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domingo, 19 de mayo de 2013
jueves, 16 de mayo de 2013
Análisis Capítulo I II y III Génesis.
Biblia:
"Génesis" Capítulos 1, 2 y 3.
Contenido
del Génesis
Se
considera historia primitiva ya que contiene un fondo de verdad y un contenido
dogmático y moral. No se puede juzgar su forma con el criterio moderno de
historicidad ya que los hechos relatados en el Génesis, según la crítica
racionalista, no podrían considerarse históricos; en cambio la crítica
religiosa defendía su historicidad y juzgaba como parahistóricos o anteriores a
la historia los once primeros capítulos, y como historia primitiva los
siguientes. La crítica independiente actual considera los mismos capítulos
iniciales como una parábola de base tradicional, legendaria, y acepta la
historicidad de los otros, y si no tiene por históricos todos los hechos que
narran, entiende que lo son las civilizaciones que describen y las
circunstancias en que aquellos se originan. Las dificultades de la apreciación
de la historicidad en las narraciones históricas -como en el caso del Génesis-
radican fundamentalmente en la presencia del milagro y de la profecía, y en la
inclusión de fragmentos aparentemente imaginarios, parabólicos o simbólicos
(como lo son los primeros once capítulos).
El
Génesis o "libro de los orígenes" nos da la primera formulación del
pacto y sus antecedentes: narra el origen del mundo y del hombre. La narración
se extiende desde la creación del mundo a la muerte del patriarca José.
División
del Génesis:
1)
La historia primitiva desde la creación hasta Abraham:
La
creación y la caída.
Historia
de la cultura
El
diluvio
Del
diluvio hasta Abraham
2)
La historia de los patriarcas:
Abraham
Isaac
y Jacob
José
Capítulo
1: Primer relato de la creación, el Universo.
El
primer relato de la creación es atribuido a la fuente Sacerdotal que refleja
perfectamente las características propias de esta fuente: esquematismo,
abstracción, reflexión teológica y preocupación por salvar la trascendencia
divina.
Plantea
la obra creadora de Dios en orden decreciente de lo más imperfecto a lo
perfecto (en relación con la divinidad) hastra culminar en el hombre, corona y
rey de toda la creación por haber sido creado "a imagen y semejanza"
de Dios (con respecto a lo espiritual y no a lo físico).
El
proceso de la creación se distribuye en lo que se conoce como semana hebrea,
siendo el marco en el que concreta su enseñanza, un grandioso cuadro lógico,
pero artificial.
Al
principio solo existía caos, tinieblas y el espíritu de Dios
"aleteando" sobre las aguas. La imagen de Dios que surge de esta idea
dista mucho de ser antropomórfica (forma humana).
Comienza
el proceso de creación que se realiza a través del poder de la palabra, la
palabra parece mágica:
El
primer día crea la luz, que es la luz de la aurora y no la del sol, ya que en
la época en que aparece el Génesis se creía que eran distintas fuentes de luz.
Se crea de este modo el día y la noche.
El
segundo día crea el cielo y separa el mar de la lluvia.
El
tercer día crea la tierra y el mar, crea también las plantas, hierbas y árboles
frutales.
El
cuarto día Dios crea el sol, la luna y las estrellas, determinando de este modo
el día, la noche, las estaciones y los años.
El
quinto día Dios crea los peces y las aves.
El
sexto día crea los animales terrestres y finalmente al hombre y a la mujer.
Al
comienzo del segundo capítulo se cuenta que el séptimo día es bendecido por
Dios por haber terminado su obra creadora, y en él descansó.
Capítulo
2: Segundo relato de la creación.
A
partir del versículo 4 del Capítulo 2 comienza el relato Yavista de la creación
y la caída. Las características de la fuente Yavista aparecen claramente en los
dos capítulos 2 y 3, de estilo vivo, colorista, figurado, abundante en
antropomorfismos, esto es, de la representación de Dios, en su modo de hablar o
de actuar, a la manera humana. De este modo la imagen de Dios, que antes
resultaba un poco abstracta, se manifiesta aquí mucho más próxima y
comunicativa.
"Al
tiempo..." el autor nos da una versión de la creación y del origen del
hombre diferente de la del relato anterior. La mirada es menos amplia y el
orden en la producción de los seres, diferente: antes primero el caos, luego
las plantas, los animales y el hombre, aquí primero el hombre, luego las
plantas, los animales y la mujer.
