domingo, 21 de abril de 2013

Los Romances.


LOS  ROMANCES

Los romances constituyen la poesía popular (no vulgar) de las primitivas gestas. No son originariamente españoles. Adquirieron gran difusión en España y en todo el mundo de habla hispana. Es una poesía espontánea y de índole popular. Recogió hechos y escenas de la vida e historia de España, desde el siglo XII hasta el siglo al siglo XVI.
El pueblo oía los romances sin cansarse y continúan viviendo hasta nuestros días. Así, la poesía pura se vengó de los doctos y eruditos, puestos estos la menospreciaron por su humilde origen, pero no tuvieron en cuenta su belleza y valor.
En cuanto a los orígenes de los romances, no se sabe exactamente la fecha en que se escribieron los primeros ni de dónde procedían. Los Romances viejos son del siglo XV. Se sostiene también que nacieron con los comienzos del castellano: romance.
Los Romanceros son la colección de romances que, a partir del siglo XV aparecieron en España. El Romancero es considerado la quinta esencia de lo castellano.
Los Romances viejos son breves poemas épico-líricos, destinados al canto con acompañamiento de un instrumento.
El romancero es la poesía tradicional y colectiva que se conservó de generación en generación  por trasmisión oral, hasta que se publicaron. No tienen autor conocido. Cuando la epopeya se agotó como género, el pueblo recordó los restos más significativos de las largas tiradas cantadas por los juglares en plazas y mercados.
Según Menéndez Pidal, algunos romances viejos son fragmentos de Cantares, conservados en la memoria popular. Al ser transmitidos oralmente, esos fragmentos épicos van transformándose con agregados y cortes, de acuerdo con la voluntad del transmisor. De ahí, que cada romance viejo ofrezca una serie de variantes, por lo que es imposible reconocerles un autor: SON FRUTO DE LA CREACIÓN COLECTIVA Y ANÓNIMA.
El género literario de los romances es épico-lírico.
Los romances se agrupan en ciclos temáticos que se desarrollan en diferentes épocas:
1. Romances del Rey don Rodrigo o destrucción de España (siglo VIII).
2. Romances Carolingios.
3. Romances de los Infantes de Lara, del Cid (siglos X y XI).
4. Romances Moriscos o Fronterizos (siglo XV).
5. Romances Novelescos (no datan época precisa).
Los temas varían con los diferentes ciclos. Los principales son:
·         Exaltación de los antiguos héroes de la Reconquista, como por ejemplo y aliento para seguir la lucha (1 y 3).
·         Recuerdos de las vicisitudes de Carlomagno y de Rolando, narrados en la Chanson de Roland (2).
·         Comentario de los sucesos ocurrido en la guerra contra el reino moro de Granada (4).
·         Versiones fantaseadas de la vida cotidiana: encuentro de señores cultos con serranas, doncellas, que de algún modo, participan de la guerra (5).
Los temas secundarios son:
·         La honra
·         La venganza
·         La derrota
·         La pasión amorosa
·         El dolor frente a la pérdida de seres, objetos o posesiones
·         La traición
·         Los conflictos familiares
·         La muerte (algunas veces personificada).

ROMANCE deriva del latín vulgar romanice, roma, designa a cada uno de los dialectos surgidos del tronco común latino. Luego romance pasa a designar a las lenguas romances. Y más tarde, en los siglos XIII y XIV, romanz, significa, obra literaria en lengua vernácula, no en latín; pasa luego a designarse romance a la literatura surgida en estas nuevas lenguas. Y ya en la segunda mitad del siglo XV Romance es la composición épico-lírica, que se canta al son de un instrumento musical. Esta aceptación se impone en el siglo XV, con el auge de estas composiciones poéticas.
Según Íbero Gutiérrez, hay cuatro clases de romances:
1- HEROICO-CABALLERESCOS: tienen generalmente un tema español.
2- NOTICIEROS O HISTÓRICO-CONTEMPORÁNEOS: los hechos históricos son difundidos, ubicamos aquí a los romances fronterizos, que aluden a la lucha contra los moros. Son creación de poetas españoles, pero influidos por la tradición y el gusto de los moros.
3- NOVELESCOS: son narrativos y campea en ellos una triunfal imaginación.
4- LÍRICOS: importa aquí la sensibilidad personal del poeta.

