domingo, 21 de abril de 2013

Leyenda anónima "El amor y la locura"



“En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón.” Friedrich Nietzsche

 
EL AMOR Y LA LOCURA 


 En el principio de los tiempos, cuando no existía nada. Cuando ni siquiera el tiempo existía porque nadie había inventado nada para llevarle la cuenta. Cuando el hombre todavía no existía, en mitad del universo estaban reunidos los vicios y las virtudes que más tarde poblarían a los humanos en mayor o menor medida.

Y los vicios y las virtudes se pasaban todo el día discutiendo y peleando, sobre todo azuzados por la Ira y la Discordia. Y discutían sobre quien habitaría el cuerpo de los humanos, si los vicios o las virtudes. Y no se ponían de acuerdo porque unos decía que habría más virtudes que vicios en los humanos y otros que al revés, que sería mayor el número de vicios que estarían en los humanos.

Y como nadie se ponía de acuerdo. La Locura, que estaba loca, tuvo una idea que le pareció genial. Y dando brincos en mitad de la reunión dijo:

- Tengo una idea, tengo una idea para solucionar la discusión.

Todos se quedaron expectantes. Y la Locura dando carreras sin ton ni son y saltando por todos lados dijo:

- Es una idea genial que seguro que no falla. Sí, sí, sí, sí

En este punto la Intriga, que estaba realmente intrigada, pensó:

- "¿Cuál será la idea tan buena que ha tenido esta Locura?"

Y la Locura seguía dando botes y haciendo cabriolas y diciendo:

- ¡Lo tengo! ¡Lo tengo!

Y la Intriga que estaba cada vez más intrigada, azuzada por la Curiosidad preguntó por fin:

- Oye, ¿Y cuál es esa idea tan buena?

La Locura dio un brinco y después otro y dijo:

- Muy fácil, muy fácil, muy fácil. ¡Se trata de un juego!

Como la Locura seguía dando saltos y no parecía que fuese a decir nada más, la Intriga preguntó:

- ¿Y qué juego es?

- Es muy sencillo, es un juego genial y muy divertido. - dijo la Locura - Es el juego del escondite.

Entonces la Intriga sí que se quedó intrigada. Y como ya no podía soportar tanta intriga dijo:

- ¿Y qué demonio de juegos es ese?

- Muy fácil, muy fácil, muy fácil. - dijo la Locura dando vueltas alrededor de la Intriga - Uno de nosotros se pone a contar de uno a cien de cara a un tronco muy grande y con los ojos tapados. Y los demás salen corriendo a esconderse donde puedan. Luego el que cuenta sale a buscar a los demás. Si al último que encuentre es una virtud, serán las virtudes las que habiten al hombre en mayor número, si es un vicio serán los vicios los que habiten a los humanos.

Entonces alguien entre la multitud dijo:

-¿Y si encuentra una pareja de virtud y vicio?

La Locura pensó un instante y dijo:

- Muy sencillo, se repartirán por igual.

La Inteligencia, que hasta entonces se había creído la más inteligente pensó:

- "Vaya idiota que se le ha ocurrido a esta Locura. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?"

Entonces la Intriga preguntó:

- ¿Y quién va a contar?

Y la Ternura dijo:

- Anda, Locura, ya que se te ha ocurrido a ti tan buena idea, ¿qué mejor que seas tú quien cuente?

- De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. - dijo la Locura.

Y se fue a un tronco a contar:

- Veintisiete, cuarenta y dos, catorce, sesenta...

Todas las virtudes y los vicios salieron corriendo a esconderse.

La Justicia cogió de la mano a la Verdad, porque la Verdad siempre acompaña a la Justicia, y se fueron hasta un río que pasaba por allí cerca. Era un río de aguas cristalinas y puras. Y la Justicia dijo:

- Nos esconderemos aquí, para que luego digan que la Justicia no es clara. -

Y la Justicia se escondió en el fondo del río junto con la Verdad.

La Ensoñación cogió a la Ternura de la mano y dando saltitos se fueron a esconder detrás de una nube rosa. Y allí comenzaron a pintar las nubes de tonos morados, rojos, rosas y azules. Y es por eso que en los atardeceres el cielo se llena de nubes de colores.

La Lujuria cogió de la mano a la Pasión y juntas escalaron una montaña para esconderse en ella. Pero una vez dentro la temperatura empezó a subir y las rocas a calentarse y a fundirse hasta que la Lujuria y la Pasión hicieron nacer un volcán en aquella montaña.

La Pereza no se movió de donde estaba. Con el sueño que tenía ella, se iba a molestar en esconderse. Vamos, y se echó a dormir detrás de un banco que había por allí cerca.

Y así se fueron escondiendo todos, todos menos dos.

- treinta y tres, cincuenta y ocho, siete...

La Envidia, envidiosa como siempre, quería saber donde se escondía todo el mundo y se quedó allí en medio.

- setenta y siete, ochenta y seis, cincuenta y uno...

El otro que no se escondía era el Amor. Porque el amor es indeciso y no sabía dónde esconderse.

La Locura estaba llegando al final de la cuenta:

- noventa y ocho...

El Amor y la Envidia no sabían dónde meterse. La envidia vio un pino y se subió en lo alto.

- noventa y nueve...

En el último momento el Amor se tiró a un rosal de rosas rojas donde nadie se había escondido porque estaba lleno de púas.

- y ¡cien!

La Locura se dio la vuelta y empezó a buscar a sus compañeros.

- ¡Cruz por la Lealtad!- La Lealtad, leal como era, no se había movido del lado de la Locura.

- ¡Cruz por la Esperanza!- La Esperanza se había escondido cerca pensando que quizá no la encontrarían.