Todo
esto es también artificio literario que nos indica su esquema de representación
y su intención de centrar su narración en estas dos cosas: el hombre y su
destino y la providencia que Dios tiene sobre él. Dando por supuesta la
creación del cielo y de la tierra, restringe su visión a la tierra, en cuanto
escenario del hombre y de su drama.
El
autor toma el polvo de la tierra para crear al hombre porque tradicionalmente
se decía que el hombre era hecho del polvo y que al polvo volvía. El autor toma
estos elementos porque eran populares y le servían a su finalidad didáctica. El
hálito de vida es el espíritu de Dios, es lo que lo hace semejante a él, es lo que
lo hace ser un ser viviente, que lo va a diferenciar de los demás seres
creados. Además en este segundo relato el hombre es el único ser viviente, el
primero creado por Dios.
Encontramos
una distensión, una pausa en el relato; describe cómo es y dónde está
exactamente ese lugar donde va a ubicar al hombre. Luego continúa con el relato
sobre él, que es el centro de toda la creación, y por lo tanto de este segundo
relato.
Se
destacan dos árboles en el Jardín del Edén que son el "árbol de la
vida" y el "árbol de la ciencia del bien y del mal". Con
respecto a la simbología del árbol, nos dice Cirlot: "el árbol como vida
inagotable equivale a inmortalidad ... representa en el sentido más amplio, la
vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y
regeneración". En el Paraíso había el árbol de la vida y también el árbol
del bien y del mal y ambos estaban en el centro del Paraíso. Schneider dice
¿por qué no menciona Dios el árbol de la vida, porque como algunos han creído
estaba oculto y no podía ser identificado ni era, por lo tanto, accesible hasta
el instante en que Adán se apropiara del conocimiento del bien y del mal, es
decir, de la sabiduría? Cirlot se inclina por esa hipótesis: "el árbol de
la vida puede conferir la inmortalidad, pero no es cosa fácil llegar hasta
él".
Dios
impone al hombre un precepto grave, sancionando con la pérdida del privilegio
de lainmortalidad. El precepto está formulado en la prohibición de comer del
árbol de la ciencia del bien y del mal. Siendo ésta una imagen literaria cuya
significación conocemos, es preciso ver lo que bajo ella se encierra. El
esquema doctrinal es este: Dios impone un precepto grave que afecta al hombre
en su ser esencial de criatura dependiente de Dios. Le manda reconocer su ser y
situación de creatura y no salirse de olla aprteciendo privilegios divinos. El
hombre al transgradirlo instigado porla serpiente atenta contra la soberanía de
Dios y reniega de su ser de criatura. Es pues, un gravísimo pecado de orgullo
por parte del hombre, sin que se nos diga en que materia determinada se
concretó el precepto y por tanto el pecado externo.
No
queda claro cual fue la transgresión que el hombre hizo, pues el haber comido
del fruto del árbol del bien y del mal es un símbolo (como una parábola que
tiene un fin didáctico).
Lo
que se busca no es simplemente un entretenimiento, sino además una compañía, un
complemento y que lo acompañe eternamente, por lo tanto crea Dios a la mujer.
Crea
a los animales y se los da al hombre para que les ponga nombre (como
entretenimiento), pero además los crea para poder señorear sobre ellos, porque
en la Tierra no existía otro ser viviente más que él. Además el hecho de que
les lleve los animales y los cree para él, muestra la jerarquía, la
superioridad del hombre, que es el rey de todo ese mundo creado para él. Este
hombre se diferencia del animal por el "hálito de vida", es decir,
porque tiene espíritu y por lo tanto puede tener dominio y señorear sobre
ellos.
La
creación de la mujer es para que sea un complemento, como una ayuda semejante
al hombre. Es creada de una costilla que Dios toma del hombre, es decir, que
esa mujer no es creada del polvo, sino de la carne del propio hombre, por lo
tanto tendrá también "hálito de vida". Esta creación es un antropomorfismo
que nos indica la relación y atracción mutuas entre el hombre y la mujer. Queda
instituída aquí la unión en matrimonio como monógamo e indisoluble.
El
hombre y la mujer estaban en un estado de pureza espiritual, no eran
conscientes de su desnudez y por eso no se avergonzaban, porque no tenían
prejuicios.
El
jardín llamado Edén creado por Dios para colocar allí al hombre, está rodeado
por cuatro ríos que sirven para ubicarlo geográficamente. El Tigris y el
Éufrates se conocen y ubican fácilmente en la Mesopotamia, en la zona de los
actuales territorios de Irán e Irak. Se nos dice que esta zona es muy rica ya
que en ella hay metales, como el oro, y piedras preciosas.
