiva, ya que el fin del matrimonio es hacer hijos. Los camisones fenisculares de las mujeres eran muy largos, con mangas y, a veces, una abertura en el centro. En alguna oportunidad se les bordaba: “No lo hago por placer sino por deber”.

Un texto de Galeano, llamado “Muñecas” del libro “Memorias del fuego: el siglo del viento” ilustra claramente la vida de la mujer de principio de siglo.

“Una señorita como es debido sirve al padre y a los hermanos como servirá al marido, y no hace ni dice nada sin pedir permiso. Si tiene dinero o buena cuna, acude a misa de siete y pasa el día aprendiendo a dar órdenes a la servidumbre negra, cocineras, sirvientas, nodrizas, niñeras, lavanderas, y haciendo labores de aguja y bolillo. A veces recibe amigas, y hasta se atreve a recomendar alguna descocada novela susurrando:

-          Si vieras cómo me hizo llorar…

Dos veces a la semana, en la tardecita, pasa algunas horas escuchando al novio sin mirarlo y sin permitir que se le arrime, ambos sentados en el sofá ante la atenta mirada de la tía. Todas las noches, antes de acostarse, reza las avemarías del rosario y se aplica en el cutis una infusión de pétalos de jazmín macerados en agua de lluvia al claro de luna.

Si el novio la abandona, ella se convierte súbitamente en tía y queda en consecuencia condenada a vestir santos y difuntos y recién nacidos, a vigilar novios, a cuidar enfermos, a dar catecismo y a suspirar por las noches, en la soledad de la cama, contemplando el retrato del desdeñoso”.

Bibliografía:

Barrán, José Pedro. “Historia de la sensibilidad en el Uruguay”
Galeano, Eduardo. “Memorias del fuego: el siglo del viento”

Material extraído del blog http://paola-literatura.blogspot.com

sábado, 19 de mayo de 2012

Análisis de: "El almohadón de pluma"

Análisis de:“El almohadón de pluma”

Argumento: Una joven recién casada muere como consecuencia de una extraña enfermedad, diagnosticada como “anemia de marcha agudísima” pero cuyo origen es inexplicable hasta que luego de muerta, su esposo descubre dentro del almohadón de plumas del lecho de la enferma, un monstruoso animal, que le había chupado la sangre. 

Podemos dividir el cuento en tres momentos:
1er. Momento: presentación de los protagonistas y ubicación de lugar.
2do. Momento: la enfermedad de Alicia, el centro de interés. 
3er. Momento: Desenlace. Muerte de Alicia y descubrimiento del personaje ignorado hasta este momento, el monstruoso animal. Ahora el centro de interés es el almohadón. 

“Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre” 

Tiene un comienzo abrupto. El relato comienza en medio de la narración, sin ninguna aclaración previa. Lo utiliza para captar la atención del lector.
En la primera expresión “Su luna de miel fue un largo escalofrío..”, el término “luna de miel”, se ve opacado por la expresión “largo escalofrío”. Nos anticipa así parte de la historia, descubrimos que no van a suceder cosas hermosas como debieran suceder en una luna de miel. 

A continuación el narrador comienza a describir física y espiritualmente el personaje femenino, Alicia. Lo hace mediante tres adjetivos “rubia, angelical y tímida”, una clara imagen de una mujer romántica. Entre estos tres adjetivos, el de angelical, enmarcaría al personaje como una mujer desvinculada de lo terreno. La describe como una mujer frágil, soñadora, vulnerable, sumamente sensible y dependiente de su esposo. 
Luego se describe a su marido, vemos que Jordan es un hombre alto, fuerte, duro, egoísta, insensible, típico hombre modernista. Así vemos que los dos personajes son totalmente opuestos. El narrador utiliza el mecanismo de antítesis. 
Con su carácter duro, Jordan capaz de frustrar sus soñadas niñerías, heló su mundo soñado. Así se va creando una atmósfera fría, en sentido figurado, y que nos va mostrando la falta de afecto entre ellos. La luna de miel, que debería haber sido una mera manifestación de amor se transformó en un “largo escalofrío”. 
En conclusión, los sueños de Alicia muestran el rasgo romántico de su personalidad; y Jordan encierra ciertas connotaciones que lo alejan de ella. 
Esa “alta estatura” significa para Alicia una valla insuperable y su temperamento contribuye a que persista esa barrera que impide el funcionamiento de la pareja como tal. 

