viernes, 11 de abril de 2014

EL EROTISMO EN CANTO DE MÍ MISMO DE WALT WHITMAN

EL EROTISMO EN CANTO DE MÍ MISMO DE WALT WHITMAN

Marjorie Smith Ferrer
Universidad de Chile

WHITMAN: EL POETA DEL YO
Lawrence definió a Walt Whitman como el más grande de los poetas modernos, y fomentó el redescubrimiento permanente, en la crítica norteamericana, del verdadero Whitman: "el gran artista de la delicadeza, el matiz, la sutil evasiva, la dificultad hermética, y, por encima de todo, de la originalidad canónica"1. Harold Bloom lo considera como el poeta que centra el canon norteamericano2, incluso llegando a plantear que es el poeta de Estados Unidos que nunca será reemplazado ni superado. Ciertamente, el poeta Walt Whitman, quien nace el 31 de mayo de 1819 en Long Island y muere el 26 de marzo de 1892, se configura como una base fundamental sobre la cual se afirma el desarrollo de la poesía en Estados Unidos. Whitman presenta un tono expansionista y afirmativo en su poesía, su voz poéticacelebra al nuevo hombre y a la nueva mujer en un mundo democrático. Su obra poética Canto de mí mismo (1855) está conformado por cincuenta y dos poemas con mil trescientos cuarenta y seis versos, los cuales se centran en un mismo objetivo: la alabanza y el canto del yo. En esta celebración del yo que realiza el poeta, el lector percibe que lo central es el individuo, un yo que se convierte -por comunión- en los otros, y Whitman se erige como la voz de éstos. A través del individuo, los ecos y las voces múltiples se resolverán. En consecuencia, en el yo se filtrará el mundo, en el yo se busca la posesión de éste y a través del individuo se podrán conocer las cosas pertenecientes al mundo. Por lo tanto, el sujeto se configura como un engranaje esencial dentro de la composición del mundo y la naturaleza.
La poesía de Canto de mí mismo manifiesta un tono optimista, el poeta canta la confianza que el hombre debe tener en sí mismo, saludando al nuevo hombre de la democracia. Whitman -the good gray poet- emprende un viaje a través de la escritura poética, donde se establece la posición del yo en el Cosmos, su gestación y bienvenida al mundo, su relación con los otros, con su Alma, con la Naturaleza y la Historia. Las cincuenta y dos secciones expresan una musicalidad exquisita y un manejo sobresaliente del lenguaje, y una elevación del yo que levanta la dignidad del ser humano. Este canto de fe impregna al espíritu humano de una confianza luminosa, para que aprenda a vivir con propiedad en este mundo que es suyo. Esta confianza y esta afirmación de la esencia del ser humano confirman los anhelos de Ralph Waldo Emerson (1803-1882)3. El optimismo emersoniano, basado en la confianza individual, fue un llamado y una importante invitación para la nueva psicología del hombre estadounidense. Cuando Emerson recibió el libro de Whitman por correo, lo leyó y envió una carta al poeta donde confirmaba que "había publicado la más importante obra de inteligencia y saber jamás escrita por un norteamericano"4. Whitman era el poeta que Ralph Waldo Emerson había profetizado, aquel era el hombre representativo que había soñado, ya que el canto al yo manifiesta aquella confianza, aquel murmullo de dignidad contenido en las palabras de Emerson: "Trust thyself"5. Emerson sintió una profunda admiración por Whitman, no obstante, este sentimiento no fue impedimento para la realización de ciertas restricciones. Emerson aconsejó a Whitman la extracción de las imágenes eróticas y sexuales de sus versos. Efectivamente, los versos de Walt Whitman manifiestan una sensualidad profunda, su poesía presenta imágenes intensamente eróticas, que podemos encontrar en varios poemas de Hojas de Hierba, obra donde está contenido el Canto de mí mismo. Whitman saluda al Alma a través de su escritura y con el erotismo presente en su poesía, también saluda al cuerpo a través de imágenes impetuosas, delicadas y maravillosamente sugerentes para el lector. El presente estudio tiene por objetivo ahondar en las imágenes eróticas presentes en Canto de mí mismo, viajando a través de la sensualidad ofrecida por la voz poética. Para efectuar este análisis del erotismo en el Canto de mí mismo, he elegido cinco secciones de la obra poética, para estudiar la manifestación del erotismo a través de la poesía. Estas secciones son las siguientes: la Sección 5, la Sección 11, la Sección 28, la Sección 29 y la Sección 45.
EL EROTISMO EN LOS VERSOS DE CANTO DE MÍ MISMO: LA EXALTACIÓN DEL AMOR SENSUAL EN EL VIAJE POÉTICO
"Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan, 
turbulento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo y 
engendrando, 
nada sentimental, sin ponerse por encima de los 
hombres ni de las mujeres o aparte de ellos, 
no más modesto que inmodesto"

Walt Whitman 
Sección 24 
Canto de mí mismo6

En primera instancia es fundamental explicar qué noción y definición de erotismo utilizaremos para comenzar este estudio. Comprenderemos el erotismo como el amor sensual, como la búsqueda diversa de la excitación sexual que no necesariamente se orienta hacia el sexo como procreación, sino que como goce y placer para el sujeto7. Como un impulso básico humano, el erotismo abarca múltiples sensaciones, desde la sensación que produce el contacto físico -tanto con el otro como con uno mismo- hasta la excitación de la imaginación y de los sentimientos. El erotismo, considera la expresión del placer sexual y sensual, y como sensualidad entendemos el placer, deleite y satisfacción de los sentidos. El erotismo es un tema que permite su tratamiento tanto en la literatura, como en el cine, la pintura, la escultura, la danza, el teatro y en general, en las manifestaciones artísticas. Es importante considerar, que la expresión del erotismo juega con la insinuación, con la sugerencia y este aspecto acerca el erotismo a la poesía.
El artista siempre está consciente del poder de insinuación de las palabras, es decir, de todo lo que éstas pueden sugerir y de la fuerza que radica en estas mismas insinuaciones. Para Whitman, el poeta debe hacer que las palabras transmitan fuerza, haciendo que las palabras canten, dancen, sangren, naveguen barcos, ejecuten lo masculino y lo femenino, besen y hagan todo lo que la mujer, el hombre o los poderes naturales pueden hacer. Desde este enfoque, observamos cómo la palabra adquiere una fuerza sorprendente y cómo a través de ésta, Whitman logra transmitir la fuerza del erotismo a través de sus versos, y es la misma sensualidad y sexualidad lo que le otorga fuerza a sus poemas.
En la Sección 5, estructurada en tres estrofas y 17 versos, el poeta entra en un estado de trance, interrumpiendo el torrente poético para establecer paz consigo mismo a través de una sexualidad autoerótica, que puede ser comprendida como onanista. El hablante lírico establece contacto con su Alma8 y le habla directamente: "Creo en ti, alma mía, mi otro yo no debe ante ti humillarse, y tú no debes humillarte ante el otro". El hablante alude de manera directa a su Alma, y esta relación con su Alma, no es solo una relación consigo mismo, sino que en cierta medida también simboliza una relación con los otros. En los versos, el hablante establece una relación con su Alma y la invita a retozar, a jugar en la hierba (elemento presente en toda la obra Hojas de Hierba). Este juego busca que el Alma libere la obstrucción de su garganta, es decir, para que retoce desenvueltamente con el hablante. El hablante desea que todo cese a su alrededor, porque solo desea a su Alma: "sólo amo el arrullo, el murmullo de tu voz valvada". Se presenta un Alma con poderes de cuerpo, un Alma que murmura y su voz es todo lo que el hablante lírico necesita y desea. Esta imagen, este arrullo que es todo lo que el hablante quiere y necesita escuchar, es sumamente erótica, puesto que comienza a suscitarse un despertar de los sentidos, en cuanto se manifiesta un goce y una sensación placentera: el hablante invita a su Alma a retozar junto a él y manifiesta el deseo de solo escuchar su voz. Esta sensualidad sugerida por el juego y el arrullo se confirma con la hermosa imagen del Alma que reclina su cabeza en las caderas del hablante, estableciendo un contacto físico sensual y profundamente sugerente:
"Recuerdo cómo una vez estábamos acostados una 
transparente mañana de estío, igual a ésta, 
cómo pusiste tu cabeza sobre mis caderas y delicada- 
mente la volviste hacia mí, 
y apartaste la camisa de mi pecho, y hundiste tu len- 
gua hasta mi corazón desnudo, 
y te estiraste hasta tocar mi barba, y te estiraste hasta 
alcanzar mis pies"

Los versos insinúan una sensibilidad autoerótica y la relación con el Alma se manifiesta de manera física. Es interesante observar que este es un recuerdo, ya que el hablante está rememorando esta relación autoerótica con el Alma. En este sentido, se puede comprender que la experiencia sensual con el Alma ha quedado estampada en la memoria del hablante, seguramente debido a la intensidad de la experiencia, ya que la propia recreación efectuada a través de la poesía es increíblemente apasionada, como si no fuese la evocación de un recuerdo, sino como la descripción de un momento que se está viviendo en el aquí y el ahora. El recuerdo se suscita en una mañana, igual a aquella mañana estival evocada en la rememoración. En aquella mañana, el Alma recostó su cabeza sobre las caderas del hablante -observamos cómo el Alma adquiere connotaciones corporales- y con delicadeza el Alma se vuelve hacia el hablante, para desvestirlo removiendo la camisa y hundiendo la lengua hasta el corazón del hablante, imagen que sugiere el beso apasionado del amante que busca compenetrarse con el amado. El último verso de esta estrofa alude a una imagen sensual: el Alma estirándose, recorriendo el cuerpo del hablante, toca su barba y luego se estira hasta sus pies, viajando eróticamente por el cuerpo, despertando el placer de los sentidos.
En los versos de esta sección, el hablante se ha escindido, y la relación se establece entre el yo escindido -el Alma- y el hablante. Por ende, observamos a través de la Sección la rememoración de una relación autoerótica que porta fuerza e intensidad. Este autoerotismo despierta los sentidos del receptor, la sensualidad de la imagen del Alma, que pareciera que estuviera haciendo el amor con el hablante, manifiestan el poder de la palabra que logra empapar la poesía de una exuberancia sensual y sexual sorprendente. Ahora bien, la última estrofa está destinada a alejar los pensamientos eróticos del lector, las imágenes intensamente eróticas cesan y el hablante manifiesta haber encontrado la paz y el saber. El hablante retorna al tema de la hermandad, en cuanto plantea que hombres y mujeres son sus hermanos, no obstante estas últimas también son sus amantes. La sección finaliza con imágenes de la naturaleza y ya en la Sección 6, se retorna a la imagen de la hierba.
En la Sección 11, que se estructura en 8 estrofas y 18 versos, se manifiestan versos amorosos de insinuación y sugerencia erótica. El hablante lírico, en esta sección se configura como un observador que va describiendo la siguiente escena: una hermosa mujer soltera que vive en una bella casa al pie de la barranca, observa oculta a través de una ventana a veintiocho jóvenes (como la edad de la mujer, quien tiene veintiocho años) que están bañándose en la orilla. En la tercera estrofa el hablante se pregunta: "¿A cuál de los jóvenes prefiere? / Ah, el más zafio de ellos es hermoso a sus ojos". La mirada de la bella mujer no es tan inocente, la pregunta efectuada por el hablante sugiere que la mujer los contempla con atención, incluso el más rudo o tosco le parece bello. Al contemplarlos, la mujer se apodera de ellos, acercándose y chapoteando con los jóvenes en el agua a través de la mirada y la imaginación: "¿A dónde va, señora? Porque la he visto,/chapotea allí en el agua aunque todavía esté clavada en su cuarto". La imagen de la mujer observando atentamente a los jóvenes e interactuando físicamente con ellos en su imaginación, sugiere un cierto erotismo que se confirma en los versos siguientes:
"Danzando y riendo por la playa llegó el bañista vein- 
tinueve. 
Los demás no la veían, pero ella los veía y les amaba.