La
ubicación del Edén a través de los ríos tiene una finalidad didáctica y sirve
para remarcar la veracidad ya que ubica a quienes oían esto en lugares
conocidos y cercanos a ellos.
Proceso
de creación del segundo relato:
Se
dan por ya creados el cielo yla tierra. Al tiempo, Dios crea al hombre del
polvo de la tierra, insuflándole en su nariz un aliento de vida.
Luego
crea los árboles frutales, especialmente destacados son el "arbol de la
vida" y el "árbol de la ciencia del bien y del mal", plantados
en el Jardín del Edén.
Este
jardín tiene una ubicación geográfica precisa ya que está rodeado de cuatro
ríos, Pisón, Guijón, Tigris y Éufrates (estos dos últimos son geográficamente
conocidos).
Luego
crea los animales domésticos, aves y campestres.
Finalmente,
de la costilla de Adán, crea a la mujer, a la que llama "varona"
porque del varón fue tomada.
Capítulo
3: Tentación, caída, Protoevangelio.
La
serpiente era considerada en el folklore popular como un animal maligno, astuto
y traidor por excelencia. En muchos pueblos antiguos era objeto de culto como
diosa de la fecundidad. El autor, para apartar a Israel de esta aberrración, la
escoge aquí como figura de un ser inteligente y malhechor, enemigo de Dios y
del hombre, y que la revelación posterior (cuando es castigada a arrastrarse de
por vida), y la tradición cristiana han identificado con el demonio. La acción
de la serpiente es una clara personificación (figura que consiste en atribuir a
las cosas inanimadas o abstractas, o al ser irracional, vida, acciones o
cualidades propias del ser racional), en este caso se le atribuye a la serpiente,
habla e inteligencia.
Se
nos narra el proceso de la tentación con un conocimiento de la psicología
humana verdaderamente admirable, a través de los siguientes pasos:
A)
Por parte de la serpiente,
exagera
la prohibición de Dios "... de todos los árboles del jardín...",
tratando de despertar el orgullo humano.
Hace
desear el conocimiento de una ciencia superior "... se abrirán vuestros
ojos y seréis como dioses...", poniendo en tela de juicio la rectitud de
la intención divina: "¡No, no moriréis!"
Con
ello tiende a destruir la confianza en Dios y el temor a sus amenazas, y así el
objeto prohibido ejerce libremente su seducción.
B)
Por parte de la mujer,
da
oídos a la tentación, pues se detiene a explicar y a aclarar la situación a la
serpiente.
Va perdiendo
seguridad: "Vio entretanto la mujer que el árbol era apetitoso para
comer..."
Y,
en la misma proporción, a medida que va considerando al objeto prohibido lo va
deseando más: "... agradable a la vista"
Se
siente plenamente atraído por él, pues lo cree la llave de la felicidad:
"... y deseable para adquirir sabiduría, lo que se corresponde con las
palabras tentadoras de la serpiente "seréis como dioses, conocedores del
bien y del mal".
La
tentación se extiende al hombre que también come del fruto (la serpiente tienta
a la mujer, y la mujer al hombre).
En
la contemplación del árbol por parte de la mujer, tenemos imágenes gustativas y
visuales.
Al
pecar se realizan las promesas de la serpiente pero de muy distinto modo de
como ellos esperaban, ya que se cumple que adquieren sabiduría, pero ésta,
lejos de hacerlos sentir como dioses, los hacen avergonzarse de sí mismos, de
su propia desnudez, de lo que hasta ahora no eran conscientes, ya que no tenían
prejuicios y vivían en un estado de pureza espiritual.
"Oyeron
después los pasos de Yavé Dios ..." vemos otro antropomorfismo de la
figura de Dios (nos da idea de que camina). Dios actúa aquí como un juez
inquisidor, ya que pregunta acusando al hombre: "¿Dónde estás?, ¿Quién te
ha hecho saber que estabas desnudo?, ¿No habrás comido del árbol del que te
prohibí comer?".
El
hombre dice haber sido tentado por su mujer y ésta lo reconoce diciendo haber
sido engañada por la serpiente, pasándose la culpa y no aceptando
responsabilidades.
Inmediatamente
Dios emite sus sentencias, actuando como un verdadero juez con la serpiente, la
mujer y el hombre (los culpables). En la pena impuesta a la serpiente hay que
distinguir entre la expresión externa acomodada al animal-símbolo (serpiente =
demonio) y el contenido que va directamente contra el demonio tentador:
"Yo pongo enemistad entre tí y la mujer, entre tu linaje y el suyo".