Estas descripciones de los personajes es lo que llamamos en literatura, un retrato. Este se puede realizar mediante una etopeya o mediante una grafopeya, o ambas a la vez. Una etopeya es la descripción interna del personaje, nos da rasgos de carácter, información sobre su forma de ser, sus costumbres y sus valores. Y la grafopeya es la descripción externa de un personaje, los rasgos físicos, su vestimenta, etc. 
En este caso, de Alicia nos da un rasgo grafopeyico, que es, el color de su pelo, rubio y todos los demás son rasgos etopéyicos, “angelical y tímida” y otros que vamos deduciendo con el transcurrir de la narración, como que es frágil, sensible, soñadora, etc. De Jordan nos dice que es alto (rasgo grafopéyico) “alta estatura”, y como rasgo etopéyico alude a su carácter duro. 

“La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.”.

Esta descripción del lugar en donde vivían configura el decorado adecuado para el desenvolvimiento de la acción; tal es la fuerza sugestiva de la casa, que agudiza el panorama de soledad. El ambiente es opresivo, es una especie de prolongación de Jordán. Así vemos un paralelismo psicocósmico entre la descripción de la casa y el carácter de Jordan y la relación que lo unía con su mujer. 
El hogar no tiene los colores adecuados para incentivar a una pareja de recién casados. Por el contrario, la descripción de la casa devela rigidez, frialdad. El único color incluido en la descripción de la casa es el blanco, que junto con la rigidez de la construcción configuran una imagen de mausoleo, con falta de vida. La vida está ausente y al mencionar las paredes limpias y brillantes, parecen añorar alguna mancha o rayón, símbolo de lo vital. Las paredes altas se relacionan con Jordan. 
Uno de los materiales de construcción a los que se alude es el mármol, caracterizado por su dureza y su frialdad. Se reafirma la idea de la frialdad de la casa con el sustantivo “glacial”. El hogar que debe ofrecer el calor a sus residentes se insinúa como lo opuesto, un lugar frío, propio de los muertos, como un mausoleo.
Entre la descripción de la casa y Jordan encontramos un paralelismo psico cósmico, la personalidad de Jordan coincide perfectamente con los rasgos de la casa, ambos fríos, hostiles, rígidos. Entre ellos el único ser vital hasta el momento era Alicia. 

“En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.” 

Alicia decepcionada, luego de haber esperado un Jordan más tierno y emotivo, sustituye la irrealidad de sus sueños y despierta en el abandono de sí misma. Con este abandono, con la dependencia de su marido y con la ensoñación cavó su propia tumba. Vemos que el cuento se limita en la casa, jamás se ve salir a Alicia a la calle, visitar o recibir amigos, ni relacionarse con el mundo externo. Su debilidad comienza con la falta de contacto con la realidad. 
Entre la pareja se levanta un muro tan impenetrable que impide la comunicación amorosa entre ellos. Es escaso el diálogo narrativo entre ellos, casi nulo, solo existirá en las alucinaciones de Alicia. En cambio, en el ámbito social, por ejemplo con los doctores, Jordan dialoga con ellos y esos diálogos exceden incluso en número a los de la pareja. Lo mismo sucederá luego con la empleada doméstica, cuando descubre el insecto monstruoso el dialogo entre ella y Jordan es más largo. 

“No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.”

Aquí comienza realmente el centro de interés del cuento, el segundo momento, donde Alicia comienza a enfermarse. Vemos que cuando logra por un momento abandonar ese estado de postración, aparece con un acentuado grado de dependencia de su marido “apoyada en el brazo de él”. Recorre los objetos con mucha vaguedad. 
Alicia exterioriza su angustia al ser acariciada por su marido y al echarle sus brazos al cuello vemos la imperiosa necesidad de cariño que ella tenía. Se libera emocionalmente.

“Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.” 

El narrador no da respiro al personaje. Aparecen nuevos síntomas no derivados del ataque de influenza. 
La aparición del médico interrumpe el hilo de los sucesos y mediante el diagnóstico de éste, se conocen las características de la enfermedad. Su repercusión somática es la debilidad, que desorienta al médico al no encontrarle una explicación científica. 
Vemos un narrador omnisciente (es aquel que está por encima de los personajes y conoce todo lo que sucede, describiendo y relatando aquello que varios personajes, ven, piensan o aquello que sucede en ausencia de éstos.) que adelanta el desenlace fatal de Alicia “se iba visiblemente a la muerte.” Luego se centrará en referir las instancias de agonía que Alicia sufrirá. 
La anemia física fue antes una anemia del espíritu hambriento de afecto y vida conyugal.

“Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.”

Con las luces y el silencio se describe una atmósfera fúnebre. Vemos otro paralelismo psicocósmico entre el aspecto fúnebre de la casa y la proximidad de la muerte de Alicia. La alfombra que “ahoga” los pasos de Jordan subraya la magnitud del silencio. Manifiesta su nerviosismo con el continuo deambular que no quiebra el silencio señalado. 

“Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos” 

La extraña enfermedad le origina alucinaciones en forma progresiva, vemos así el manejo del misterio. Primero son confusas y flotantes, luego se vuelven corpóreas y descienden "al ras del suelo”. Las alucinaciones pasan del espacio aéreo al terreno. Su tensión emocional, exteriorizada se centra en la alfombra, que debe vincularse con el silencioso andar de Jordan y a su muda y estática contemplación. 
Estas alucinaciones hunden al lector en una mayor incertidumbre. 
El incidente de antropoide concretiza la fusión de dos planos, el real y el imaginario.

“Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.”

La causa de la anemia sigue sin ser descifrada. Alicia entra en coma “ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte” . El golpe sobre la mesa de Jordan reflejan su carácter. Sigue encerrado en su “yo”. 

“Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. “nuevas olas de sangre”

Se muestra la noche como propicia para la agudización de la anemia. Encontramos una hipérbole, “nuevas olas de sangre” . La joven queda sumergida en un mundo lleno de pesadillas.
Encontramos un paralelismo psico cósmico entre el aspecto fúnebre de la casa, “Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa” y la enfermedad de Alicia y su próxima muerte. El aspecto de la casa refleja el desenlace de Alicia.

“Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente”. 

Se produce la muerte de Alicia. Aparece un nuevo personaje, que es la sirvienta, la que adquiere ahora cierta funcionalidad. Ya desaparecida Alicia, la atención se centra en el almohadón. Notamos que la ausencia de Alicia es reciente ya que dice “a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia” 
Aumenta el misterio, la expectativa. El almohadón es levantado por la sirvienta delante de Jordan. En un rápido acto instintivo lo levanta para dejarlo caer. 

“Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.” 
Jordan actúa con rapidez, con violencia. El silencio imperiante hasta ahora por la muerte de Alicia, se ve violentado con el grito de la sirvienta. Se lo detalla mediante una eficaz adjetivación. “patas velludas”, “animal monstruoso”, “bola viviente y viscosa”.
“Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.”

Se resuelve la incógnita del cuento, aparece el personaje hasta ahora ignorado: el monstruo que desangró a Alicia hasta la muerte. El enigma se pone en un primer plano y explica con meticulosidad, la eventual existencia de estos parásitos en los almohadones de plumas. Revela la posible existencia larvaria de otros parásitos.
El cuento mantuvo un ocultamiento hasta este momento, la revelación final es totalmente inesperada. 
Existe una relación entre Jordán y el insecto monstruoso, aparentemente un descuido del narrador hace referencia a la “boca” del insecto, para después corregirse señalando “su trompa, mejor dicho”. Así podemos interpretar esa identificación de los dos, con la sola diferencia que uno tiene boca y el otro trompa. Ambos identificados como únicos responsables de la muerte de Alicia. Jordan con su indiferencia, con su dureza le fue consumiendo la vida a Alicia, al igual que el monstruo.