Las barbas de los muchachos centelleaban del agua, 
que cae desde sus largos cabellos, 
pequeños riachuelos pasaban por todo su cuerpo.

Una mano invisible pasó también por sus cuerpos, 
descendió temblorosa por sus sienes y sus torsos.
Los muchachos flotan de espaldas, sus vientres blan- 
cos se comban al sol, no preguntan quién se 
apodera rápidamente de ellos, 
no saben quién jadea y se aparta con un arco sus- 
penso y cimbreante, 
no saben a quién inundan de espuma".

La mujer los observa sin ser vista por ellos, los contempla y los ama. En el sexto y séptimo verso, se describen los cuerpos de los jóvenes, y se describe cómo el agua cae por sus cuerpos, sus barbas y cabellos, imagen bastante erótica y sensual. En la estrofa siguiente, aquella mano invisible pasa por sus cuerpos, acariciando sus sienes y torsos. Esta mano invisible, desde mi lectura, es la de la mujer, que con su imaginación ingresa en el placer del tacto de los cuerpos de los bañistas, apoderándose de éstos y disfrutando del acto de contemplación tan solo con una imaginación erótica y sensual. Los jóvenes flotan en el agua, en actitud de descanso y relajación. Los dos últimos versos de la sección son fundamentales, puesto que son sugerentes. Los jóvenes no saben quién jadea, pero el lector infiere que es la mujer, y este jadeo se relaciona con la excitación sexual que ella experimenta ante la visión y exploración de los cuerpos de los jóvenes. Más aún, en el último verso, el hablante lírico finaliza expresando que los jóvenes "no saben a quién inundan de espuma". Desde mi interpretación, esta espuma representa la eyaculación, y ellos no saben a quién llenan de espuma, porque los bañistas no han visto a la mujer que los observa, pero ella ha vivido una experiencia erótica y sensual que la ha llevado a la excitación, manifestada en el verso diecisiete. Esta experiencia erótica culmina con la imagen de la espuma representando el semen que llena a la mujer.
La sección recién analizada me parece interesante, en cuanto presenta un alto contenido de imágenes eróticas y sensuales; sin embargo, éstas se producen en la imaginación de la mujer que observa a los jóvenes bañistas. Los versos expresan un erotismo delicado, ya que todo se sugiere, no hay tactos ni contactos físicos reales, sino que es la experiencia visual de la mujer lo que la conduce a vivir un momento de elevada sensualidad, que produce la excitación de la oculta observadora. La exploración erótica se da a través de la mirada, la mujer observa a los bañistas, como nosotros -los lectores- la observamos a ella contemplando a los bañistas, convirtiéndonos en cierta medida, en voyeuristas de la experiencia erótica de la mujer. Me parece que esta es una de las secciones más eróticamente bellas deCanto de mí mismo, puesto que se logra la experiencia sensual sin existir contacto físico real, sino que todo es evocación, imaginación, sugerencia. A partir de este enfoque, erotismo y poesía comulgan en un mismo sentido: sugieren e impulsan la imaginación a través de la insinuación.
La Sección 28 se compone de cuatro estrofas y veintitrés versos. El hablante lírico inicia la sección con una pregunta: "¿Es éste entonces un contacto?". Es fundamental comprender que al final de la sección anterior (Sección 27), el hablante ya había planteado que "tocar con mi persona el/cuerpo de algún otro es algo que apenas puedo/ resistir"; por tanto se percibe que la experiencia del contacto físico con el otro es casi irresistible, y el hablante expresa que es un contacto en el cual está implicada su persona, por ende, en el contacto y en la cercanía física con el otro, todo el sujeto está involucrado. En la Sección 28, en el contacto, en el toque de otro ser -que aparentemente puede ser hombre o mujer, pues el hablante no especifica este aspecto- radica el goce de la existencia, un placer y sentido supremo, un erotismo que estremece al hablante "para una nueva identidad". En el contacto con el otro "llamas y éter se precipitan por mis venas". En el encuentro físico, por ende, el hablante siente que un fuego recorre sus venas, existe una pasión, un fluido que llena los conductos por los cuales fluye la sangre al corazón; en consecuencia, el contacto otorga fuerza, a través de la experiencia del goce. El contacto excita al hablante, y es quizás este hecho el que impulsa la inspiración poética.
No obstante, observamos que el tacto domina al cuerpo, sojuzgándolo y sometiéndolo hasta que esclaviza al hablante lírico con su potencia: "Aleves extremidades de mí mismo se extienden y reúnen para ayudarles, /Mi carne y mi sangre despiden rayos para fulminar lo/que apenas es diferente de mí mismo,/por todas partes lúbricos provocadores paralizan mis miembros,/estrujando la ubre de mi corazón para extraer las gotas que retiene/comportándose licenciosamente conmigo, sin aceptar negativas,/privándome de lo mejor que tengo, como adrede,/desabrochando mi ropa, agarrándome por la desnuda cintura,/burlándose de mi turbación con la calma de la luz solar y de los pastizales,/descartando sin pudor los demás sentidos…". Los versos proferidos por el hablante dan cuenta de la fuerza y el poder del contacto físico, que logra someter al sujeto, puesto que su cuerpo entero se ve implicado en este sometimiento: las extremidades, la carne y la sangre, los miembros, el corazón, los sentidos y las emociones, lo que se observa en la declamación del mismo poema, ya que el temple de ánimo se ve afectado por la experiencia del contacto. El contacto sensual (y sexual) esclavizan al hablante, quien intenta fulminar, a través de los rayos -que simbolizan la fuerza- que despiden su carne y su sangre, aquello que es apenas distinto de sí mismo, que desde mi lectura puede ser el otro, pero también puede ser el propio sujeto, que estaría implicado en un contacto autoerótico. El hablante se ve acechado por lúbricos provocadores, es decir, por provocaciones lascivas, libidinosas, que logran paralizar sus miembros, sometiendo al sujeto. Al utilizar el vocablo lúbrico, el erotismo se relaciona cada vez más con la lujuria. Estos provocadores lascivos estrujan la ubre del corazón del hablante, extrayendo las gotas que retiene, afectando entonces el motor del cuerpo, pues es el corazón el impulsor de la sangre. En otro sentido, la provocación afecta el ánimo del hablante, lo que se denota en los mismos versos y en el temple de ánimo, pues el hablante manifiesta cómo el contacto ha turbado su persona. El hablante se refiere a su propia experiencia sexual, en cuanto se reconoce excitado y exaltado por aquellos provocadores libidinosos, que se comportan de manera licenciosa sin aceptar negativas; por ende, el sujeto no puede detener la excitación, sino que se somete a la experiencia sensual, sintiendo cómo la potencia del contacto lo va privando de la calma, que se observa en la naturaleza, cuando se evoca la calma del sol y de los pastizales. La excitación descarta sin pudor a los sentidos, y el sujeto se ha entregado a la experiencia erótica, que lo ha subyugado.
Desnudo, agitado y provocado, el hablante confiesa en los versos siguientes que se siente debilitado. La experiencia del contacto ha sido indudablemente agotadora, ya que la fuerza del erotismo y la sexualidad es avasalladora, el sujeto no puede controlar el cuerpo, ni la excitación que lo debilita: "Los centinelas desertan de todas mis partes /me han dejado inerme ante un rojo merodeador, /todos van al promontorio para ser testigos y ayudar contra mí". El hablante se halla desnudo y sin protección, por lo que el promontorio, una altura considerable de tierra que avanza dentro del mar, representa un peligro, pues supone la amenaza de una caída abrupta. Bloom establece que en la Sección 28 "Whitman convierte el cabo en una metáfora de la relación antitética con su propia sexualidad"9. Según Bloom, Whitman celebra la sexualidad masculina, pero concibe y visualiza el falo como un lugar peligroso, "con una abrupta caída hacia la muerte, la madre, el océano, la noche primigenia"10. Ahora bien, la sección no manifiesta explícitamente si el contacto se establece en términos autoeróticos, pero habíamos observado que en el cuarto verso el hablante habla sobre aquello que apenas es diferente de mí mismo. Más allá de esto, considero que lo importante radica en cómo la sección trata sobre una personal vivencia de la sexualidad, el hablante describe su propia situación y cómo la sensualidad y la sexualidad logran portar una fuerza dominante que esclavizan al hablante lírico. El contacto físico, ya sea como un contacto con otro ser o como un contacto onanista, posee una energía y una potencia que logran afectar al hablante, por lo tanto se comprende que la sexualidad y el erotismo se convierten en fuerzas que dominan al sujeto poético.
No obstante, el hablante reconoce finalmente que no es el tacto el traidor que lo entrega a los demás, a esa experiencia donde pierde su energía: "Soy entregado por traidores,/hablo de modo insensato, he perdido el seso, yo y sólo yo soy el traidor,/ yo mismo fui el primero al promontorio, mis propias manos a él me llevaron". Ahora bien, el hablante reconoce que él mismo es el traidor, pues él se acercó al promontorio, el lugar de la posible caída, exponiéndose a ese peligro. Sus propias manos lo llevaron al peligro, a esa pérdida de energía. Considero fundamental recalcar que lo realmente importante es el efecto del contacto, es decir, la reacción que produce el erotismo en el hablante, quien reconoce que el vil contacto es demasiado para él. El sujeto se ve sobrepasado por la intensidad de la sensualidad implicada en el contacto físico, ya sea con otro, que puede ser hombre o mujer, o consigo mismo, puesto que lo exaltado en la sección es el estrago que causa la excitación y la vivencia de la propia sexualidad por parte del hablante.
En la Sección 29, el hablante continúa con el tema del contacto. Esta sección es bastante exigua, se compone de tres estrofas y seis versos, y pese a ser una sección breve contiene fuerza poética. El contacto se describe como "ciego, amoroso, luchador, envainado, un encapuchado tacto de agudos dientes". El contacto erótico posee todas estas cualidades, es un contacto impetuoso, es amoroso y luchador, pero también peligroso, por su fuerza y potencia, por eso muestra agudos dientes. El hablante apela al contacto y en el segundo verso le pregunta: "¿Tanto dolor te dio dejarme?". Se establece una relación entre el contacto y el sujeto, la relación se da entre la sensualidad y el hablante. Cuando el contacto abandona al sujeto, aparece otro nuevo: "Separación perseguida por la llegada,/perpetuo pago de un perpetuo préstamo,/rica lluvia de aguacero, y recompensa más rica luego". La llegada del nuevo contacto se percibe como una experiencia múltiple en riquezas, vital en su expresión, copiosa como la lluvia, que representa el agente que fecunda la tierra, por ende simboliza fertilidad, y se constituye en un elemento fundamental para la prosperidad de la vida por su calidad de fertilización material y espiritual. Esta rica lluvia de aguacero podría representar el semen, fluido corporal que manifiesta concretamente el resultado de una relación sexual, pero el hablante plantea que luego hay una recompensa más rica, que desde mi lectura representa el placer o el goce, que se relaciona con la lluvia que representa el semen, como expresión concreta del deleite. En la última estrofa, se observa la fecundidad: "Brotes prenden y se acumulan, se sostienen en el sarmiento prolífico y vital". Se observa la fecundidad del contacto, que puede ser interpretado como una fecundidad en cuanto al goce, a la experiencia erótica que produce "paisajes proyectados, masculinos, grandeza natural y dorados". Desde mi análisis, estos brotes que se acumulan en el sarmiento fecundo y vital, donde crecen las hojas y los racimos, guardan relación con la exuberancia que produce el contacto, con la vida que surge a partir de la experiencia sensual, trascendiendo el nivel de la reproducción humana, observando la vivencia del contacto como una experiencia que fecunda al sujeto en cuanto vive la grandeza del placer. El contacto físico había superado al hablante lírico en la Sección 28, por su fuerza y su potencia; sin embargo, no es posible evadirlo, existe un placer que fecunda al sujeto que lo experimenta, la sensualidad se proyecta como una vivencia magnífica e intensa en sus sensaciones y efectos.
La Sección 45 consta de once estrofas y treinta y un versos. El hablante lírico describe la juventud, que se expande elástica y vigorosa, siempre avanzando, y el hablante siente el equilibrio, la madurez florida y plena. La utilización de signos exclamativos en los versos de la primera estrofa manifiesta la afirmación positiva del hablante, iniciando la sección con una fuerza impresionante, la misma energía de aquella juventud que se expande. Lo que me interesa fundamentalmente en esta sección, se encuentra en la segunda estrofa. El hablante lírico expresa:
"Mis amantes me sofocan, 
llenando mis labios, densos en los poros de mi piel, 
empujándome por callejas y locales públicos, llegan- 
do a mí desnudos en la noche, 
gritando por el día Eo desde las rocas del río, balan- 
ceándose y gorjeando sobre mi cabeza, 
llamándome por mi nombre desde macizos de flores, 
plantas trepadoras, enmarañados sotobos- 
ques, 
cayendo sobre todos los momentos de mi vida, 
devorando mi cuerpo con suaves besos balsámicos, 
sacando sin ruido puñados de sus corazones y dán- 
domelos para que los haga míos".