Los TROVADORES son los poetas que desde el siglo XII hasta el siglo XIV iban de castillo en castillo recitando hermosos versos, de los que solían ser ellos mismos los autores. La poesía trovadoresca fue notable por la perfección de la forma y la variedad de ritmos.
Los JUGLARES se ganaban la vida divirtiendo al pueblo con sus bailes, cantos y juegos. Generalmente recitaban o cantaban la poesía de los trovadores.
Un ROMANCE es la serie de versos octosílabos con rima asonante y pausa en los versos pares, los versos impares son libres. No se divide en estrofas (antiguos versos extensos, ahora divididos por los hemistiquios, formando las unidades octosilábicas). La unidad de los romances responde a una unidad de estilo, de constantes a nivel de lenguaje. El hecho de haber nacido del fragmentarismo, es decir, de haberse separado de un cuerpo poético más extenso, origina dos características: el comienzo abrupto y el final trunco.
Con respecto a los orígenes y a la evolución de los romances, Menéndez Pidal desmonta la teoría individualista de los franceses y transforma hábilmente la teoría romántica de los alemanes del “pueblo-poeta”, que él cambia en AUTOR-LEGIÓN. Estudiando los romances castellanos llega a famosas y controvertidas conclusiones acerca de sus orígenes: crea la teoría tradicionalista. Cuando las gestas llegaron a determinado momento de decadencia, los poemas épicos medievales se “desgajaron” en fragmentos, los correspondientes a los episodios más interesantes para el público: los oyentes se hacían repetir el pasaje más atractivo del poema que el juglar les cantaba; lo aprendían de memoria y al cantarlo ellos, a su vez, lo popularizaban, formando con esos pocos versos, un canto aparte, independiente del conjunto: un romance.
Estos fragmentos son ROMANCES TRADICIONALES en los cuales la tradición épica pervive. Ante el éxito de éstos, los juglares compusieron otros de tema épico y de historia nacional, de temas extranjeros, carolingios, más narrativos y pormenorizados, tendentes cada vez más a lo lírico e intuitivo: son los ROMANCES JUGLARESCOS. Entonces el pueblo aprende de memoria, los trasmite y al mismo tiempo los modifica, dando lugar a muchas variantes del mismo romance, diseminadas por todo el dominio lingüístico castellano (incluido el sefaradí), catalán y portugués. Se trata de una poesía que vive en variantes, a través de un transmisor/autor, una poesía en constante re-elaboración. Por tanto, para Menéndez Pidal, los romances pueden considerarse como las ruinas épicas. Parece más apropiado lo que dice Américo Castro: los viejos poemas no se desmoronan por sí mismos; lo que ocurre es que se desplaza el polo de la sensibilidad poética humana.
El gran éxito del Romancero coincide con la invención y propagación de la imprenta. Durante la primera mitad del siglo XVI se produce el extraordinario fenómeno de aparición e inundación de pliegos sueltos en el mercado literario: empiezan a aparecer en la imprenta esos folletos que se pueden adquirir por unas monedas y a las que pasa la poesía hasta entonces divulgada entren la masa solo por vía oral. Los pliegos incluyen romances de todas clases con glosas o sin ellas.
La gran eclosión se produce en torno a 1548 con la aparición del Cancionero de romances (sin fecha) de Martín Nucio. Incluye 153 romances tomados de Cancionero General de pliegos sueltos y de la tradición oral.
Con la impresión mejora la calidad poética. Los Romances Viejos han sufrido dispersión geográfica. Para Smith, la balada (romance) es atractiva para toda la gente (niños, adultos) y para las diferentes clases sociales. La balada es el común denominador del gusto.
En la segunda mitad del siglo XVI aparecen los Romances cultos NUEVOS o ARTÍSTICOS, escritos por poetas de esa época, incorporados a la comedia del Siglo de oro. Son textos muy diferentes a los romances tradicionales. De ahí surge la dicotomía mayor entre lo culto y lo popular.
FUNCIÓN DEL ROMANCERO
No se puede considerar la función del romancero como un todo. Por ejemplo, los romances históricos tienen una finalidad política. Plantean crítica al sistema establecido. Débax considera que lo que se difunde es la ejemplaridad de tal o cual hecho, la ejemplaridad que se le quiere dar, y que resiste el interés anecdótico de actualidad.