- ¡Cruz por la Ignorancia!- La Ignorancia, despistada salió preguntando

- ¿A qué estamos jugando?

- ¡Cruz por la gula que está comiendo pasteles!

- ¡Cruz por la Soberbia!

La Soberbia salió muy encendida y dijo:

- Me había escondido muy bien, ¿A que me has encontrado de las últimas?, ¡Vamos, con lo bien que me escondo yo!

- ¡Cruz por la Humildad!

La Humildad se acercó a la Locura y le dijo:

- La verdad es que me has encontrado un montón de bien.

- ¡Cruz por la Pereza!

La Pereza seguía durmiendo plácidamente a pesar de todo el alboroto que la Locura estaba montando.

La Locura llegó hasta el río de aguas cristalinas, miró al fondo y vio a la Verdad y a la Justicia. Y gritó:

-¡La Justicia y la Verdad están allá abajo!

La Justicia, que vio que la habían visto, revolvió el fondo para que las aguas se volvieran turbias y no pudieran verlas. Y le dijo a la Verdad:

- Tú quédate aquí que yo saldré por las dos y convenceré a la Locura de que no te ha visto.

Y la Verdad le hizo caso y allí se quedó, y la Justicia salió corriendo detrás de la Locura, y corría más y más hasta estar a punto de alcanzarla cuando de repente se tropezó con una piedra y se cayó. Con la caída se había lastimado una rodilla, pero aun así se levantó y siguió corriendo cojeando, pero cuando llegó la Locura ya había llegado.

Es por eso que la Justicia cojea, pero siempre llega. Y desde entonces a la Verdad no se le ve por ningún lado.

Entonces la Locura se fijó en que la montaña donde se habían ocultado la Pasión y la Lujuria ahora era un volcán.

-¡Qué raro! - se dijo la Locura. Y fue a investigar.

Así que la Locura subió por la ladera del volcán y se asomó al borde del cono. Y allá abajo, en una repisa de piedra Pasión y Lujuria estaban dando rienda suelta a todo lo que representaban. La Locura, avergonzada, dijo mirando para otro lado:

-¡Cruz por la Lujuria y la Pasión que están ahí abajo haciendo cosas feas! - y se fue corriendo dejando a la Lujuria y a la Pasión, quienes no se habían enterado de nada, con sus cosas.

Luego la Locura miró al horizonte y vio nubes de colores en forma de dragones, elefantes, princesas, duendes y castillos. Y pensó la Locura:

- "Esto parece cosa de la Ensoñación, y si la Ensoñación está por aquí la Ternura no tiene que andar lejos".

Y efectivamente, subió hasta las nubes y allí vio a la Ensoñación contándole cuentos a la Ternura y esta mientras tanto hacía nubes con las formas que le relataba la Ensoñación. Y la Locura, viéndolas tan atareadas no quiso molestarlas y escribió en una nube: "¡Cruz por la Ensoñación y la Ternura!" Y se fue.

La Locura ya había descubierto a todo el mundo menos a dos: la Envidia y el Amor (ya que a pesar de lo que decía la Justicia, ella tenía una cierta idea de por dónde estaba la Verdad. Los locos están locos, pero no son nada tontos). Ya no sabía dónde buscar y miró al cielo para pedir ayuda. Y con esto vio a la Envidia que estaba en lo alto del pino.

- ¡Cruz por la Envidia!

La Envidia, envidiosa de que no hubieran encontrado al Amor, se bajó del árbol y dijo:

- Pues el amor está escondido en esas zarzas.

La Locura dio vueltas a la zarza pero no vio al Amor, y es que el Amor es difícil de encontrar a veces.

- Pero busca bien, que está ahí.- dijo la Envidia.

La Locura intentó apartar las zarzas con las manos pero se pinchó

-¡Ay!

Y es que a veces el Amor hace daño sin querer.

- Pero busca bien, que seguro que está ahí. - azuzó la Envidia.

La Locura ya no sabía qué hacer y cogió una horca de dos puntas y comenzó a pinchar las zarzas con ella. Finalmente se oyó un grito que dejó a todos helados:

-¡Ahhhhh! -

El Amor salió de las zarzas con las cuencas de los ojos vacías bañadas en sangre. La Locura no sabía qué hacer, todos le estaban mirando, y sintiéndose culpable por lo que había hecho le prometió al Amor que a partir de ese momento sería su lazarillo.

Y es por eso que dicen que el Amor es ciego y siempre va acompañado por la Locura.



martes, 16 de abril de 2013

Análisis de la leyenda "El rayo de luna" en relación al perfil del héroe romántico



 ROMÁNTICOS Y   ROMANTICISMO.

Análisis de la leyenda "El rayo de luna" en relación al perfil del héroe romántico.

  El racionalismo es arrasado por una ola gigante de sentimientos, emociones, fantasías y libertad. El siglo XIX llega con un nuevo movimiento que se desparrama sobre todos los aspectos de la vida, EL ROMANTICISMO.