"Te arrastrarás sobre tu vientre...": la expresiva imagen está tomada
de las características de la serpiente y de la espontánea aversión que hacia
ella se siente (es un animal que produce una sensación extraña entre el
desagrado y el miedo). Pero la hostilidad perpetua se establece entre la mujer
y su linaje y entre el diablo y el suyo. Por la suerte futura de ambos
contendientes la victoria final corresponderá al linaje de la mujer. Es la
primera luz de la redención en medio de la tragedia humana. El autor bíblico no
precisa cómo, en concreto, se realizará esta victoria, pero la revelación y
tradición posteriores (el pacto entre Dios y Abraham y la esperanza en un
Mesías redentor), irán concretando que el vencedor será un personaje
individual, el Mesías, por medio de su muerte redentora (para los cristianos
fue Jesucristo).
Al
hombre y a la mujer los castiga imponiéndoles penas correlativas a su misión y
naturaleza: la mujer, madre que parirá su hijos con dolor y será esposa
dominada por su marido; y el hombre deberá trabajar para poder alimentarse.
Ambos perderán además, como lo había anunciado al imponerles el precepto, la
inmortalidad: "... ya que del polvo eres y en polvo te has de
convertir..."
Dios
había impuesto un precepto grave que afectaba al hombre en su ser esencial
(moriría) de criatura dependiente de Dios. Le manda reconocer su ser y
situación de creatura y no salirse de ella apeteciendo privilegios divinos (el
precepto está formulado en la prohibición de comer del árbol de la ciencia del
bien y del mal). El hombre al transgredirlos (al comer del fruto prohibido)
instigado por la serpiente, atenta contra la soberanía de Dios y reniega de su
ser de criatura.
Es
pues, un gravísimo pecado de orgullo por parte del hombre, sin que se nos diga
en qué materia determinada se concretó el precepto, y por tanto, el pecado
externo: "He ahí el hombre que ha llegado a ser como uno de
nosotros..." (plural de majestad y plenitud, propio de la religión
monoteísta).
El
hombre y la mujer pecaron y los dos son expulsados del paraíso terrenal. La
expulsión es necesaria además para impedir el acceso al árbol de la vida (pues
cree Dios que también podrían osar comer de él, ahora que son mortales).
Los
querubines y la espada flameante son imágenes tomadas del folklore babilónico y
de las que se sirve el autor para expresar la idea de que la pérdida del
paraíso fue irrevocable.
Análisis Capítulo I Génesis
Aproximación
al primer capítulo del Génesis desde la literatura y la antropología filosófica
Aproximación
al Génesis
Análisis
del capítulo 1. Enfoque argumental
Génesis
es el término griego -incorporado al castellano- con el que la versión que
manejamos de la Biblia da nombre a su primer libro. Etimológicamente, significa
origen o principio, ideas que responden, en general, al núcleo temático que
vertebra literariamente el texto que iremos a estudiar. En efecto, en él, desde
una perspectiva religiosa, se narra los orígenes del universo, de la tierra,
del género humano y, en particular, del pueblo de Israel. Tengamos en cuenta
que, en la versión original hebrea, este libro se titula con su primera
palabra, Bereshit, comúnmente traducida por “En el principio”, tal como aparece
en el capítulo primero versículo 1.
Desde
un punto de vista estructural, el Génesis está formado por dos grandes
secciones. La primera (de los capítulos 1 al 11) contiene la llamada “historia
de los orígenes” o “historia primordial”, iniciada con el relato de la creación
del mundo. Se trata de una narración poética de gran belleza, a la que sigue la
del origen del ser humano, puesto por Dios en el mundo que había creado. La
segunda parte (que abarca de los capítulos 12 al 50) enfoca el tema de los más
remotos comienzos de la historia de Israel. Conocida usualmente como “historia
de los patriarcas” (caudillos de los hebreos anteriores a Moisés que,
históricamente, se los ubica hacia la primera mitad del segundo milenio a.C.),
centra su interés en Abraham, Isaac y Jacob, respectivamente padre, hijo y
nieto, en quienes tiene sus raíces más profundas la nación judía o, como se
menciona constantemente, “el pueblo de Dios”.