Esta estrofa presenta al hablante rodeado de jóvenes amantes que lo sofocan. Es interesante observar que no se especifica si los amantes son hombres o mujeres, y en la versión en inglés el hablante se refiere a my lovers por lo que tampoco se aclara si éstos son de sexo masculino o femenino, simplemente se utiliza el vocablo amantes. Sin embargo, sabemos que Whitman escribió, en otros poemas de Hojas de Hierbas sobre el homoerotismo, por lo que esos amantes también podrían ser hombres. Estos amantes sofocan al hablante llenando sus labios, los poros de su piel, estableciendo un contacto físico bastante intenso. Este sofocar no posee una connotación negativa, por el contrario, desde mi interpretación, es un ahogo erótico, la imagen del hablante sofocado por los amantes expresa una fuerza sensual que introduce un vigor apasionado en la estrofa, donde se exhibe el ímpetu del placer erótico. Los amantes están al acecho del hablante, y este es un acecho apasionado, pues llegan a él desnudos por las noches, y esta imagen sugiere una carga sensual intensa, pues la visita nocturna supone -en nuestra imaginación- una experiencia sexual y erótica, y este hecho confirma la fuerza de la poesía, que como el erotismo logra excitar la imaginación en este caso del lector. Los amantes lo llaman durante el día, desde el paisaje de la naturaleza, que también presenta connotaciones eróticas: las plantas trepadoras y los enmarañados sotobosques, vegetación compuesta por matas y arbustos que crecen bajo los árboles de un bosque, insinúan un comportamiento erótico en cuanto están compenetradas, liadas y enmarañadas unas con otras. Las plantas trepan, como los amantes, que sofocan al hablante cayendo sobre todos los momentos de su vida, abarcando todos los espacios. Como las plantas trepadoras, los amantes devoran el cuerpo del hablante con delicados besos balsámicos, y esta imagen insinúa una escena profundamente sensual, en la cual percibimos la proximidad de los cuerpos y el placer del apego. En el último verso, los amantes entregan al hablante lírico sus corazones, para que éste los haga suyos, manifestándose una entrega absoluta, un sentido de posesión del otro y una proximidad que excita la imaginación del receptor. Esta estrofa expresa un erotismo exaltado de manera delicada, se presentan imágenes que estimulan y despiertan la imaginación del lector, sugiriendo la presencia de una sensualidad que excita al hablante, quien manifiesta esta sensación a través de los versos. El resto de la sección, presenta al hablante que contempla las constelaciones en sus circuitos y revoluciones, y el sujeto observa cómo todo gira y es movimiento. No comentaré lo que prosigue en la Sección 45, ya que la seleccioné porque mi objetivo solo era analizar la segunda estrofa, pues manifiesta un contenido erótico que me pareció pertinente para el desarrollo de este estudio.
En la estrofa analizada, observamos una percepción apasionada sobre el erotismo. El hablante se entrega a sus amantes, participa de la expresión de la sensualidad a través del lenguaje, en la medida en que describe la interacción con aquellos que lo sofocan en un sentido amatorio. El propio hablante recibepuñados de corazones de sus amantes, para que el sujeto los haga suyos, compenetrándose así con aquellos que lo visitan desnudos por la noche.
APRECIACIONES FINALES: EROTISMO Y POESÍA
El erotismo, presente en los versos de Whitman, potencia una poesía intensa y sugerente a través de imágenes construidas sobre un lenguaje apasionado y delicado a la vez. El erotismo se manifiesta en una relación con el otro, que puede ser hombre o mujer, pero también en la experiencia de una relación autoerótica, que explora la propia sexualidad, recorriendo el cuerpo y las sensaciones sensuales sin pudor. En las secciones analizadas se develan los misterios del erotismo, de la proximidad que produce el contacto, ya sea homoerótico, autoerótico o en la relación entre hombre y mujer. La secciones escogidas ingresan en ámbitos que en la época de Whitman aparecían como vedados en su expresión explícita, en la medida en que aún se sentía, en la sociedad, la presencia de un puritanismo que observaba al cuerpo como la fuente de una tentación que se enfoca desde un prisma negativo. Por esto creo que Whitman fue bastante osado al ingresar en la esfera de lo erótico. Considero que el erotismo presente en la poesía de Walt Whitman es un tema fundamental, en cuanto descubre y explora un espacio cotidiano en la vida del ser humano, puesto que la sensualidad y la sexualidad son temas siempre presentes en nuestras vidas, pues no solo nos relacionamos eróticamente con otros, sino que también con nuestro propio cuerpo e incluso con el mundo, en la medida en que experimentamos la sensualidad de la naturaleza, por ejemplo. En este sentido, la poesía surge como una herramienta perfecta para la búsqueda y la indagación eróticas, ya que activa nuestra imaginación a través de las imágenes, así como el erotismo también impulsa la imaginación de quien experimenta el amor sensual. Whitman dota de fuerza a sus palabras, para que éstas logren manifestar la fuerza de lo erótico, manifestando ante el lector un mundo de imágenes intensamente sensuales, consiguiendo que el receptor se conecte con su propio erotismo, a través del acto de recepción, pues sus versos despiertan el goce de la lectura.
En la Sección 5 observamos una apasionada relación autoerótica, en la cual el hablante lírico logra establecer paz consigo mismo. El hablante describe sensualmente la conexión física que se establece entre el Alma y el hablante, a través de imágenes sexuales, ya que pareciera como si el Alma estuviera haciendo el amor con el hablante lírico. En este autoerotismo se manifiesta la exploración del cuerpo y de la propia sexualidad. La Sección 11 expresa un contenido erótico sugerente y maravillosamente sensual, pues la mujer se conecta con los bañistas solo a través de la imaginación, lo que plasma que la sensualidad no solo puede ser experimentada a través del contacto físico concreto, sino que también por medio de la mente y la imaginación, que es precisamente lo que hace el lector cuando se enfrenta a los poemas: vive el erotismo a través de las imágenes evocadas por la poesía. En el análisis de la Sección 28 percibimos que el hablante lírico ha sido sometido por la experiencia erótica del contacto. Las palabras utilizadas en esta sección me parecen interesantes, pues ya se expresa un vocabulario sexual: los lúbricos provocadores se apoderan de la totalidad del hablante, para someterlo a la experiencia erótica, turbando su calma y descartando sus sentidos. Las imágenes son más fuertes, pues descubren un erotismo más potente y enérgico. En comparación con las Secciones 5 y 11, las imágenes eróticas de la Sección 28 son menos delicadas, más osadas en cuanto al poder presente en el erotismo. El hablante se ve superado por la vivencia sensual que afecta sus sentidos. En la Sección 29 el hablante reconoce en el contacto una expresión de vitalidad, expresión que también radica en la poesía que descubre la experiencia erótica. Aun cuando un contacto acabe, luego de éste viene otro, y en cada contacto se manifiesta la expresión del placer y el despertar de la sensualidad. La Sección 45 es intensa en cuanto se presenta la imagen de los amantes que sofocan al hablante lírico; no obstante, este agobio representa la experiencia de un erotismo pleno, que insinúa el deleite y el goce de un impulso que produce el éxtasis. En esta sección la relación con los amantes podría darse en términos homoeróticos, ya que no se aclara el sexo de los amantes. Esta sugerencia podría ser posible ya que Whitman escribió versos donde se percibe la relación homoerótica.
Whitman en Canto de mí mismo celebra al yo, y a través del individuo se conoce el mundo y las cosas pertenecientes a éste. El poeta inicia un viaje a través de la escritura poética, estableciendo la posición del individuo en el Cosmos e indagando en su relación con los otros, con su Alma, con la Naturaleza y con la Historia. La obra de Whitman respondía a uno de los anhelos más íntimos del ser humano: relacionarse amistosamente, amorosamente, eróticamente con todo, vale decir, con uno mismo, con los otros, con el cuerpo, con la naturaleza y el mundo.
El erotismo en este viaje poético implica una exploración de la relación que el individuo establece con su propia sensualidad, y ahonda en la relación erótica que se establece con el otro. El erotismo es un viaje, un acto de exploración sensual y sensorial que se equipara con el arte, en este caso con la poesía, pues la poesía de Whitman también es un acto de búsqueda y una expedición efectuada a través de la sublime palabra poética. El erotismo insinúa, provoca y produce múltiples sensaciones, tal como sucede en la experiencia poética, pues al enfrentarnos a los versos cargados de erotismo del buen poeta gris, ingresamos en un mundo lleno de imágenes que despiertan nuestra imaginación, establecemos contacto con el erotismo presentado de manera poética y somos invitados a experimentar el deleite y el goce producido por la lectura.