Ante los esquemas rígidos de los ilustrados se oponen la rebeldía, el desorden, la sensibilidad y el sufrimiento del romántico, que insatisfecho con la realidad,  se refugia dentro de sí mismo.
En la segunda mitad del siglo la poesía alcanza el sumun de sentimentalismo e intimidad, instándose el período posromántico. Gustavo Adolfo Becquer logra reflejar los aspectos esenciales de la corriente en su leyenda “El rayo de luna”, la cual será analizada a continuación.
La leyenda es un género cultivado por los románticos  ya que se inspiran en temas históricos y legendarios. Buscan anclar sus producciones en tiempos y costumbres lejanas a las suyas, demostrando así la disconformidad y rechazo por los tiempos en los que vivían. Por lo tanto, podemos observar desde el propio género una característica romántica. 
Cuando se analiza el título de la leyenda se aprecia uno de los símbolos más recurrentes de la literatura: la luna. Su simbología adquiere especial trato en este período, debido a sus connotaciones misteriosas,   oscuras y sentimentales. En el texto es mencionada en diversas  circunstancias:
“…en este globo de nácar que ruda sobre las nubes habitan gentes…”
“…una luna blanca y serena en mitad del cielo azul…”
 “…la luz de la luna rielaba chispeando…”
“…la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo…”
“…era un rayo de luna…”
La repetición indica la importancia de la luna con la propia leyenda y la asociación con el título. El lector descubre que su simbología tendrá un valor fundamental en el desenlace. 
La voz del narrador se hace explícita en el prefacio. Con el empleo de la primera persona y su repetición puede sugerirse la importancia del “yo” tan arraigado en el romanticismo, en donde el artista se siente superior al mundo que lo rodea, considerándose un genio incomprendido, pero orgulloso de su condición.

Yo no sé si esto es una historia…”
“…yo seré uno de los últimos en aprovecharme…”
Yo he escrito esta leyenda…”
El primer capítulo nos presenta al personaje principal de la leyenda: Manrique. Es a través de su perfil  psicológico y social que pueden apreciarse las cualidades más representativas del héroe romántico.
Un noble el cual desprecia las armas, desprecia en sí su propia identidad. La guerra era considerada un sinónimo de gloria, pero nada puede distraer a nuestro héroe de la lectura de la cántiga  de un trovador. Este aspecto demuestra el interés por la poesía medieval, tiempo anhelado por los románticos. Se caracteriza un personaje que comprende rasgos extraños  y singulares.
Manrique evade la compañía de los  hombres, de su familia, de su entorno. La soledad forma parte de su espíritu, sentimiento  del cual el romántico se complace unas veces y sufre otras. En este caso, su deseo de estar solo se transforma en una obsesión.
“…Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado  no tener sombra…”
Esta obsesión se explica a través de otro rasgo romántico: romper los esquemas establecidos por el neoclasicismo, defendiendo la fantasía, la imaginación y las fuerzas irracionales del espíritu. Manrique se aísla para soñar despierto. Para crear mundos ficticios en donde pudiera sentirse más cómodo, más a gusto. El rechazo por la sociedad  los lleva a evadirse de sus circunstancias, imaginando épocas pasadas, tierras lejanas, seres maravillosos.
“…forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta…”
El poeta  y el héroe de su creación comparten cualidades e ideales. Uno es el reflejo del otro. Por lo tanto, cuando el narrador hace mención a los “ensueños de poeta” se describe a sí mismo, pero  simultáneamente juzga esta condición permitiendo que el lector construya su propio criterio.
El romántico no se conforma con encerrar sus pensamientos en la escritura, sino que necesita sentirlos con intensidad, su vida se convierte en una poesía fantástica sin restricciones. Esta característica puede ser interpretada como crítica hacia el neoclasicismo, período en el cual se debía estructurar el pensamiento y la obra literaria a un modelo rígido, repleto de reglas gramaticales, semánticas y sintácticas. El romántico descubre la libertad de expresarse a su antojo, sin regirse por las barreras de la forma, endiosando la inspiración y espontaneidad.
“…al que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.”
La naturaleza cobra una significación esencial. El poder de los elementos naturales lo cautivan. El agua, la tierra, el fuego, el aire… todo el ambiente  se transforma en un cuadro digno de admiración  y descubrimiento. A su vez, el alma del personaje y del poeta se funde en esta naturaleza, convirtiéndola en el fiel reflejo de su ánimo.  El entorno se convierte en cómplice de sus ensoñaciones, pero también es el combustible que necesita el héroe para inventar  sus fantasías.
“Creía que en el fondo de las ondas del río, ente los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides…”
“En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas de  seres sobrenaturales, palabras inteligibles que no podía comprender.”
El escenario en el cual se desarrolla la mayor parte de la acción es típicamente romántico. Las ruinas  son rescatadas por el poeta y escogidas como símbolo de caducidad de un pasado mejor, el cual pretende redescubrir y perpetuar. Su preferencia por lo histórico es evidente. La soledad es una cualidad inherente a este tipo de espacios.
“…hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios…”
“En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas.”
“…se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.”
La vegetación gana terreno y devora las ruinas olvidadas. La naturaleza en estado salvaje, puro, sin la intervención de la mano del hombre es extensamente detallada por el poeta, denotando la admiración por aquellas cosas que escapan de las convenciones humanas.
“…hacía muchos años que las plantas de los religiosos, la vegetación abandonada a sí misma, desplegaba toda sus galas, sin temor a que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerlas.”
La noche, madre de los secretos y misterios más profundos, es también madre del romántico. Ésta puede brindarle el cobijo necesario para que nadie descubra su presencia. Lo invita hacia lo prohibido, lo místico y paranormal. 
“Era de noche, una noche de verano, templada, llena de perfumes y rumores apacibles…”
El amor romántico escapa de la cotidianidad y la monotonía de las relaciones estables. Su capacidad de amar es múltiple y fugaz. Puede ser una mirada, una sonrisa, una palabra  y caerá presa de un estado sublime de enamoramiento. Manrique no escapa a la regla, “…había nacido para soñar el amor, no para sentirlo, amaba a todas las mujeres un instante…”
La abstracción, la incorporeidad, la imposibilidad de concretar ese lazo  son tópicos esenciales del movimiento, como bien lo refleja Bécquer en la leyenda y en sus rimas. La rima once sintetiza poéticamente el perfil de la  amada:
“Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. - ¡Oh, ven; ven tú!”