La
Creación. Algunas observaciones
Respecto
a lo que han sido los orígenes y su narración, se lee que “En el principio creó
Dios los cielos y la tierra” (1:1). Este enunciado categórico abre la lectura
del Génesis y, con él, toda la Biblia. En términos estrictamente religiosos, es
la afirmación del poder total y absoluto de Dios, considerado aquí como único y
eterno, a cuya voluntad se debe todo cuanto existe, pues “sin él nada de lo que
ha sido hecho hubiese sido hecho” (véase el evangelio según Juan, 1:3). El
universo es resultado de la acción de Dios, quien con su palabra creó nuestro
mundo, lo hizo habitable y lo pobló de seres vivientes. Entre estos puso
también a la especie humana, aunque la diferenció de cualquiera otra al otorgarle
una dignidad especial, pues la había creado “a su imagen, a imagen de Dios”
(1:26-27). Claro está que este inicial relato mítico considera al hombre y la
mujer en una particular relación con Dios, de quien han recibido la co-misión
de gobernar el mundo del que ellos mismos son parte. En efecto, el ser humano
(en hebreo, adam) fue formado del polvo de la tierra (adamá), es decir, de la
misma sustancia que el resto de la creación; pero “Jehová Dios... sopló en su
nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (2:22-24). La creación
del hombre, del varón (ish), es seguida en el Génesis por la de la mujer
(ishah), constituyendo entre ambos la unidad esencial de la pareja humana.
Fijémonos
que, en un primer momento, hemos considerado a los primeros capítulos del
Génesis estudiados en clase como relatos míticos. Y al hablar sobre lo que es
el mito, conviene precisar el sentido que le daremos al concepto; en este caso,
vale diferenciarlo de su sentido cotidiano, según el cual mito es sinónimo de
falsedad, o de fábula en el mejor de los casos. Por el contrario, propongo
aceptar por valedera la definición de mito que entrega el filósofo italiano
Giambattista Vico, la cual, aunque etimológicamente falsa, resulta
esclarecedora: él propone que la voz mythos significa “narración verdadera”,
esto es, que el relato mítico se caracteriza por ser aceptado como verdadero
por quien participa del mismo. Por cierto, este aceptar como verdadero lo
relatado no es un asentimiento a un discurso que aparezca como formalmente
válido desde el punto de vista lógico, sino que es una aceptación de una
“verdad” sentida como tal y que por ello permite orientar el propio existir.
En
otros términos, la función del mito es entregar al individuo una visión acerca
de las cosas y de sí mismo. Una visión tal es necesaria para el hombre en la
medida en que le entrega la orientación de la cual, en su origen, carece,
puesto que el hombre se nos presenta como desfondado, es decir, carente de una
base universal y fija, dada por naturaleza, que le permita conducir su vida de
modo inequívoco a nivel de especie. El resto de los animales tiene esa base
naturalmente dada en el instinto, el cual les permite actuar a cada uno del
mismo modo que los demás individuos de su especie ante situaciones similares.
El hombre, carente de aquella base, desfondado, debe creársela, lo que logra
construyendo su cultura. Así, el hombre no se afinca en la mera naturaleza sino
en su mundo cultural, en el cual dota de sentido a la realidad natural, elabora
una imagen de sí mismo acorde con dicha realidad, y obtiene así un fondo
elaborado por él, que le permite saber a qué atenerse. En este panorama, el
mito es, en un principio, el resultado de los esfuerzos de la humanidad
primigenia para formalizar la realidad como un todo coherente con un sentido
determinado. El mito nace, de este modo, señalado por su función esencial: dar
respuestas respecto de lo que las cosas y el hombre son. El Génesis, en
particular, propone una solución a lo que es el origen del mundo y el cómo se
estructuró, o el cómo se dispuso de un modo determinado por medio de la acción
de un ser superior. Y la importancia de este aspecto consiste en que, para el
hombre de la Antigüedad, conocer dicho orden le permite situarse adecuadamente
en él.