NOTAS
1 Bloom, Harold, El canon occidental. 2ª ed. Barcelona, España: Anagrama, 2002; p. 302.
2 "Whitman centra el canon norteamericano porque cambia el yo y la religión norteamericanos al cambiar la representación de nuestros yoes no oficiales y nuestra persuasiva aunque oculta religión poscristiana", Bloom, Harold, op. cit., p. 296.
3 Ralph Waldo Emerson nació en Boston el 25 de mayo de 1803 y murió en Concord (Massachussets) el 27 de abril de 1882.
4 Bloom, Harold, op. cit., p. 286.
5 Emerson, Ralph Waldo, Self-Reliance and Other Essays. Nueva York, Estados Unidos: Dover Publications, 1993, 117 páginas.
6 Whitman, Walt, Canto de mí mismo. Tr. Mauro Armiño. Madrid, España: Biblioteca Edaf, 1984, 184 páginas.
7 "La actividad sexual reproductiva la tienen en común los animales sexuados y los hombres, pero al parecer sólo los hombres han hecho de su actividad sexual una actividad erótica, donde la diferencia que separa al erotismo de la actividad sexual simple es una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción y del cuidado que dar a los hijos", Bataille, Georges, El erotismo. 3ª ed. Barcelona, España: Tusquets Editores, 2002, p. 15.
8 Se utilizará Alma -con mayúscula- para enfatizar la relación del hablante lírico con su yo escindido, pues el Alma cobra características de sujeto en la relación autoerótica.
9 Bloom, Harold, op. cit., p. 292-293.
10 Ibídem.

Comentario sobre "Canto a Mí Mismo". Whitman.

Tal vez sea cierto, como pensó alguna vez León Felipe, que los grandes poetas no tienen biografía, tienen un destino que se expresa en su canto. El mismo Whitman escribió en sus Cantos de Adiós: “camarada, esto no es un libro, quien vuelve sus hojas toca un hombre”, es decir, quien vuelve sus hojas se las ve con un destino. Y el destino es una cosa harto difícil y reveladora, la única que –llegado el momento de las definiciones- puede mostrarnos cómo se trasciende la existencia, sin dejar de ser mortal por un segundo.

En Canto a Mí Mismo, un hombre pone su destino en la mesa y nos dice: “Yo soy el que riega las raíces de todo lo que crece, y la prueba de quién soy la llevo yo en mi rostro; lo que diga sobre mí, debes tú señalarlo como tuyo, porque sólo lo que nadie puede negar existe”. Ese hombre, Walt Whitman (1819-1892), y su destino, llegan a confundirse tanto que éste siempre es aquél, y ambos somos nosotros mismos, porque, a la larga, lo que constituye este poemario es una declaración de todo lo que vive.

Parte fundamental de sus Hojas de Hierba (1855), el Canto a Mí Mismo tiene, sin embargo, una vitalidad propia, un sello distintivo. En él está latente el Whitman más profético y visionario; cada uno de sus cincuenta y dos poemas están atravesados por el ímpetu de la revelación; no en vano en uno de ellos el poeta nos señala: “acostúmbrate ya al resplandor de la luz”, acostúmbrate y vive todas estas cosas que son nuevas –el aire, la mañana, la mujer y el niño-, porque aun cuando han estado aquí desde hace tanto tiempo, apenas si hemos empezado a descubrirlas.

Como Baudelaire y sus Flores del Mal, Walt Whitman fue poeta de un solo libro; sus Hojas de Hierba se fueron ampliando con el paso de las ediciones hasta alcanzar las quinientas páginas. También se le persiguió, como al francés, unas veces por su sexualidad, otras por su errancia, pero he aquí que a casi dos siglos de su nacimiento, pocas figuras han alcanzado para la poesía estadounidense la gloria de un estilo inconfundible como el suyo, y es que el “padre del verso libre” –como con frecuencia se le llama-, ha tomado para sí aquello de que un escritor verdaderamente original, no crea escuela, más bien se hace inimitable.

No podría afirmarse de qué trata en concreto el Canto a Mí Mismo; por él transita todo: la tierra, los animales, el universo cósmico, los más soterrados sentimientos, la libertad y el egoísmo, cada uno de los dioses, toda la cartografía que vienen construyendo los especialistas. Antes de empezar la primera línea, Whitman echó la cabeza hacia atrás para cerciorarse de que no faltase nada, y nada se quedó por fuera. Por ello su libro es casi un evangelio: no comporta una doctrina, pero instaura lo nuevo, confidencia lo desconocido, y abre un camino que habrá de construir quien decida oírlo.

Dentro del poemario hay muchas fuerzas; relámpagos que van y vienen en todas direcciones, hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia adentro; y hay dos o tres centros en donde orbitan los poemas: la comunión con la naturaleza, la llamada mítica, y la constitución de la heroicidad. Quisiera invitar a los lectores a acercarnos a estos tres puntos, con el ánimo de dimensionar el sentido que pulula a lo largo de las páginas.

De cada uno y de todos sale esta canción
Por su título, es posible pensar que Canto a Mí Mismo está concebido desde una perspectiva egocéntrica y ostentosa. Mas, esto constituiría un error de base, puesto que lo que busca Whitman es aprehender toda la naturaleza para expresarla por su boca y, por ende, lo que resulta de este ejercicio, necesariamente, tiene que dar cuenta de toda ella. En otras palabras, cuando Whitman afirma que este es su canto, está queriendo señalar que también esnuestro canto, porque habla por todos y por todo. De esta forma lo expresa en el primer verso del poema 1:

“Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también” (Pág. 25)
Este verso es algo así como una declaración de principio: si lo que dice Whitman sobre sí no vale para todos, entonces no sirve en absoluto. El poeta estará volviendo sobre esta idea muchas veces, e insistiendo en que el origen y horizonte de su canto es múltiple y nunca individual. Ahora bien, de lo anterior se desprende una consecuencia importante: sobre el Canto a Mí Mismoy, en general, sobre la poesía de Walt Whitman, ya no sólo cabrá lo bello, lo laudable, lo que es digno de nuestro respeto, sino también lo corrupto, lo secreto y hasta lo miserable.

Fueron, precisamente, estas nuevas posibilidades que se abrieron para su poesía, las que le acarrearon después tantas denuncias por libertinaje, obscenidad y rebeldía. Sin embargo, lo que no se hace explícito para defender a Whitman de ese juicio histórico es que el erigir una obra en donde quepa por igual lo malo y lo bueno, el verdugo y la víctima, etcétera, no obedece a una búsqueda conciente de ser obsceno o rebelde, sino a la amplitud que alcanza el humanismo del autor; mejor dicho, si algunos encuentran en Canto a Mí Mismo cosas que les pone la piel de gallina, siempre se debe más a un falso pudor que al interés del poeta por verse “maldito” y, sobretodo, más a una hipocresía que quiere perpetuarse que a un pensamiento como el de Whitman que, a pesar de todas los caracteres y adversidades, no desconoce jamás a su prójimo.

A lo que quiero apuntar es al hecho de que este poemario está escrito por un humanista, alguien que asegura que hablará sobre él mismo, pero tiene la certeza de que no podrá hacerlo dejándonos a un lado, porque lo que es él también lo somos nosotros, y nosotros somos los perversos, los amigos, los cretinos, los que lían a las prostitutas, los que juegan calladamente y sacan el mejor provecho, los que juzgaron al negro y también el negro juzgado, el criminal y el violador y, por supuesto, también quienes fueron las víctimas y los violados.

En términos generales, lo que opera aquí es un juego de virtualidad al modo en que un siglo después lo teorizaría Sartre: lo que es un hombre en particular, lo que tiene éste de bueno o de malo, es lo que es el hombre en un sentido amplio, y esto es así porque un hombre concreto expresa a través de sí la virtualidad de lo humano, nuestras potencialidades, esto es, el criminal a quien se juzga por un homicidio o el loco que trastabilla por la calle nos están diciendo con sus actos: soy lo que ustedes son en potencia, asesinos y locos disfrazados.

Whitman piensa que la poesía debe abarcarlo todo; por tal razón, Canto a Mí Mismo no tiene distinción de sexo, credo, edades, sabiduría o costumbres; bebe en el campo al llegar el crepúsculo, y en la ciudad cuando retrocede la aurora; habla de los animales de los bosques, y de las rutinas de los obreros; en últimas, quiere tocar, aunque sea por un instante, la totalidad de lo que existe. Así se descubre en los poemas 7 y 43:

“Muero con el moribundo
y nazco con el niño que recogen los pañales.
Yo no soy sólo esto que se alarga entre mi sobrero y mis zapatos.
Mira atentamente la pluralidad del universo:
nada es igual y todo es bueno.
Buena es la tierra,
buenos los astros….
y las estrellas subalternas también” (Pág. 36)

“Yo no sé lo que aún no hemos sufrido y lo que aún nos aguarda más allá,
pero sé que llegará de una manera inexorable.
Nos tendrá en cuenta a todos:
a los que pasan corriendo
y a los que se quedan sentados.
No se olvidará de ninguno” (Pág. 107)
Restará decir que el canto de Whitman es universal, no sólo porque en él caben los hombres y sus actos, sino también porque se ocupa de hablar por el animal y lo que hace, por los minerales que desdicen los discursos de geólogos, por la noche y su perfecto equilibrio con el día, y por la muerte que, si bien ineluctable, sólo está entre nosotros para recordarnos que hay vida.

La llamada mítica
Whitman quiere decir por él y por nosotros “que la muerte no existe, que el mundo no es un caos, que es forma, unidad, plan, vida eterna, alegría”, pero cómo puede hacerlo sin filtrar sus palabras a través de lo profético. Canto a Mí Mismo nos muestra la dimensión más visionaria de Walt Whitman, y el motivo que viene a argumentar este hecho es el siguiente: revelar un mundo, toda una naturaleza, y hacer el inventario de sus grandes fundamentos, requiere de un lenguaje que nos remonte a lo mítico.

Es cierto que el poeta no ha venido a fundar dogmas, ni a llevar a ninguno de la mano. Su objetivo es menos cruel, quiere hablarnos de las cosas, pero como estas cosas parecen renacer merced a su palabra, se nos presentan siempre como nuevas. Whitman escribe estas páginas como si se tratase de una apóstol y, sin embargo, como casi todo a lo que ellas se refieren ya hace parte de nuestra existencia, no tiene la impronta de una creación per se, sino la sorpresa de quien quita las máscaras que nos impiden ver en lo profundo. Escuchémosle:

“Quédate hoy conmigo,
vive conmigo un día y una noche
y te mostraré el origen de todos los poemas.
Tendrás entonces todo cuanto hay de grande en la Tierra y en el Sol
(existen además millones de soles más allá)
y nada tomarás ya nunca de segunda ni de tercera mano,
ni mirarás más por los ojos de los muertos,
ni te nutrirás con el espectro de los libros.
Tampoco contemplarás el mundo con mis ojos
ni tomarás las cosas de mis manos.
Aprenderás a escuchar en todas direcciones
y dejarás que la esencia del Universo se filtre por tu ser” (Pág. 28)
Ante un lenguaje de este calibre, el lector comprende que aquello que tiene para decirnos el poeta sobrepasa cualquier deducción lógica. Hablar sobre la verdad o sobre la existencia, como lo hace Whitman, es sumergirse en una rica urdimbre mítica, en donde lo dado pierde el carácter y se rellena de una nueva sustancia que prescinde de las palabras. “Escribiendo y hablando no se me prueba”, dice el autor; es decir, y tal como afirmó Pavese, una revelación no puede deducirse de palabras, puesto que es algo que nos inunda con su simple presencia.