La necesidad de amar algo hermoso, lejano, inverosímil acerca a Manrique a los límites de la locura, cuestionando  qué tipo de mujeres habitaría la luna. Parece no conformase con las pertenecientes a este  mundo y su normalidad. Debe hallar un ser único y especial que lo deslumbre.
Esta concepción surge de la imaginación susceptible de Manrique, que deseando encontrar un espíritu al cual encauzar   su amor, confunde un rayo de luna con la orla de un traje de mujer. La persecución comienza a desquiciar al héroe, convencido de que su alma gemela ronda en el mismo lugar y a la misma hora que él, cual estratagema del destino. El personaje no hace más que proyectar su propia identidad en la creación de esta efímera dama. Sus gustos, deseos, miedos, y soledades se depositan en el perfil  representando  sus propios ideales y  particular realidad.
“Una mujer desconocida… En este sitio… A estas horas. Esa, ésa es la mujer que yo busco.”
El narrador objetiva la situación y anticipa que los esfuerzos  de Manrique por alcanzar a su amada son un “Afán inútil.”  Pero el personaje mantiene su fe basado en la brújula más certera de los románticos: el corazón.
“…la encontraré, me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca.”
Nunca ha podido ver más que la borla de su vestido blanco, pero la imaginación prolífera de Manrique le permite visualizar cómo es su amada físicamente, pintándola  de pies a cabeza, desde sus  ojos azules, su cabello negro, su figura alta y esbelta. Cree que así ha de ser, porque así lo anhela su alma. Debe pensar como él y odiar como él, tal vez para no sentirse en la soledad e incomprensión absoluta en la que se encuentra sumergido. Una compañera que lo entienda por completo, sin cuestionar su aislamiento y repulsión por la sociedad.
“¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?”
La desilusión de Manrique, aunque dolorosa, es una característica más la corriente. Al descubrir con terror que su misteriosa mujer no es otra cosa que un rayo de luna filtrado entre los árboles,  el estado inicial de melancolía, no plenitud y disconformidad por el contexto se acentúa.  Esta angustia existencial nublará el temple y la actitud del personaje, ya que ha caído en la cuenta de que sus ideales no encuentran  cauce en la realidad cotidiana.  La fugacidad e inconsistencia de los valores, los sentimientos y los principios, se transforman en la daga que acuchilla los sueños de Manrique. Las grandes ilusiones abocan al desengaño.
“El amor, el amor es un rayo de luna.”
“La gloria, la gloria es un rayo de luna.”
“Mentiras todo. Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos (…) ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.”
La expectativa de alcanzar la plenitud a través de los grandes ideales y valores universales se convierte en ese rayo de luna, y el poeta, agonizando ante la realidad de la vida se apaga sin ninguna brisa que avive la llama de su imaginación.
“A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.” 

Manrique Romántico.


¿Manrique es un romántico?

Manrique es el personaje principal de la leyenda “El rayo de luna” texto perteneciente al género narrativo, el término “leyenda” proviene del latín legenda, que significa “lo que debe ser oído”. Originalmente, era una narración escrita que era leída en público en las celebraciones de las festividades de los santos. Desde el siglo XIX, la leyenda es considerada como un sinónimo de la llamada tradición popular. Como parte del género literario, la leyenda se considera como una narración de carácter ficticio con origen oral. Una leyenda tiene como característica fundamental, que es de carácter oral, es decir, es un relato hablado que se transmite tradicionalmente en un lugar, un pueblo, una población. También se destaca en una leyenda, que señala en su historia lugares precisos, que son parte de la realidad. Además, se relaciona con hechos, lugares, monumentos, personas o comunidades. Los hechos relatados en una leyenda normal, son transformados con el correr de los años, a menos que las leyendas sean escritas, ya que no cuentan con esa característica. Algunas leyendas comienzan y continúan siendo de carácter oral, mientras que otras tienen el mismo origen pero posteriormente pasan a ser escritas. Esta, fue escrita por Gustavo Adolfo Bécquer, autor español, nacido en 1837, en Sevilla, uno de los más importantes en el Romanticismo español.
Bajo el título “Las leyendas” se agrupan casi todas las narraciones en prosa de Bécquer, son veintidós y están escritas con un estilo delicado y rítmico, abundan las descripciones que explican las imágenes y las sensaciones del personaje. Revela el interés artístico de Bécquer por la Edad Media. Predomina en ellas lo misterioso, lo sobrenatural, lo mágico.
“El rayo de luna” es la historia de una desilusión, de un ensueño que conduce a una locura que siempre estuvo presente, de un amor que sólo existe en sueños, en la imaginación. Manrique es un muchacho que vive en su propio mundo, y en éste aparece una mujer vestida de blanco y hermosa; todo ocurre en un marco donde la luna preside majestuosa y expectante. Pero todo es fruto de su fantasía, de una ilusión que le hace ser feliz pero, cuando tropieza con la realidad, le hace sentir la peor de las desdichas. Manrique, quizás, nunca estuvo loco, quizás era un soñador que tropezó con una vida que no le gustaba, con unos sentimientos que le negaban la propia realidad, con un amor imposible que, quizás, nunca esperó alcanzar. Como tema podemos hablar del concepto de amor idealizado, pero también plantea una visión pesimista del mundo, nada de aquello por lo que el ser humano lucha con tanto empeño vale la pena, sea porque para llegar dejamos demasiadas cosas en el camino, sea porque una vez alcanzada la meta nos damos cuenta de que ésta no es lo que nosotros pensábamos. Externamente se estructura en un prólogo, seis capítulos y un epílogo, a modo de conclusión. Internamente, reconocemos la presentación de Manrique, la ambientación y descripción del lugar, el encuentro con la mujer desconocida, luego el desarrollo en el que lo vemos perseguir a la mujer, la búsqueda en Soria, la esperanza de encontrarla y cómo se enamora de ella en base a lo que imagina, luego el descubrimiento, lo que creía era una mujer era un rayo de luna y el epílogo en el que el narrador plantea la interrogante ¿la verdad está en la locura? La leyenda gira en torno a Manrique y su ilusión: la mujer de sus sueños. Es de origen noble. Entre las ocupaciones u obligaciones propias de la nobleza, una de ellas es la carrera de las armas, sugiere que ni el ruido de las armas ni la trompeta de guerra le parecían insólitas. Aquí el narrador comienza distinguirlo del resto de los guerreros, no se preocupa por las armas sino por la lectura de poemas. Es, pues un romántico típico, un hombre distinto al resto de los demás. Este pretende introducirse en el mundo misterioso de los muertos tratando de sorprender alguna conversación. Esto comienza a darnos el retrato de un hombre romántico, que se aleja del mundo cotidiano y normal pretendiendo penetrar en el mundo misterioso del más allá porque tiene aspiraciones distintas al resto de los hombres. Por otro lado podemos pensar que el querer oír las conversaciones de los muertos es la interpretación que dan sus servidores a sus actitudes incomprendidas por el resto de la gente, lo que constituye otro carácter romántico. Al mismo tiempo evidencia el atractivo que tiene la naturaleza para el romántico, naturaleza que es contemplada y disfrutada en soledad. Una de las características de los personajes románticos es la soledad, y nuestro personaje “amaba la soledad”; para indicar hasta qué punto le gusta el narrador exagera al decir que no quería tener sombra. Otro elemento que tipifica al hombre romántico es que crea un mundo fantástico con su imaginación, en esa soledad tan buscada y tan gustada. El narrador lo define como poeta por crear en su imaginación ese mundo fantástico y dice que tanto más lo es cuanto que nunca quiso encerrar en formas escritas sus pensamientos. En esto se acerca también a la definición del romántico que ama la libertad en las formas, y encerrar sus pensamientos en una forma escrita significa aprisionarlos, impidiendo el libre vuelo imaginativo.