Los
capítulos 1 y 2, mirados desde esa perspectiva, no elaboran una teoría de la
creación divina del mundo: simplemente la conciben como el acto libre y
voluntario de una divinidad que otorga existencia al Universo a partir de la
nada, representada metafóricamente en la imagen de las tinieblas (que) estaban
sobre la faz del abismo. La fórmula hebrea “en el principio” no quiere situar
cronológicamente el acto creador, sino que pone a ese Dios genesíaco como
“origen” primero de todas las cosas. Él crea también esa masa oceánica, que
luego ordena y estructura como un cosmos. En el segundo versículo del capítulo
primero se describe ese pre-cosmos, y emplea con este fin conceptos negativos,
a partir de la realidad presente: ausencia de formas y de luz, incapacidad de
la tierra para ser la morada del hombre. Pero nada emerge del caos como causa
innominada: el agente de la creación es exterior y preexistente: la única
fuerza que pone en movimiento ese premundo caótico es la palabra y la acción
creadora de una divinidad. El mundo y el hombre son algo totalmente nuevo, y su
presencia se entiende sólo a partir de un designio. A través, entonces, de una
narración de evidencias en que esa misma divinidad pone en marcha un conjunto
de procesos activos de naturaleza variada, sirviéndose ya sea de la palabra
(Dijo Dios: “Sea la luz”. Y fue la luz), ya sea del espíritu (soplando la vida
en la nariz de Adán) o bien dándole forma a la materia (Adán construido a
partir del barro), observamos que existe en toda esta instancia de formación un
plan que se va cumpliendo siguiendo un orden:
PRIMER
DÍA: luz/tinieblas (día/noche) - versículo 3
SEGUNDO
DÍA: cielo/mares - versículo 7
tierra
seca - versículo 9
TERCER
DÍA: vegetación - versículo 11
CUARTO
DÍA: sol/luna. Las estrellas - versículo 14
QUINTO
DÍA: pájaros/peces - versículo 21
SEXTO
DÍA: animales terrestres - versículo 24
hombre/mujer
- versículo 27
(Séptimo
día)
Ahora
bien, vale preguntarse de qué tipo de orden estamos hablando. Algunas
interpretaciones podrían sugerir que Dios parte de lo inanimado a lo animado y,
dentro de esta última categoría, de lo más simple a lo más complejo. También es
válido afirmar que la creación, a modo de gradación ascendente, parte de lo más
indiferenciado a lo que ya presenta un conjunto de particularidades
específicas. Este aspecto es importante a ser tenido en cuenta porque el texto
comienza a mostrar la importancia de la palabra en cuanto principio ordenador:
cada vez que Dios dice “Hágase” también va diciendo “sepárese”, lo que ya
demuestra el doble carácter de la creación misma. Por un lado muestra la unidad
de la materia creada; por el otro, su variedad, su multiplicidad. Esta dualidad
se corresponde con la costumbre de los pueblos orientales antiguos de abarcar
una totalidad (en este caso, cósmica) mencionando la presencia de situaciones o
elementos extremos u opuestos: cielo/tierra, luz/tinieblas, sol/luna,
aves/peces, hombre/mujer. Por eso vale afirmar que el Génesis parte, desde un
punto de vista lingüístico, de una enunciación oximorónica. Conjuga términos de
significación opuesta como un modo de marcar la diferencia de la percepción
humana de la realidad, fundada sobre una comparación entre elementos relativos,
ante la divinidad que se encuentra más allá de cualquier relativismo, más allá
del principio lógico de la no-contradicción que constituye nuestro saber. Al
ser infinito, Dios aúna (o se manifiesta en) cualquier cosa y su contrario, ya
sea el más y el menos, lo máximo y lo mínimo, pudiéndose hablar de una
coincidencia de opuestos, noción que hará parte de la reflexión filosófica del
Renacimiento a partir del siglo XIV.
Pero,
más allá de este dinamismo básico que subyace en el principio de la creación,
siempre tengamos en cuenta que la visión mítica del hombre perteneciente a
culturas muy antiguas -como la hebrea, por ejemplo- privilegia un mundo cerrado
que se caracteriza por su gran estabilidad. Es decir, los hombres se enfrentan
al universo como a un enigma y resuelven esa ansiedad resultante con respuestas
universales al movimiento y al cambio en formas fijas y estables. De esta
manera hacen frente a lo inefable y al peligro. Incluso la vida social se
reduce a ciertas fórmulas de comportamiento y percepción que deben garantizar
un orden casi estático frente a un universo amenazante y cambiante. Todo cambio
se explica por lo que no cambia, o sea, por una suerte de garantía divina del
orden en la aparente multiplicidad caótica de la naturaleza y sus mundos
contextuales (como, de hecho, se desprende de la Torah en su conjunto y algunos
textos que se clasifican bajo el término genérico Ketubiim, en especial,
Proverbios y Eclesiastés). La oralidad predominante de las sociedades antiguas,
en las que la escritura no es una práctica extendida, es una configuración de
la repetición, una forma que se reitera ritualmente para reproducir una
textualidad construida por los conformadores del mundo, con la religión -es