Hay dos aspectos más en esta llamada mítica a ver el universo como nuevo. El primero tiene que ver con que el tiempo en donde se realiza la experiencia no es el pasado y tampoco es el futuro, siempre es un presente inmediato. En el aquí y ahora empieza y termina todo lo que puedo comprender, en él se encuentra la única oportunidad de perfección que todos poseemos; nada existe por fuera de esto que vivimos, no hay algún infierno distinto al que ahora experimentamos, ni mayores vejez o juventud. Luego veremos que la ubicación de lo que nos dice Whitman en el presente es, ante todo, un llamado a la heroicidad, un remojón para apercibirnos de que estamos siendo, y no hay nada más falso que aquello que fuimos o seremos.

El otro aspecto importante de la llamada que nos llega de Canto a Mí Mismocorresponde a un juego muy bien trabajado entre lo sagrado y lo profano o, más exactamente, entre sacralizar y desacralizar. Por un lado, está claro que tanto en lo formal como en el contenido Whitman utiliza lo profético y lo sagrado, pero, por otro, no es menos verdad que por sus páginas siempre están cayendo las ruinas de viejos paradigmas, considerados por muchos como sagrados.

Por ejemplo, en el poema 24 declara abiertamente: “esta cabeza mía vale más que las iglesias, las biblias y los credos”; en el 41: “lo sobrenatural no existe, llegará un día en que yo haga prodigios, ahora mismo soy un creador”, y aún en el 21 –un poco con dejo nietzscheano-: “canto la canción del crecimiento y el orgullo (ya nos hemos arrastrado y escondido bastante)”. ¡Un hereje!, sentenciarían los cristianos; ¡blasfemia!, el católico ortodoxo. Pero, sin duda, el verdadero perfil iconoclasta de Walt Whitman no está en estas líneas desperdigadas por sus poemas, sino en el sacralizar lo mundano, o sea, en atribuirle un sentido hierático. El tacto, un animal que pasa, el solo placer que nos provoca la belleza de lo artificial, son dignos de expresar también eso que podríamos considerar sacro:

“(He oído cuanto se ha dicho sobre el universo,
todo cuanto se ha dicho desde hace miles de años,
y no está mal hasta ahora… pero ¿es eso bastante?)
Vengo a darme a todos
y a engrandecer a todos.
A pisarle la oferta al ganguero
y a pujar, desde el principio, más alto que ninguno en la subasta” (Pág. 99)
Por ahí dicen que toda creación implica algo que se destruye, y quizá así pueda entenderse mejor esta tensión en la obra de Whitman entre lo sagrado que empieza a caer bajo la fuerza de nuevas revelaciones, y lo profano que se considera este advenimiento hasta el momento en que se acepte como nuevo paradigma. Sea como fuere, debemos a Canto a Mí Mismo una de las más logradas elucubraciones de este tipo que se han hecho en la poesía americana.

La heroicidad del hombre común
“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia”; y, para cantar a ellos, se levanta Walt Whitman. “Las batallas se pierden con el mismo espíritu con que se ganan”; y por ello, para los derrotados también es su canción. Si todo conjura para nombrar lo que miramos y vivimos, todo esto que ocurre frente a nuestros ojos, si hasta advertimos en sus dobleces revelaciones de tenor sagrado, ¿por qué razón, entonces, no podríamos celebrar el hombre cotidiano? Si lo mundano empieza a ser profético y sublime, ¿cómo ignorar a ese hombre corriente que es su máxima expresión?

El primer paso en esta carrera que emprende Whitman para mostrar nuestra heroicidad es reconciliarnos con el resto de la naturaleza. De muy lejos, de tiempos inmemoriales, se nos acerca esta sentencia: no hemos de sentirnos arrojados, porque mirando hacia atrás por un momento se descubren los cientos de sucesos que nos precedieron para hacer posible nuestra aparición:

“Antes de que mi madre me pariese,
generaciones me condujeron.
Mi embrión nunca ha estado dormido ni enterrado.
Por él, la nebulosa se cuajó en una estrella,
y para que en ellos descansase
se apiñaron los enormes y lentos estratos geológicos.
Árboles inmensos le dieron su sustento
y saurios monstruosos lo transportaron en sus fauces y lo depositaron con cuidado.
Todas las fuerzas del universo
han trabajado sin descanso y obedientes para completarme y deleitarme…
Y ahora estoy aquí ¡Miradme!
en este sitio,
con mi alma robusta y vigorosa (Pág. 110)
Para estar aquí, en este presente mítico que nos revela el justo tamaño de las cosas, fueron necesarias miles de estaciones. No nos quedaremos en ellas, por supuesto, ese sería un craso error, pero las tendremos en cuenta para no perder de vista que aquel granjero que siega su cultivo, y este otro que en la tarde cerrará un negocio, y la vaca que pace en la montaña inamovible, no son productos fortuitos, sino la magia misma de todo lo que existe; lo tendremos presente para no olvidarnos de todo lo que nos acerca a ellos, todo lo que compartimos y que a manos llenas es asombroso.

Reconciliado con la naturaleza, el héroe –cree Whitman- debe expandir todos sus sentidos: el tacto de “colmillos puntiagudos”, la vista que llega a lontananza, el oído que percibe el rumiar de lo viviente, la nariz que absorbe los aromas, y el paladar que gusta lo agrio y lo dulce alternativos. Entonces, y sólo entonces, podrán comprenderse a cabalidad las palabras del poeta. Whitman desea pasar con nosotros un día y una noche, para luego continuar con su camino; vendrá a hablarnos como “el hombre que se despoja de los estorbos al iniciar un viaje”, y le recordaremos porque aunque nos enseña a huir de él ¿quién puede hacerlo?

¿Pero, por qué aquel que acepta el Canto a Mí Mismo es un héroe? Es fácil: quien aprende por fuerza propia a descubrir el resplandor, y una vez descubierto entra en armonía con él, se llena de orgullo, y ese orgullo lo impulsa a defender todo lo que le concierne: lucha y sufre como un héroe su vida cotidiana, sabiendo que por fuera de ella no existe algo más grande, y que es tan magnífica y fútil como la de todos los demás. Tendrá conciencia de su trasegar, aunque no comprenda muchas de las cosas, pero siempre estará dispuesto a disfrutar de los placeres que se ofrecen, y a ponerse del lado de quien lo necesita:

“Comprendo el gran corazón de los héroes.
El valor de hoy
y el valor de todos los tiempos (…)
porque yo soy el hombre que sufrió y que estuvo allí.
Siento el orgullo y la serenidad de los mártires.
Siento a la madre que ayer fue quemada en la hoguera por hereje, ante la mirada de sus hijos;
y al esclavo perseguido como un zorro por los perros;
lo siento vencido,
apoyado en la cerca,
sin aliento,
sudoroso…
Siento las punzadas de su corazón,
sus piernas dobladas,
su cuello caído sobre el pecho
y los balazos asesinos.
Todo esto lo siento y lo sufro.
Yo soy todo esto” (Pág. 85)
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Canto a Mí Mismo es la perfecta conjunción entre poesía y revelación. Breve pero prodigioso, Whitman puso en él todas las cosas de las que es posible enterarse en el mundo.

Comentario del poema 48 de Whitman.

El "Canto de mí mismo" de Walt Whitman es el gran poema épico Americano y con frecuencia ha sido leído como el poema que mejor capta las tensiones y características conflictivas que definen lo que podríamos denominar "la ontología democrática americana." [pulse para ver más]

Poema 48
Whitman nos ofrece ahora un recordatorio sobre una de las más profundas percepciones del “Canto de mí mismo”. El alma y el cuerpo no residen en una situación de jerarquía sino que coexisten en una democracia. Tanto de la pena del mundo ha derivado de la insistencia sobre la superioridad del alma con respecto al cuerpo, con la idea de que el alma existe o continúa existiendo en una dimensión imaginaria más allá de la materialidad. Esta creencia, indica Whitman a lo largo de su obra, es lo que ha llevado a los humanos a devaluar esta vida con la esperanza de que una vida del alma en el más allá espiritual será mejor, premiará de algún modo nuestro sufrimiento en esta vida. No es así, Whitman nos recuerda, “el alma no es más que el cuerpo” y “el cuerpo no es más que el alma”. Una vez que hemos aceptado esa igualdad, esa necesidad mutua del cuerpo de tener alma y del alma de tener cuerpo, entonces nuestra concepción de Dios cambia. Si no hay “tiempo” fuera del tiempo, “espacio” fuera del espacio, entonces Dios no está escondido en un ámbito “divino” invisible. En cambio, insiste Whitman, Dios nos resulta visible en cada uno de los minutos de nuestras vidas,  en cada uno de los lugares que vemos. Si toda la vida está contenida en el momento del “Ahora”, y Ahora es un momento en desarrollo y cambio perpetuo, entonces la plenitud de ese momento –todo lo de la vida y la materia en sus formas siempre mutantes- es lo que llamaríamos Dios. Cada uno de nosotros, entonces, “funciona como un centro la rueda universal”, cada ser sensible es el centro de lo que es –una parte y parcela del Dios que se irradia desde nosotros a los más remotos alcances del cosmos.   
Esta democracia del alma y el cuerpo es vital, sugiere Whitman, porque si concebimos a Dios como separado de nosotros, separado de esta vida, y si pensamos en nuestras almas como separadas de nuestros cuerpos, entonces nos dejaremos llevar por creencias que degradan esta vida y este mundo por cuanto ponemos nuestra fe en otro mundo (mejor) por venir. Pero si concebimos a Dios como evidente y presente en cada cara que encontramos, en cada momento que experimentamos, “en cada objeto” que tomamos, entonces conocemos a Dios –en realidad, somos parte de Dios- y cobraremos “simpatía” por este momento en que vivimos. “Simpatía” es la palabra que utiliza Whitman para significar el conocimiento de que cada persona, cada cosa, que encontramos es igualmente parte de lo divino. El caminar con simpatía por el mundo es conocer que Dios está en cada uno de nosotros y, siendo concientes de ello, darnos cuenta que Dios está del mismo modo en todo lo que no es nosotros. Cada uno tiene un acceso parejo con Dios y conciencia igual de Dios. Dios es algo, entonces, sobre lo cual debemos dejar de ser “curiosos”: si Dios es la fuerza creadora del universo, entonces Dios –tal como cada uno de nosotros- existe solamente ahora mismo, en este momento presente en el que se contiene toda la existencia. No podemos abrir nuestros ojos u oídos, no podemos hacer un paso, sin encontrar a Dios. Y cada átomo que nos pertenece estaba allí en el primer Ahora y estará presente hasta el último, esos átomos llegando a ser partes de la interminable variedad de materia y vida que circundó y constituyó a aquellos que vinieron antes de nosotros, van a rodear y constituir a aquellos que vengan después de nosotros, y nos rodean y constituyen a todos nosotros en este preciso momento. Cada uno de nosotros, entonces, podemos mantenernos tranquilos y serenos “ante un millón de universos» porque el alma que nos anima ahora es parte del alma en curso del universo, así como los átomos que nos componen ahora son parte de la interminable inmensa extraña materialidad del universo.
—EF (Traducción L. A. Ambroggio)



He dicho que el alma no es más que el cuerpo, 
Y he dicho que el cuerpo no es más que el alma, 
Y nada, ni Dios, es más grande para cada cual que su propio ser, 
Y quienquiera que anda una legua sin simpatía, marcha envuelto en un sudario a sus propios funerales, 
Y yo o vosotros, sin tener un céntimo en el bolsillo, podemos adquirir lo más precioso de la tierra, 
Y mirar con los ojos u observar una habichuela en su vaina, confunde la ciencia de todos los tiempos, 
Y no existe oficio ni empleo en cuyo desempeño el muchacho que se obstina no pueda convertirse en un héroe, 
Y no hay objeto, endeble que parezca, que no funciona cómo cubo de la rueda universal; 
Y digo a cualquier hombre o cualquier mujer, «Mantén tu alma tranquila y serena ante un millón de universos.»