Manrique es diferente al resto de los hombres de su época porque sus iguales eran hombres dinámicos, guerreros que vivían ejercitándose en las armas, preparándose para la guerra o practicando deportes rudos como la caza. Él, por el contrario, es presentado en una imagen estática, se reitera su actitud de quietud externa hasta “quedarse una noche entera mirando la luna”. La acción para él no se resuelve en actividad corporal sino mental, por eso, da “rienda suelta a la imaginación”.
 Cree en la existencia de mujeres misteriosas que habitan en los ríos, en las fuentes y los lagos y escucha sus voces en el rumor del agua que intenta traducir. Para este romántico todo está lleno de misterios que él desea penetrar. En todo lo que le rodea cree percibir formas y escuchar sonidos y palabras que no puede comprender. Hay en él un intento de ver lo que nadie ve y comprender lo que nadie comprende. El narrador describe la concepción amorosa del personaje, es un enamorado del amor. Sueña con el amor pero no lo puede sentir plenamente, en forma abarcadora y total por una cierta ansiedad de sus sentimientos. Está tan ansioso por llegar a sentir el amor que “amaba a todas las mujeres un instante”, a cada una por su cualidad.
Según el narrador el estado en que vive en ciertos instantes es el delirio y lo ejemplifica con el hecho de pasarse la noche entera contemplando la luna o las estrellas. Vemos en Manrique el deseo de lo desconocido y cómo el narrador ya nos prepara para lo que ocurrirá después, porque el personaje piensa en mujeres de otros mundos, inalcanzables, como ocurre en la rima XI, en la que el yo lírico rechaza a dos mujeres para llamar a un fantasma de niebla y luz, un sueño, un imposible. Sin duda, podemos concluir que Manrique es el típico romántico.

domingo, 7 de abril de 2013

Actividad para alumnos de tercer año. "Uruguay del 900"


  • Lee con atención el material “El Uruguay del 900” y luego responde:


1)  Realiza un punteo acerca de los cambios que implicó la Modernización.
2) ¿En qué consistió el “disciplinamiento”?
3) Explica los conceptos de: “mujer divinizada” y “mujer diabolizada”.
4) El texto de Galeano, llamado “Muñecas” del libro “Memorias del fuego: el siglo del viento” ilustra claramente la vida de la mujer de principio de siglo. Analiza el siguiente fragmento en relación con el material: “A veces recibe amigas, y hasta se atreve a recomendar alguna descocada novela susurrando: - Si vieras cómo me hizo llorar…”. 

El Uruguay del Novecientos


El Uruguay del 900
Antecedentes:

Debemos tener en cuenta que fue a mediados del siglo XIX que el mundo Europeo estaba viviendo uno de los mayores cambios sociales, económicos y tecnológicos que explicó gran parte del desenfreno del sigo siguiente. Estamos hablando de la Revolución Industrial.

Este proceso revolucionario no fue ajeno a la mentalidad de nuestro país. El Uruguay, desde antes de su creación, fue un estado ganadero y rural, pero también un lugar de incansables luchas sociales y políticas que marcaron el siglo XIX. Precisamente, estas luchas se daban en el campo y dejaban como saldo un Uruguay desbastado en la campaña. Así es que las clases sociales, dueñas de las tierras, y ya cansadas de las luchas, cuando estas empezaron a no convenirles, exigieron un gobierno fuerte que impusiera la paz que se necesitaba para producir.