decir, la creencia en una garantía sobrenatural ofrecida al hombre para su
propia salvación y las prácticas dirigidas a obtener o conservar esta garantía-
como aval, con el control férreo de lo controlable ante lo desconocido en
movimiento. De ahí provienen formas de la oración, de la canción, del libro
sagrado, del conjuro. Detengámonos en ese conjunto de estructuras gramaticales
formularias del capítulo uno del Génesis como:
1-
Dijo Dios. Si tomamos en cuenta la tradición bíblica, Dios no es solamente el
primer motor y la causa primera del devenir y del orden del mundo, sino también
el autor de la estructura sustancial del mundo mismo a través de la palabra. La
omnipotencia de lo que Él pronuncia es comprensible si tenemos en cuenta que,
en el texto original, el término hebreo dabar significa tanto palabra como
suceso o acontecimiento; es decir, la lengua es por lo tanto lo que crea y lo
que realiza, es el verbo y el nombre. De allí que se considere que en Dios el
nombre es creador porque es verbo y, por lo tanto, acción; y el verbo de Dios
es conocimiento absoluto de las cosas porque es nombre, y el nombre tiene por
función revelar lo que las cosas son en su esencia. Si se quiere, podemos
considerar que esta noción de la palabra se la puede clasificar como propia del
mundo de la magia: es una herramienta de poder (no en vano, cuando se la usa,
siempre es en un tono imperativo). Sin embargo, es bueno destacar que, en el
versículo 27 del capítulo primero, Dios no ha creado al hombre mediante el
verbo y no lo ha nombrado. No ha querido someterlo a la lengua, sino que Dios
ha dejado surgir libremente en el hombre la lengua, que le había servido como
medio para la creación y su dominio. De forma implícita, este dato nos da entender
que el ser humano se posiciona en una escala superior a los demás seres
animados, pues posee el don de la palabra, y mediante éste don domina (o
enseñorea), según lo establece la ley divina.
2- y
fue así es una construcción frástica complementaria de la aseveración anterior
que pone de relieve el poder creador de la palabra del Dios bíblico. La orden
divina se cumple de forma inmediata, y el efecto producido coincide a la
exactitud con el pensamiento y la voluntad del Creador.
3- y
vio Dios que era bueno. Por ser resultado del gesto libre de una divinidad que
no necesita de él, el mundo tiene un valor: valor para Dios que lo crea y para
el hombre que dispondrá de él. La fórmula de aprobación (repetida siete veces a
lo largo del capítulo primero) señala un hito significativo de la teología del
Génesis, al afirmar que la obra arquetípica de Dios, la creación del mundo y de
sus elementos, refleja la bondad divina. Cada obra es alabada por su “bondad”
ontológica y funcional. La expresión hebrea tôb (“bueno”) se refiere tanto a la
bondad de las cosas en sí, como al obrar de Dios (“y vio que era bueno”) y a la
“funcionalidad” de los elementos del mundo, que tienen su lugar dentro de un
orden y responden a la intención de su autor divino. La insistencia en afirmar la
“bondad” de la creación indica que se trata de una idea central en el capítulo,
vinculada a una concepción “optimista” del mundo, y es de observar que la
fórmula de aprobación no tiene una raíz empírica o racional, sino que es una
afirmación que surge de la fe: la creación es buena, porque es Dios el que crea
y estructura el cosmos. Significativamente, esta fórmula no es mencionada
respecto al hombre (1:31), a fin de dejar abierto el tema del pecado original
en el capítulo 3.
4-
separó. Si volvemos nuevamente al texto original, descubriremos que en la
lengua hebrea, barar, que significa precisamente dividir, también hace alusión
a otros verbos como seleccionar, discernir, clasificar y/o purificar. Esto se
relaciona con aquello de que todo mito cosmogónico relata el origen del
universo como una realidad coherente y armoniosa, ya que responde a la
necesidad humana de explicar y comprender el mundo en que se vive. Además el
hombre sólo puede comprender el orden, pues el caos de por sí es inentendible.
En este caso, separar, seleccionar, clasificar, son los procesos que determinan
ese ordenamiento “racional” de los elementos que constituyen la totalidad del
mundo conocido. De allí que el Dios genesíaco no deba ser entendido solamente
como creador, sino como “ordenador” de la realidad, otorgándole a cada cosa que
la integra una nominación determinada.
5- Y
fue la tarde y la mañana del x día. El Génesis va registrando la semana de la
creación como la primera semana del mundo. A primera vista el esquema de la
semana puede parecer un antropomorfismo: Dios ejecuta sus obras a lo largo de
una semana, a la manera del hombre. Pero en realidad sucede al revés: Dios
funda la semana que se va gestando en siete momentos, señalados cada vez como
el surgimiento de algo nuevo. En otras palabras, Dios no llena cada día de una
semana preexistente con algunas de sus obras, sino que la creación de cada uno
de los elementos del mundo determina la aparición de los días.