Y digo a la humanidad, «No seáis curiosos con respecto a Dios, 
Porque yo que tengo tantas curiosidades, no tengo curiosidad acerca de Dios», 
(Ningún lujo verbal podría expresar mi tranquilidad en lo que atañe a Dios y a la muerte.) 



Oigo y veo a Dios en cada objeto, pero no comprendo a Dios,
Ni comprendo quién podría ser más maravilloso que yo mismo. 



¿Por qué he de tener deseo de ver a Dios mejor de lo que actualmente le veo? 
Veo algo de Dios en cada una de las veinticuatro horas, y entonces en cada momento, 
En el rostro de los hombres y en el de las mujeres veo a Dios, y en los espejos cuando veo mi faz, 
Encuentro cartas que Dios ha dejado caer en las calles, todas firmadas con su nombre, 
Y las dejo donde las hallo, porque sé que, sea cual fuere el rumbo de mis pasos, 
Otras llegarán puntualmente hasta mí, para siempre y siempre.


Epílogo
Para captar el significado de la primera directiva de Whitman en esta sección – «Mantén tu alma tranquila y serena ante un millón de universos.»- visité el Museo Paleontológico de Liaoning, en Shenyang, China, y me paré en frente de las exposiciones de los fósiles desenterrados de una capa de ceniza volcánica establecidas hace más de 120 millones de años con lo que creí ser un aprecio adecuadamente objetivo del misterio de la vida en la tierra. Aquí habían huesos femorales y de las mandíbulas de dinosaurios, pinturas de cómo hubiesen sido las primeras plantas de flores y, lo más admirable de todo, esqueletos completos de microraptores –pequeñas criaturas de cuatro alas, que comían peces y pudieron haber provisto el enlace evolucionario entre los dinosaurios y los pájaros. El microraptor era, en terminología científica, una forma transitoria (¡frase admirable!) con plumas en descenso en sus patas y alas, un abanico al final de su cola, y la habilidad de volar entre los árboles, como una ardilla voladora; un video animado que acompaña a la exhibición del museo lo muestra corriendo hacia el borde de un acantilado, parándose antes, y luego, desesperado por cruzar, retomar las alas una y otra vez. El deseo “el impulso procreador del mundo”, en palabras del poeta, inspira la unión del alma y del cuerpo: las expediciones, la fundación de ciudades, los vuelos de la imaginación, la fe y los rituales, leyendas y leyes, descubrimientos artísticos, escolares, científicos; “un millón de universos”, en cada uno de los cuales estamos en casa, nos demos cuenta o no.
Con respecto al segundo desafío de Whitman a la humanidad ¿“No seáis curiosos con respecto a Dios”?. De hecho, su curiosidad está siempre a la vista. Descubre evidencias de la presencia de Dios en cada lugar, por cuanto cada cosa es una carta firmada con su nombre,  emocionantemente viva para aquellos que pueden leerla, idealmente comenzando por los lectores de este poema. Whitman se halla en paz con la muerte, porque es una forma transitoria –una estación en el camino entre nuestros hábitos que nos encaminan hacia la tierra y nuestro anhelo instintivo por volar. 
El espectáculo de los fósiles me produjo vértigo.   
—CM (Traducción L. A. Ambroggio)
Pregunta
¿Qué encuentros con cosas particulares en este mundo –o personas en particular- te han empujado a sentir la presencia de “Dios” (cualquiera sea tu definición de ese término) de tal modo que “dios” no te parecía lejano sino íntimamente cercano?

martes, 8 de abril de 2014

El trascendentalismo


El trascendentalismo fue un movimiento filosófico, religioso y literario estadounidense que floreció aproximadamente entre 1836 y 1860. Comenzó como un movimiento de reforma dentro de la Iglesia Unitaria que procuraba extender la aplicación del pensamiento de William Ellery Channing sobre el Dios interior y la significación del pensamiento intuitivo. Se basó en "un monismo que sostenía la unidad del mundo y de Dios, y en la inmanencia del mundo". Para los trascendentalistas el alma de cada individuo es idéntica al alma del mundo y contiene lo que el mundo contiene.[1] Los trascendentalistas trabajaron con la sensación de que el advenimiento de una nueva era estaba al alcance de la mano. Fueron críticos de su sociedad contemporánea por su conformidad irreflexiva, y urgieron a que cada individuo buscara, en palabras de Ralph Waldo Emerson, "una relación original con el universo".[2]


Un grupo de jóvenes estudiantes salidos de la Facultad de Teología de Harvard previeron el peligro que se cernía en torno de su Iglesia. El 15 de julio de 1838, Ralph Waldo Emerson, pronunció un discurso, conocido como The Divinity School Address, que resultaría decisivo para la historia del unitarismo. Influido por la filosofía racionalista y romántica alemana y el hinduismo, Emerson proponía el trascendentalismo: una vía intuitiva basada en la capacidad de la conciencia individual, sin necesidad de milagros, jerarquías religiosas ni mediaciones.
Se asociacian también al trascendentalismo a los amigos de Emerson y miembros del Trascendental Club, Walt Whitman y Henry David Thoreau.


El trascendentalismo americano que propone Ralph Waldo Emerson parte del fundamento trascendental planteado por el filósofo alemán Immanuel Kant. Este fundamento nos dice que los objetos no son reales y cognoscibles en sí mismos, sino que por el contrario, existen y son cognoscibles cuando están sometidos a condiciones a priori del sujeto.
Partiendo de este fundamento Fichte definió como idealismo trascendental su metafísica del Yo y del No-Yo. Schelling elaboró el sistema de idealismo trascendental y Schopenhauer denominó trascendental a la reflexión dirigida no a las cosas sino a la conciencia de ellas en cuanto meras representaciones.

Ralph Waldo Emerson haciendo uso del fundamento trascedental en su Ensayo sobre la Naturaleza nos dice que la verdadera independencia del individuo se consigue con la intuición y la observación directa de las leyes de la naturaleza.
Para Emerson, el ser humano cuando se encuentra en contacto con la naturaleza, haciendo uso de la intuición y la observación, es capaz de entrar en contacto con la energía cósmica; la fuente creadora de la vida, identificada como Dios -u orden- por los deístas, y como “totalidad” por los panteístas.


En filosofía y literatura, creer en una realidad superior que la adquirida mediante la experiencia de los sentidos o una clase superior de conocimiento que el logrado por la razón. Casi todas las doctrinas trascendentales derivan de la división de la realidad en un reino del espíritu y un reino de la materia.
El trascendentalismo supuso también un rechazo de las estrictas actitudes religiosas puritanas procedentes de Nueva Inglaterra, donde se originó el movimiento. Además, se opuso al ritualismo estricto y a la teología dogmática de todas las instituciones religiosas establecidas. 

Más importante aún, los trascendentalistas estuvieron influenciados por el Romanticismo, especialmente en aspectos como el examen de conciencia, la exaltación del individualismo y el elogio de las bellezas de la naturaleza y la humanidad. En consecuencia, los escritores trascendentalistas expresaron sentimientos semi-religiosos hacia la naturaleza, así como el proceso creativo, y veían una conexión directa, o una correspondencia, entre el universo (macrocosmos) y el alma individual (microcosmos). Según esta idea, lo divino impregna todos los objetos, animados o inanimados, y el objetivo de la vida era la unión con el denominado alma superior. La intuición, más que la razón, fue considerada como la facultad humana más elevada. La realización del potencial humano podía ser alcanzada a través del misticismo o gracias a una conciencia profunda de la belleza y la verdad del mundo natural circundante. Este proceso fue considerado como inherente al individuo, y toda la tradición ortodoxa se convirtió en sospechosa.
Entre los líderes del movimiento figuraban el ensayista Emerson, la feminista y reformadora social Margaret Fullerr, el predicador Theodore Parkerr, el pedagogo Bronson Alcott, y el autor y naturalista Henry Thoreau.

El libro más representativo de este movimiento fue Naturaleza de Emerson. Absorbió fuentes en ideologías tan contrarias y heterogéneas como el igualitarismo y humanismo propios de la Revolución, la contemporánea filosofía europea y ciertos aspectos del pensamiento puritano. El idealismo alemán (Hegel, Schelling, Fichte), el Espiritualismo (Swedenborg), el neoplatonismo, el misticismo oriental y aun el pensamiento y las concepciones filosóficas de románticos como Coleridge y Carlyle, no se hallaban ausentes en la ideología trascendentalista.
Del puritanismo adoptó la tendencia a subordinar todo valor al aspecto ético.
Este movimiento sostuvo que el Hombre (más precisamente, su alma) era el centro espiritual del universo, pues solamente en él podía hallarse la clave de la historia, de la naturaleza, y aun del universo mismo.
Donde la teoría trascendentalista se volvía más personal era en la participación asignada al individuo. La virtud y la felicidad – decían – dependen de la autorrealización y esta, a su vez, emana de una armónica conciliación entre dos tendencias psicológicas universales: el impulso expansivo, de trascendencia del yo y el impulso de autoafirmación personal, el anhelo de constituir una individualidad única e indivisa. Aportes espiritualistas, místicos y aun cierta anticipación de corrientes filosóficas posteriores, confluían en distinta medida en la plasmación de esta ideología. 
El trascendentalismo sostenía además una especial correspondencia que, según Emerson, debía existir entre las leyes naturales y las espirituales. Como luego lo hará Whitman en sus poemas, Emerson afirma que “el hombre debe ser su propia iglesia”, idea que éste desarrolla y amplía.


Entre los jóvenes intelectuales se comenzaba a hablar de una nueva era espiritual, como respuesta a la profunda insatisfacción frente al viejo patriotismo. La riqueza y el poder de América no les interesaban, deseaban explorar el mundo clásico, la filosofía y la vida interior. Estudiaban las corrientes literarias griegas, la filosofía alemana y entraron en contacto con lecturas de la India. 

En el centro de esta actividad cultural e intelectual se encontraban los trascendentalistas, que fundaron un movimiento más dedicado a la profundización en el sentimiento y en las creencias que a un sistema filosófico. Enfrentados frontalmente con el puritanismo conservador y el unitarismo -como movimiento cristiano que no aceptaba el concepto de Trinidad divina- de sus antepasados, consideraban estas concepciones religiosas como frías, negativas y sin vida. Su doctrina se centraba en el descubrimiento de la verdad a través del sentimiento y de la intuición más que por medio de la lógica: la capacidad de conocimiento intuitivo de la verdad, trascendiendo los sentidos.


El pensamiento trascendentalista estaba basado en los siguientes principios: la unidad esencial de toda la Creación, la bondad innata del ser humano, la supremacía del “insight” (lo intuitivo) sobre la lógica y la experiencia, y la tendencia a la unión de lo individual y lo universal.