Así fue que el Uruguay se modernizó, evolucionó demográfica, tecnológica, política, económica, social y culturalmente, acompasándose con todo esto a la Europa capitalista. Fue la época del militarismo de Latorre, el gobierno fuerte que las clases conservadoras pedían, el que permitió este desarrollo.

Obviamente esta modernización comenzó en el campo con la merinización, es decir la explotación ovina. Siguió con el cercamiento de los campos y la aceleración del mestizaje ovino y vacuno. La última etapa es la creación del ferrocarril que permitía el transporte de la producción ganadera. De esta manera se sustituyó al estanciero caudillo por el estanciero empresario.

Esta nueva figura de estanciero empresario, exigía también un nuevo cambio social. El gaucho, hombre “bárbaro”, pasó ahora a ser un contrabandista, y él encarnó los vicios que la sociedad necesitaba erradicar: el ocio, el juego, el escándalo. La opción de la vagancia desaparece en este mundo, y el gaucho o se civiliza y se convierte en peón o termina marginado en “pueblos de ratas” en el cinturón pobre de la ciudad.

Cuatro clases sociales aparecen en este Uruguay moderno:

1. Los estancieros y los comerciantes, que vendrían a ser la burguesía local, la clase conservadora, la que impulsa o exige la paz política. La clase enriquecida por esta modernidad, que termina siendo la que sienta los valores de esta nueva sensibilidad del 1900. El concepto que manejan en su discurso es el del Progreso: el hombre está destinado irremediablemente a avanzar hacia la felicidad, y la ciencia y la tecnología contribuyen a ello.

2. Los sectores populares. A estos sectores, el discurso del Progreso no les convence, porque no son ellos los beneficiarios de los dividendos del capital. En el discurso de la burguesía el trabajo lleva al hombre al progreso, y ellos ven cómo trabajando no llegan a nada más que más pobreza. Su discurso empieza a ser influenciado por otras miradas. No olvidemos que Marx y Bakunin ya han expuesto sus teorías en Europa. Así que a estos sectores se los observa con miedo por la posible insubordinación, esa que antes se asociaba a la haraganería, y ahora se ve en las huelgas y las asociaciones sindicales.

3. Europeos, capitalistas, que llegan a invertir al país como una consecuencia del Imperialismo de la revolución Industrial. Ellos necesitan mercados para mover su capital, así que serán los primeros en impulsar, entre otras cosas, el adelanto del ferrocarril. Serán pues los que afianzarán el orden burgués.

4. Por último, los inmigrantes que se dejan influir por el espectáculo de la vida criolla “fácil”, pero que se encuentran luego entre los sectores populares. Aportarán nuevos valores, porque vienen a sobrevivir, y tendrán un ansia de asenso social, que pondrá a los sectores populares en una situación muy cercana a la marginación.

El Estado se modernizó y volvió efectivo y real su poder de coacción. La Iglesia pasó a ser un vehículo eficaz de propaganda en pro de la contención de los “desenfrenos” y la escuela imprimió la obediencia y los valores necesarios para sostener a este nuevo Uruguay burgués. Era necesario crear una nueva sensibilidad que reprimiera o erradicara los vicios de la sensibilidad “bárbara”. Estos nuevos dioses que se impulsarán ahora, van en perfecta concordancia con los deseos burgueses. Estos serán: el trabajo, el ahorro, el orden, la salud, la higiene. Todo esto conlleva una represión de los deseos, de los sentimientos y sus manifestaciones demasiado estruendosas, del ocio, del juego. Lo que Barrán llamó: El disciplinamiento.

El disciplinamiento:

El disciplinamiento es la época en que se manejaba a las personas por sentimientos como los de vergüenza, culpa y disciplina. Se trata de cambiar los parámetros de la cultura “bárbara” por una cultura “civilizada”, así se impone:
-          La gravedad y el “empaque”, al cuerpo libre y desnudo.
-          El puritanismo, el recato, el pudor, a la sexualidad.
-          El trabajo, al ocio excesivo.
-       Se oculta la muerte alejándola o embelleciéndola, porque mostrarla crudamente sería un acto “bárbaro”.
-         Esta época se horroriza ante el castigo de niños, delincuentes y clases trabajadoras, pero prefiere reprimir sus almas.
-        Exhorta a la intimidad, “la vida privada” como un castillo inexpugnable para refrenar las tendencias bárbaras de exteriorizar el yo y sus sentimientos. Claro está que esto permitió toda clase de hipocresías. Se miraba la vida de los otros, pero “a puertas cerradas” cualquier cosa podía suceder. Lo importante era mantener las apariencias. “No se debe ser, sino parecer” decía un libro de ortografía de la época.
-         Impuso el pudor y el recato como norma sagrada que no sólo debía afectar al cuerpo, sino también al alma.

La mujer:

El problema de los sexos en esta época debe verse como una lucha de poder. La mujer es vista como un misterio para el hombre, ya que tenía el poder de levantarlo o de arruinarlo. Por lo tanto, convenía a esta sociedad patriarcal y burguesa, que la mujer fuera sometida y dominada, es decir “convertida en subalterna del padre, el esposo o el hermano mayor” (Barrán)

La mujer en el 900 fue “diabolizada” o “divinizada”. La primera se asociaba a la imagen de Eva, la tentadora y la que se dejó tentar. La mujer “divinizada” es la que se acerca a la imagen de “la Virgen María”. “De este modo” dice Barrán, “la madre fue madre “abnegada”; la compañera del hombre, esposa “casta”; el biológico contacto de la mujer con el mundo de la materia y la naturaleza (la concepción), fue misterio  peligroso y acechante; y la especificidad de su sexualidad, la hizo ver como araña devoradora gastadora de la “energía” masculina y el dinero del hombre, cuando no como testigo de los decaecimientos de su poder, de sus impotencias”.