Esto
nos recuerda que si el mito es un relato de los orígenes y, como tal, asume una
función de instauración, es natural que tome como centro temático un evento
fundador del mundo, de las cosas y del hombre, y que a su vez haya tenido lugar
en un tiempo primordial anterior a la historia, o sea, anterior al conjunto total
de los hechos humanos que después serán sistematizados por cada cultura o
sociedad para su mejor conocimiento y comprensión. En otros términos, los
acontecimientos fundadores (la creación del cielo y de los mares, la creación
del sol y la luna, del hombre y la mujer) no pertenecen a la cadena de
acontecimientos normales que ocurren dentro de lo que nosotros concebimos como
historia, sino a los que ocurren fuera de la misma (¿cuándo ocurrió el
principio en que sólo había tinieblas sobre la faz del abismo y Dios empezó a
crear?; ¿en qué siglo, año o mes ocurrió el primer o el segundo día?). Por otro
lado, en el momento mismo que el mito pertenece al ámbito del discurso, ya que
es una especie de relato en que las frases se suceden en un tiempo irreversible
y que se relaciona con un tiempo pasado, se vuelve fácil de entender porque
estas estructuras gramaticales formularias están conjugadas, mayormente, en
pretérito del modo indicativo: con esta modalidad designamos la no ficción de
lo denotado por la raíz léxica del verbo, esto es, todo lo que el hablante
estima real o cuya realidad no se cuestiona. Recordemos que, en todas las
épocas y en todas las áreas culturales, los hombres han elaborado una
pluralidad de relatos como un modo de afirmar la verdad de su experiencia del
mundo y de sí mismos. Detalle que no debemos dejar de lado, pues la lectura de
los primeros versículos del Génesis nos revela que de lo que se trata es de
mantener en orden al cosmos mediante una oralidad ritualizada y bajo el control
de sus administradores y promotores (la clase sacerdotal).
Para
terminar el análisis de lo que abarca el capítulo estudiado, nos queda un punto
importantísimo aunque de un modo u otro ya ha sido mencionado: la creación del
hombre. Según indica el texto, el hombre ha sido creado a “imagen y semejanza”
de Dios, y por ese motivo constituye la meta intencional de todo el proceso creativo.
Por lo tanto nos queda por determinar a imagen y semejanza de qué Dios ha sido
creado el hombre. El Génesis no lo especifica, pero el contexto sugiere una
respuesta inequívoca: el hombre ha sido hecho a imagen del Dios creador, cuyo
obrar arquetípico describe el relato sacerdotal de la creación. Este Dios
creador trasmitió parte de su potencial al hombre, puesto en la tierra, como su
lugarteniente y depositario de una prerrogativa que en otras áreas culturales
estaban reservadas a un rey. Por eso, con la aparición del hombre en el sexto
día, Dios deja de crear y entra en su descanso. En adelante, será el hombre, su
imagen, el encargado de llevar adelante la obra creadora en este mundo.
Otro
detalle que ha de ser tenido en cuenta es que la antropología bíblica
especifica, además, que Dios creó al hombre en su distinción natural de varón y
mujer (l:27). El Génesis no piensa en las categorías del hombre solitario, sino
de una pareja fecunda. Esta acotación tiene una importancia decisiva, porque
retoma y profundiza la concepción de la sexualidad que se fue gestando en la
cultura patriarcal judía de los siglos XII-IV a.C., que afirmaba de todas las
formas posibles la superioridad del hombre sobre la mujer. El Génesis declara,
con una formulación sobria y sencilla, pero exenta de toda ambigüedad, que ese
ser concreto llamado hombre, sexualmente determinado en su singularidad como
varón o mujer, es la imagen de Dios. La diferenciación sexual, según esto,
entra en la definición esencial del ser humano y está arraigada en el orden de
la creación. Por otra parte, el relato de la formación de la pareja humana se
orienta hacia la bendición del versículo 28: en una tierra desdivinizada, el
hombre, como ser autónomo y responsable, recibe la capacidad de engendrar la vida
y el dominio de la naturaleza. El Creador confía al hombre su obra, que en el
momento de la creación estaba sólo en los comienzos. A él le corresponde
descubrir el mundo, liberar sus fuerzas y forjar en él su propia historia.
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