Ecléctico y cosmopolita, el Movimiento Trascendentalista propugnaba que el alma de cada individuo es idéntica al espíritu universal. El hombre puede desarrollar sus potencialidades divinas, ya sea a través de un éxtasis místico o entrando en contacto con la verdad, la belleza y la bondad encarnadas en la naturaleza: la fuerza vital, incluso Dios, pueden encontrarse en cualquier sitio, ir a lugares sagrados no es necesario, no facilita esa búsqueda.

El poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson (1803-82) fue su figura más relevante. El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la libertad que conduce a la realización de uno mismo. Su primer ensayo, Nature, encierra todos los principios de su doctrina.

El movimiento trascendentalista rechazaba los convencionalismos del siglo XVIII y, tras manifestar su disconformidad con el unitarismo, acabaron por repudiar todo el orden establecido, defendiendo reformas que afectaban a la iglesia, al estado y a la sociedad en general. Los trascendentalistas contribuyeron notablemente en los movimientos de la Free Church y en la abolición de la esclavitud.
Emerson señalaba la necesidad de defender la independencia individual despreciando la imitación que dominaba el conformismo, de olvidar lo que la gente pueda pensar, de confiar en el instinto, vencer la duda y enarbolar la bandera de la fe y el optimismo (mensaje renovador por excelencia, por cierto). En su ensayo The Poet condena a los artífices de la palabra, demanda que la verdad logre su supremacía, y reclama que el relato sea la sublimación de la propia existencia.

Biografía de Walt Whitman.

Walt Whitman
(West Hills, EE UU, 1819 - Camden, id., 1892) Poeta estadounidense. Hijo de madre holandesa y padre británico, fue el segundo de los nueve vástagos de una familia con escasos recursos económicos. Pasó sólo ocasionalmente por la escuela y pronto tuvo que empezar a trabajar, primero, y a pesar de su escasa formación académica, como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta.
Allí se despertó su afición por el periodismo, interés que le llevó a trabajar en varios diarios y revistas neoyorquinos. Nombrado director del Brooklyn Eagle en 1846, permaneció en el cargo sólo dos años debido a su disconformidad con la línea abiertamente proesclavista defendida por el periódico. Su afición por la ópera (género que influyó enormemente en su obra poética) le permitió coincidir en una noche de estreno con un dirigente del periódico de Nueva Orleans Crescent, quien lo convenció para que dejara Nueva York y aceptase una oferta para trabajar en el diario.
Durante el viaje hacia al Sur, que emprendió en 1848, tuvo la oportunidad de contemplar una realidad, la de provincias, para él totalmente desconocida y que, en definitiva, sería decisiva para su carrera futura. Por todo este conjunto de experiencias, cuando regresó a Nueva York, unos meses después, abandonó el periodismo y se entregó por completo a la escritura.
La primera edición de su gran obra, sin embargo, no vio la luz hasta 1855. Esta primera edición de Hojas de hierba (Leaves of grass) (habría otras ocho en vida del poeta) constaba de doce poemas, todos ellos sin título, y fue el propio Whitman quien se encargó de editarla y de llevarla a la imprenta. De los mil ejemplares de la tirada, Whitman vendió pocos y regaló la mayoría, uno de ellos a Ralph Waldo Emerson, importante figura de la escena literaria estadounidense y su primer admirador. Su crítica, muy positiva, motivó a Whitman para seguir escribiendo, a pesar de su ruinosa situación económica y de la nula repercusión que, en general, habían tenido sus poemas.
Al año siguiente apareció la segunda edición y, cuatro años más tarde, la tercera, que amplió con un poema de presentación y otro de despedida. La noticia de que su hermano George había sido herido, al comienzo de la Guerra Civil, le impulsó a abandonar Nueva York para ir a verle a Fredericksburg. Más tarde se trasladó a Washington D.C. donde, apesadumbrado por el sufrimiento de los soldados heridos, trabajó voluntariamente como ayudante de enfermería. Tras el fin de la contienda, se estableció en Washington, donde trabajó para la Administración. Allí publicó varios ensayos de contenido político, en los cuales defendía los ideales democráticos, pero rechazaba el materialismo que, a su juicio, impregnaba la vida y las aspiraciones de la sociedad estadounidense.
Aquejado de varias enfermedades, en 1873 se vio obligado a abandonar Washington y trasladarse a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética, y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba.
Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa, a la vez que creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente. El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos de su poética; en línea con el romanticismo del momento, propuso en su poesía una comunión entre los hombres y la naturaleza de signo cercano al panteísmo. Tanto por sus temas como por la forma, la poesía de Whitman se alejaba de todo cuanto se entendía habitualmente por poético, aunque supo crear con los nuevos materiales momentos de hondo lirismo.
http://www.luisemiliorecabarren.cl/?q=node/4177

No te detengas.

No te detengas 

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

miércoles, 2 de abril de 2014

Poema 48 de Walt Whitman

XLVIII

Y yo he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,
y que el cuerpo no vale más que el alma,
y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo.
Y aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral.
Tú y yo, sin un céntimo, podemos comprar el pico más alto de la sierra;
y el fulgor de una pupila
y un guisante en su vaina
humillan toda la sabiduría del mundo.
No hay otro oficio ni empleo que aquel que enseña al mozo a ser un héroe.
Y por blando que sea un objeto, puede ser un día el eje en que descanse la rueda del universo.
Y digo a todos los hombres y mujeres: Serenad vuestro espíritu frente a los universos infinitos.
Y digo también: No os preocupéis de Dios.
A mí, que todo me preocupa, no me preocupa dios.
No me preocupan ni Dios ni la muerte.
Yo oigo y veo a Dios en todas las cosas, pero no lo comprendo,
como no comprendo que haya nada en el mundo más admirable que yo.
¿Por qué voy a empeñarme en que Dios sea otra cosa mejor que este día?
En cada hora hay algo de dios
y en cada minuto también.
En el rostro de las mujeres
y en el rostro de los hombres está Dios,
y en mi propio rostro lo veo también cuando me miro al espejo.
Encuentro cartas de dios en la calle,
cartas firmadas con su nombre
y no las recojo porque sé que en cualquier sitio encontraré otras semejantes.

Miles y miles me saldrán al paso, puntuales, por dondequiera que camine.

domingo, 30 de marzo de 2014

Origen de los cuentos.

El origen de los cuentos
 
Víctor Montoya*
El escuchar y el contar son necesidades primarias del ser humano. La necesidad de contar también resulta del deseo de hacerlo, del deseo de divertirse a sí mismo y divertir a los demás a través de la invención, la fantasía, el terror y las historias fascinantes. Es en este deseo humano en el cual la literatura tiene sus orígenes. Hans Magnus Enzensberger considera que el analfabeto primero, clásico, no sabía leer ni escribir, pero sabía contar. Era el depositario y transmisor de la tradición oral y, por lo tanto, el inventor de los mitos y leyendas.
La tradición oral y los cuentos populares

Las culturas de todos los tiempos tuvieron deseos de contar sus vidas y experiencias, así como los adultos tuvieron la necesidad de transmitir su sabiduría a los más jóvenes para conservar sus tradiciones y su idioma, y para enseñarles a respetar las normas ético-morales establecidas por su cultura ancestral, puesto que los valores del bien y del mal estaban encarnados por los personajes que emergían de la propia fantasía popular. Es decir, en una época primitiva en que los hombres se transmitían sus observaciones, impresiones o recuerdos, por vía oral, de generación en generación, los personajes de los cuentos eran los portadores del pensamiento y el sentimiento colectivo. De ahí que varios de los cuentos populares de la antigüedad reflejan el asombro y temor que sentía el hombre frente a los fenómenos desconocidos de la naturaleza, creyendo que el relámpago, el trueno o la constelación del universo poseían una vida análoga a la de los animales del monte. Empero, a medida que el hombre va descubriendo las leyes físicas de la naturaleza y la sociedad, en la medida en que avanza la ciencia y el conocimiento de la verdad, se va dando cuenta de que el contenido de los cuentos de la tradición oral, más que narrar los acontecimientos reales de una época y un contexto determinados, son productos de la imaginación del hombre primitivo; más todavía, los cuentos que corresponden a la tradición oral, además de haber sufrido modificaciones con el transcurso del tiempo, no tienen forma definitiva ni única, sino fluctuante y variada: a la versión creada por el primer narrador, generalmente anónimo, se agregan los aciertos y torpezas de otros narradores que, a su vez, son también anónimos. Las modificaciones tampoco han sido iguales en todos los tiempos y lugares, de manera que existen decenas y acaso centenas de versiones de un mismo cuento.
"El cuento -en general- es una narración de lo sucedido o de lo que se supone sucedido", dice Juan Valera. Esta definición admite dos posibilidades aplicables a la forma y el contenido: cuento sería la narración de algo acontecido o imaginado. La narración expuesta oralmente o por escrito, en verso o en prosa. Cuento es lo que se narra, de ahí la relación entre contar y hablar (fabular, fablar, hablar). Es también necesario añadir que, "etimológicamente, la palabra cuento, procede del término latino computare, que significa contar, calcular; esto implica que originalmente se relacionaba con el cómputo de cifras, es decir que se refería, uno por uno o por grupos, a los objetos homogéneos para saber cuántas unidades había en el conjunto. Luego, por extensión paso a referir o contar el mayor o menor número de circunstancias, es decir lo que ha sucedido o lo que pudo haber sucedido, y, en este último caso, dio lugar a la fabulación imaginaria" (Cáceres, A., 1993, p. 4).
Ningún género literario ha tenido tanto significado como los cuentos populares en la historia de la literatura universal. El cuento, a diferencia del episodio único de la fábula o la exaltación de seres extraordinarios del mito y la leyenda, tiene muchos más episodios y un margen más amplio que permiten explayar personajes y acciones diversas. Otra diferencia es que el resultado final de los cuentos no siempre es optimista o feliz como en la fábula, la leyenda y el mito, cuyos atributos son la valentía, la inteligencia y el heroísmo de sus personajes. En el mundo del cuento todo es posible, pues tanto el transmisor como el receptor saben que el cuento es una ficción que toma como base la realidad, pero que en ningún caso es una verdad a secas.
No obstante, la sabiduría del pueblo no ha titubeado, desde que el mundo es mundo, en aceptar como verdad el argumento de la leyenda, el mito y la fábula hechos cuentos, ya que sus personajes y acciones recogen las narraciones contadas -y quizá cantadas- por el pueblo. En tal sentido, el relato oral fue durante siglos el único vehículo de transmisión del cuento, no sólo para deleite de los mayores, sino también para la distracción de los niños, debido a que el cuento contiene elementos fantásticos, que cumplen la función de entretener a los oyentes y enseñarles a diferenciar lo que es bueno y lo que es malo.
El origen del cuento se remonta a tiempos tan lejanos que resulta difícil indicar con precisión una fecha aproximada de cuándo alguien creó el primer cuento. Se sabe, sin embargo, que los más antiguos e importantes creadores de cuentos que hoy se conocen han sido los pueblos orientales. Desde allí se extendieron a todo el mundo, narrados de país en país y de boca en boca. Este origen oriental se puede aún hoy reconocer sin dificultad en muchos de los cuentos que nos han maravillado desde niños, y que todavía los leemos o narramos. Así, en muchos casos son orientales sus personajes, sus nombres y su manera de vestir, sus bosques o sus casas y también su forma de comportarse, su mentalidad y, en muchos casos, la "moral" del cuento. Y, por último, es también típica del mundo oriental la manera de entender y de vivir la vida reflejada en los cuentos.