Las instituciones de la época apoyaban esta idea de que era necesario manejar a la mujer. Monseñor Mariano Soler sostenía: la mujer  no podía quedar librada “a su propio albedrío”, por eso el padre la entregaba al esposo a fin de “someterla a una dulce pero firme y poderosa tutela”. De otro modo se perdería “ese ser débil, perteneciente a un sexo que si bien es susceptible de todo género de virtudes (…) tiene más peligros con las seducciones de la novedad o con el atractivo de los placeres”.

“La mujer era diabólica sobre todo porque se identificaba con la tentación sexual. Para el burgués que quería dominio absoluto, la mujer equivalía a la pasión más poderosa del corazón humano (…) La mujer era un factor inquietante y turbador de la paz interior del burgués. Por ello, como a la sexualidad, de quien era enviada, había que dominarla, vigilarla y obligarla a que se identificara con los roles que el hombre imponía” (…) “La diabolización de la mujer se basaba en que su sexualidad podía poner en discusión el poder del hombre, su autoestima y a la vez su estima social. (…) Por todo ello el hombre necesitaba controlar a la mujer. El burgués construyó una imagen de la mujer ideal y procuró que las mujeres la internalizasen”. (Barrán)

Esta imagen implicaba no sólo la sumisión, era preparada para ser madre abnegada; mujer económica (importante sobre todo si consideramos que el principal interés del burgués es el dinero), ordenada y trabajadora en el manejo de la casa; modesta, virtuosa y púdica con su cuerpo. Debía, ante todo, respeto y veneración a su marido, que era cabeza del hogar, y quien tomaba las decisiones importantes en él, y era quien tenía la patria potestad de sus hijos y la ley de su lado.

Era lógico pensar que la mujer no debía trabajar. Si lo hacía, los trabajos admitidos eran el de maestra por el vínculo que existe entre esa profesión y el rol de madre. Podía también hacer costura dentro del hogar para vender fuera en alguna tienda. No se pensaba en la mujer trabajadora en una tienda o en la fábrica, porque “en vez de llevar esa vida oculta, abrigada, púdica (…) y que es tan necesaria  a su felicidad y a la nuestra misma, vive bajo el dominio de un patrón, en medio de compañeras de moralidad dudosa, en contacto perpetuo con hombres, separada de su marido y sus hijos”. Estos trabajos quedaron relegados para las mujeres de las clases populares, que se vieron expuestas a un sin fin de humillaciones sociales y morales.

El pudor, el recato era un requisito de la mujer virtuosa, y este derivaba de la culpa, de la vergüenza ante la desnudez del cuerpo y del alma. El pudor implicaba honestidad, y se mostraba ocultando las “dotes” corporales con una vestimenta “decente”, además de sumirse en el silencio o simplemente mantener conversaciones llanas, pues la mujer “sabihonda” era “varona” y desagradable al hombre por querer competir con él. El estudio en la mujer estaba, por supuesto, muy mal visto, sobre todo si tenemos en cuenta que lo que se está jugando aquí es el poder.

Debía parecer tonta ante la sociedad, casi como una muñeca que servía de trofeo para el hombre. Por lo tanto, en la intimidad se le estaba negado el placer. Su relaciones sexuales debían estar restringidas al sólo motivo de procrear, y en la cama ella debía asumir una posición pasiva, ya que el fin del matrimonio es hacer hijos. Los camisones fenisculares de las mujeres eran muy largos, con mangas y, a veces, una abertura en el centro. En alguna oportunidad se les bordaba: “No lo hago por placer sino por deber”.

Un texto de Galeano, llamado “Muñecas” del libro “Memorias del fuego: el siglo del viento” ilustra claramente la vida de la mujer de principio de siglo.

“Una señorita como es debido sirve al padre y a los hermanos como servirá al marido, y no hace ni dice nada sin pedir permiso. Si tiene dinero o buena cuna, acude a misa de siete y pasa el día aprendiendo a dar órdenes a la servidumbre negra, cocineras, sirvientas, nodrizas, niñeras, lavanderas, y haciendo labores de aguja y bolillo. A veces recibe amigas, y hasta se atreve a recomendar alguna descocada novela susurrando:

-          Si vieras cómo me hizo llorar…

Dos veces a la semana, en la tardecita, pasa algunas horas escuchando al novio sin mirarlo y sin permitir que se le arrime, ambos sentados en el sofá ante la atenta mirada de la tía. Todas las noches, antes de acostarse, reza las avemarías del rosario y se aplica en el cutis una infusión de pétalos de jazmín macerados en agua de lluvia al claro de luna.

Si el novio la abandona, ella se convierte súbitamente en tía y queda en consecuencia condenada a vestir santos y difuntos y recién nacidos, a vigilar novios, a cuidar enfermos, a dar catecismo y a suspirar por las noches, en la soledad de la cama, contemplando el retrato del desdeñoso”.

Bibliografía:

Barrán, José Pedro. “Historia de la sensibilidad en el Uruguay”
Galeano, Eduardo. “Memorias del fuego: el siglo del viento”

Material extraído del blog http://paola-literatura.blogspot.com

jueves, 4 de abril de 2013

¿Qué es un género literario?


Los géneros literarios son los distintos grupos o categorías en que podemos clasificar las obras literarias atendiendo a su contenido y forma.