Cuentos orientales

Las colecciones más importantes y conocidas de cuentos orientales traídos a Europa y de Europa a América son: Las mil y una noches y Calila y Dimna. Una y otra fue motivo de versiones, adaptaciones o imitaciones por parte de las literaturas europeas, desde las mediterráneas hasta las anglosajonas. Es más, "la palabra contar, con la significación de referir hechos, se la encuentra ya en el Calila y Dimna, cuya versión castellana data aproximadamente del año 1261. En realidad el Calila y Dimna es una de las más extensas y originales colecciones de apólogos orientales; al parecer su recopilador Barzuyeh, médico de Cosroes I, rey de Persia, dio a conocer la existencia de estos apólogos entre los años 531 y 570. Cabe recordar que el apólogo es la forma más antigua con que se conoce el cuento; en tal sentido, el apólogo también es definido como una ficción narrada, más concretamente como un hecho real del que se puede sacar una enseñanza moral (Cáceres, A., 1993, p. 4).
Ya en el siglo X, los primeros cuentos de origen árabe y persa llegaron a Europa en boca de mercaderes, piratas y esclavos. Más tarde, éstos mismos, diseminados en disímiles versiones, llegaron a otros continente tras la circunnavegación y el descubrimiento. La prueba está en que un mismo cuento puede encontrarse en distintos países; por ejemplo, "La Cenicienta", que probablemente honda sus raíces en los albores de la lucha de clases, conoce más de trescientas variantes, y deducir su verdadero origen, como el de muchos otros cuentos -entre ellos del germano "Rosa Silvestre" y el francés "La bella durmiente del bosque", que son variantes de un mismo tema-, sería un cometido casi imposible. Asimismo, muchos de los cuentos folklóricos, como los compilados por los hermanos Grimm y Charles Perrault, no tienen autores ni fechas, y aunque en un principio hubiesen sido invenciones de algunos cuentistas anónimos, en nada contribuiría a nuestro análisis, ya que estos cuentos, con el transcurso del tiempo, sufrieron una serie de modificaciones según las costumbres y creencias religiosas de cada época y cultura.
Existen varias teorías acerca del origen de los cuentos, pero se sabe que muchos de ellos tienen su origen en el lejano Oriente. Los primeros cuentos árabes se hallan impresos en rollos de papiro desde hace más de 4000 años. Aquí se menciona por primera vez a las hadas que, según cuenta la tradición, aparecían en el nacimiento de un niño para ofrecerle regalos y señalarle el camino de la dicha o la desgracia, como en el príncipe condenado a muerte, que data de 1500 años antes de J. C. No en vano Montegut se adelantó en decir que, las hadas tienen su origen en Persia, "en ese pueblo espiritual, sutil y voluptuoso, el más fino de Asia. Salieron de esos enjambres de espíritu elementales que hizo nacer la doctrina del dualismo y obedecieron a los encantamientos y a las invocaciones de los magos. Ahí pasaron su larga y voluptuosa infancia jugando en la luz, en un aire seco y puro en todos los países con el polvo del Irán, en donde se detuvieron los viajeros y los extranjeros que las llevaron con ellas, sin saberlo, en el pliegue de sus ropas, en un pliegue de su turbante y las sacudieron en seguida, junto con el polvo llevado del Irán, en donde se detuvieron" (Montegut, E., 1882, p. 654).
Los cuentos de procedencia oriental, como los cuentos de hadas que tienen su origen en las leyendas y el folklore de los primeros tiempos, tienen el soporte de la fantasía y comienzan de una forma tradicional: "Érase una vez, un rey en Egipto que no tenía ningún hijo... Hace mucho, muchísimos años, en un lejano país del Oriente, allá donde el sol asoma cada mañana con su cara de oro y fuego, hubo un rey muy poderoso y cruel..." Lo que sigue a continuación no es más que la fusión de la realidad y la fantasía, del mito y la leyenda; fuentes de las cuales bebieron poetas y cuentistas, como si hubiesen mamado de una misma madre, quizá por eso existe tanto parecido entre los libros de unos y de otros.

Las mil y una noches

El lejano Oriente fue también la cuna de Las mil y una noches, célebre colección de cuentos que nos abre las puertas de un mundo lleno de encantos y alucinaciones, narraciones de aventuras fascinantes que proceden de siglos diferentes y cuya redacción definitiva es posterior al siglo XVI. Las mil y una noches es, pues, una creación colectiva de árabes, persas, judíos y egipcios, que escribieron en un estilo popular, lleno de expresiones que no pertenecen al árabe clásico, y aún a veces haciendo uso de dialectos, como en el cuento de "Aladino y la lámpara maravillosa", que fue escrito en dialecto siríaco.
Esta colección de cuentos que pinta poéticamente la vida de los hombres del Oriente, y, particularmente, la astucia de las mujeres del harén, es una joya literaria y una "caja de Pandora", que encierra las figuras más inverosímiles de la imaginación y la fantasía. De principio a fin, los cuentos están cargados de un enorme poder sugestivo, a pesar de que la historia se inicia con un rey, quien en venganza del daño que le causó su primera esposa, da muerte a las demás una vez celebrada la noche de bodas, hasta el día en que contrae matrimonio con la hija del visir de su reino, con la joven y hermosa Schahrazada, quien, para evitar su muerte, relata a su hermana Doniazada y a su esposo, el rey, los episodios de una historia que se prolonga durante mil y una noches -y no mil-, seguramente debido a las supersticiones que los árabes tienen con relación a los números enteros, misterio numérico que se conserva hasta nuestros días.
Según las primeras versiones, la historia de Las mil y una noches comienza cuando "el Rey Schahzamán sorprende una noche a su mujer tendida en el lecho, abrazada con un esclavo, y, desenvainando el alfanje, los deja a ambos muertos sobre los tapices de la cama. Entonces sale a visitar a su hermano, el poderoso Rey Schahriar. Llega entristecido pero trata de mantener en secreto los acontecimientos. Por casualidad, un día se asoma a una ventana en el palacio y ve a la mujer de su hermano entregada a libertinajes aún más escandalosos que los de su propia mujer. Al verlo, su humor se levanta un poco, y va a compartir con el inocente Schahriar su desgracia común. Habiéndose cerciorado de los hechos, Schahriar parte con su huésped para pensar sobre lo que harían. Los dos hermanos marchan día y noche hasta que llegan a descansar debajo de un árbol, en medio de una solitaria pradera junto al mar. Luego ven brotar del mar una negra columna de humo. Asustados, los reyes suben a la cima del árbol y miran. La columna se convierte en un efrit -una especie de genio- quien abre una caja de la cual aparece enseguida una joven de espléndidas proporciones. El efrit cae dormido y la jovencita señala a los dos reyes para que desciendan. Les enseña un collar compuesto de quinientos setenta anillos cuyos dueños la habían poseído a ella junto a los cuernos insensibles del efrit. Reclama también los anillos de los dos hermanos y explica que pese a las precauciones extraordinarias tomadas por su raptor, siempre ha sido capaz de burlarle, tan fuerte es la habilidad de una mujer, una vez que tiene ganas de hacer algo. Ese intervalo milagroso puede entenderse como una clase de vuelo de fantasía del Rey Schahriar, indicativo del crecer de un profundo y agrio recelo contra todas las mujeres. De este modo el rey experimenta una fuerte transformación, y su primer acto al volver a casa es mandar degollar a su esposa. Enseguida ordena a su visir que cada noche le lleve una joven virgen. Y cada noche, después de arrebatarle su virginidad, manda que la maten. Esto continúa durante tres años, hasta que se agota la provisión de vírgenes en el reino, salvo las dos hijas doncellas del visir mismo. La mayor se llama Schahrazada y la menor Doniazada. Schahrazada propone a su padre para casarse con el rey, con la esperanza de ser el rescate de muchas otras de entre las manos del rey. El visir lo acepta con mucho dolor, y la lleva al rey. Al llegar la hora fatídica, Schahrazada implora al rey que le permita despedirse de su querida hermana. Schahriar tiene piedad y mientras le arrebata su virginidad, sus sirvientes van en búsqueda de Doniazada. La joven, una vez llegada, pide de Schahrazada un cuento de despedida y el rey nuevamente accede. La astuta hija del visir empieza a contar una historia, pero la deja incompleta. Así coacciona al rey, quien, movido por la curiosidad, le permite vivir otro día para que la historia sea terminada. Y de esta manera Schahrazada procura narrar sus relatos intrincados y encantadores, noche tras noche, durante mil noches y una noche" (Heisig, J.W., 1976, p. 100-101).
Como es de suponer, Scheherazada no sólo apacigua la crueldad del rey y salva a su pueblo de un baño de sangre, sino también teje con el ovillo de su imaginación una historia detrás de otra, con cíclopes de un solo ojo, aves gigantes y ballenas que ponen en peligro la vida de "Simbad, el marino", o en las cuales la simple pronunciación de palabras mágicas transforman a los humanos en bestias y a las bestias en humanos, como en "La historia de los tres viejos". Se tratan de cuentos fantásticos en los que las alfombras, cajas, mujeres y caballos vuelan cual pájaros hasta desvanecerse en el aire, como en "El caballo volador", o cuyas fórmulas mágicas abren montañas y descubren riquezas en deslumbrantes cantidades, como en "Alí Baba y los cuarenta ladrones". En estos cuentos no es raro que un cofre abandonado en la cima de un monte conduzca a un sótano rodeado de piedras preciosas y, ésta a su vez, a unos jardines cuyos árboles dan frutos de oro macizo, como en "Aladino y la lámpara maravillosa". Los genios, nacidos del cuello de una botella para castigar a los malos y premiar a los buenos, aparecen y desaparecen en los remolinos de polvo y entre la copa de los árboles, como en "El mercader y el genio" o "El ladrón de Bagdad", donde un genio, mofletudo y de aspecto bondadoso, emerge de la boquilla de una lámpara, rodeado de un luminoso halo de luz, para hacer rico al pobre y pobre al codicioso. Con seguridad, muchos recuerdan todavía estas palabras: "¡Ábrete, Sésamo!" o las profecías del profeta Mohamed, quien lee el pensamiento de sus adversarios y descubre los secretos escondidos en el corazón humano.
Estos cuentos fantásticos, que tuvieron una gran importancia en Europa y el mundo, que han inspirado a los escritores de todos los tiempos y han deleitado a grandes y chicos, fueron traducidos por primera vez a un idioma occidental por el francés Antoine Galand, en doce volúmenes (1704-1717), los cuales no sólo se ciñeron a un texto único, sino a varios manuscritos que son piezas de un mismo mosaico. "Por otra parte, se han ido descubriendo los textos árabes de cuentos que se hallaban en las ediciones orientales conocidas, como el de ‘Aladino y la lámpara maravillosa’. En suma, se ha ido haciendo un minucioso trabajo de recopilación y de crítica" (Véase Historia Universal de la Literatura, 1978, p. 98-99).
En la actualidad se conocen una infinidad de ediciones de Las mil y una noches, con traducciones y adaptaciones destinadas a la infancia, sin que por esto se haya omitido o alterado lo más relevante de esta obra clásica: la fantasía.
FIN