Puede resultar sorprendente que aún se utilice la primera clasificación de los géneros realizada por  Aristóteles, quien los redujo a tres: épica, lírica y dramática. Hoy se mantiene esencialmente la misma clasificación con distintos nombres (narrativa, poesía y teatro), pero la evolución de los gustos y modas estéticas ha provocado que en muchos textos modernos resulte difícil fijar rígidamente los límites entre lo puramente lírico, lo narrativo o lo dramático.

 El género se presenta como un horizonte de expectativas para el lector, pues, informa acerca de los “rasgos configurativos” esenciales para la interpretación del texto. Según Miguel Ángel Garrido:
“[…] el género, es una marca para el lector que obtiene así una idea previa de lo que va a encontrar cuando abre lo que se llama novela o un poema; y es una señal para la sociedad que caracteriza como literario un texto que tal vez podría ser circulado sin prestar atención a su condición de artístico.” 



martes, 2 de abril de 2013

"La inmolación por la belleza"


“LA INMOLACION POR LA BELLEZA”


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche, y si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró esa esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo (como aconsejan los libros de zoología), tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo hasta trasformar a aquella criatura desagradable en una animal fabuloso.
Todos acudieron a contemplarlo. Según quien lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc, o si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o si lo miraba algún envidioso, un bufón.
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor a que se desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.
Autor: Marco Denevi.


"La memoria de los caballos"


LA MEMORIA DE LOS CABALLOS


Una mañana buscaba desesperadamente decir algo distinto del propio enunciado de las bondades de la literatura. Los enunciados desertifican el pensamiento. Recordé entonces a mis yeguas y les dije a los niños:
Un caballo tiene toda su historia en la mente, en la memoria de toda su especie. Un caballo no es un caballo, sino todos los caballos. Un caballo que ha nacido en una cuadra y se ha movido toda su vida entre las vallas de un picadero, que no ha visto jamás al lobo, que no ha escuchado su aullido, conoce al lobo. ¿Sabes por qué un caballo galopa cuando siente las afiladas púas de una espuela clavándose en sus ijares? No, no es porque le haga daño. Sí, es porque siente miedo, pero, ¿miedo, de qué? No, no es que le vuelvas a hacer daño. Es porque, en su memoria, esas afiladas púas son los dientes del lobo. No lo ha visto nunca, pero en su memoria de especie caballar el lobo existe, es el peligro, es la muerte. Más aún: muchos hemos visto que un perro, mientras duerme, a veces aúlla. En la vida, no aúlla, ladra. ¿Sabes por qué? Porque en sus sueños él mismo retrocede miles de años y es todavía un lobo. En sus sueños corre por la estepa, caza, acecha, devora a su presa... Y un camello cuya madre bebió de un pozo mientras él estaba todavía en su vientre, es capaz de saber en qué dirección exacta está ese pozo, cuando no tiene más agua cerca. Los animales comparten toda su existencia, venciendo al tiempo y a la destrucción de la naturaleza. Pero nosotros no. Nosotros hemos perdido gran parte de esa memoria genética, y necesitamos los libros para conocer al lobo, para conocer nuestro pasado. Y para ver con los ojos de otro hombre, de los del pasado y de los del presente. La literatura es nuestra memoria genética, lo que nos mantiene unidos. Por eso no les voy a decir que lean porque es bueno, ni porque es copado, sino porque si no leen no serán parte de la especie, sino individuos aislados. Vivirán solos, en la cárcel de ustedes mismos.
Eso les digo. Y añado para quienes escribimos, editamos, aconsejamos y prescribimos lecturas para niños y jóvenes, que uno de los peores errores es creer que un pequeño se hace adicto a la lectura a base de `libros divertidos`. Quien hace eso pone al libro a competir con los videojuegos, la televisión, el botellón y la discoteca. Hacer eso es rebajar al libro, además de condenarle a la derrota. El niño, a base de libros `divertidos`, leerá mientras esté la tutela de la escuela y no tenga acceso libre a otras diversiones. Cuando por fin pueda, abandonará el libro en beneficio de otras diversiones más gratificantes, menos exigentes, más pasivas, más... divertidas. No: la literatura es otra cosa, es el acceso a otras mentes, a la diversidad única de nuestra especie, demasiado cegada ya para acceder con los ojos cerrados a su memoria genética. La literatura es un conjunto de palabras que nos hacen sentir otras cosas, otras emociones; que sugiere sentimientos, que te hace vivir otras vidas...
Luchaba yo por hacer comprender lo anterior a niños de ocho años, cuando uno de ellos levantó la mano: `Yo, cuando los cazadores matan al oso, al padre de Ñum-Ñum... lloré`. Silencio. Un niño me ha ayudado. No ha sentido vergüenza por confesar ante sus compañeros que ha llorado leyendo un cuento. Lo ha hecho por generosidad, pero también por sentimiento. Lo ha hecho porque yo luchaba por explicar lo que para él es diáfano: leer es acceder a los sentimientos del hombre, de todos los hombres. La memoria genética, hecha palabra. No necesito decir nada más, salvo algo muy simple: ese niño es ya un lector, lo será ya siempre. Inmune a las estadísticas... y a los enunciados.
Gonzalo Moure Trenor
http://web.educastur.princast.es/proyectos/abareque/web/index.php?option=com_k2&view=item&id=134:la-memoria-de-los-caballos&Itemid=126

"El hombre que contaba historias"


Título: “El hombre que contaba historias.”
    

  Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:
-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?
     Él explicaba:
-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.
-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.
-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.
     Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.
     Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, al llegar cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:
-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?
     Él respondió:
-No he visto nada.
FIN                                             AUTOR: Oscar Wilde