Existe gran número de romances que tratan de incestos, adulterios, relaciones sexuales, relaciones amorosas, con finales que han ido cambiando a lo largo de los tiempos y épocas adaptándose a la moral dominante, a veces torpemente (la mayoría de los romances modernos terminan por un casamiento).
Lo más llamativo es el papel (extraordinario y preponderante) de la mujer en esas relaciones sexuales y amorosas. Un tipo femenino que no es el convencional de una sociedad masculina. Hay increíbles mujeres decididas tanto para la entrega amorosa como para la venganza si llega el caso.
Algunos romances tienen una función utilitaria, tratan la relación  de los trabajadores campesinos (siega, cosecha) o costumbres y formas de vida familiares de la sociedad tradicional y comunitaria. La modernización de la sociedad habilita a la pérdida de estas funciones de los romances.
Algunos romances cantados tienen una función lúdica o de diversión, utilizados en fiestas populares, romerías, bodas.
FORMA
La forma métrica de los romances es: versos de ocho sílabas, con rima asonante en los pares e impares libres. Esta forma procede de los poemas épicos: versos de dieciséis sílabas con una fuerte cesura intermedia, la cual, al agudizarse, habría provocado la partición del verso largo en dos cortos,  octosílabos.
Más modernamente, se piensa que la métrica romanceril tiene mucho que ver con el isosilabismo de las jarchas mozárabes (isosilábico: versos, palabras, formas, que poseen el mismo número de sílabas. Jarchas: palabra que en árabe significa “salida”, designa una estrofa de lengua vulgar mozárabe mezclada a veces con árabe. Pertenece al tipo de las cántigas de amigo, que más tarde tendrán extenso cultivo en la lírica gallego-portuguesa).
El octosílabo es la base de la métrica castellana, es la característica nacional. La asonancia es un rasgo propio de la épica (romances más viejos), típica de la poesía castellana.
El romance típico no tiene división estrófica. Pero también existe agrupación de versos: cuartetas, relación con la estrofa castellana. Hay también romances con estribillo, y éste es cantado por todos los integrantes del coro, mientras el resto del texto es recitado por el trovador o juglar.
En lo referente a la sintaxis, los romances presentan escasez de adjetivos, de complementos y de oraciones subordinadas; en cuanto a los sustantivos, suelen estar duplicados.
Hay alternancia de tiempos verbales: presente-pretérito, por expresividad, dinamismo y movimiento. Y esta alternancia es característica de la literatura oral, se empleaba para sostener y conseguir la atención del público. En discurso directo se emplea el imperfecto, alternando con el presente (éste introduce a los oyentes en el desarrollo de los hechos narrados). El imperfecto les hace recordar su propia posición temporal, quitando la ilusión de la presencia, de la concomitancia que da el presente. Para que sea dinámico, se emplean más verbos que sustantivos y los adjetivos son escasos. El uso de fórmulas se repite en diversos y muchos romances.
En cuanto al léxico: se distinguen un polo temático y un polo de grupo (no de autor). El romance se cantaba y tenía su propia música.
La extensión es variable: el ejemplo del menos extenso es el Romance del Prisionero, en su versión corta: 16 versos; y el Romance del conde Dirlos, como ejemplo de gran extensión: 1366 versos. La tendencia es que sean breves: aproximadamente 50 versos.

Rima XI de G. A. Bécquer.


Rima XI
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
                                        —No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
                                        —No, no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
                                      —¡Oh ven, ven tú!
Gustavo Adolfo Bécquer.

Leyenda anónima "El amor y la locura"



“En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón.” Friedrich Nietzsche

 
EL AMOR Y LA LOCURA 


 En el principio de los tiempos, cuando no existía nada. Cuando ni siquiera el tiempo existía porque nadie había inventado nada para llevarle la cuenta. Cuando el hombre todavía no existía, en mitad del universo estaban reunidos los vicios y las virtudes que más tarde poblarían a los humanos en mayor o menor medida.

Y los vicios y las virtudes se pasaban todo el día discutiendo y peleando, sobre todo azuzados por la Ira y la Discordia. Y discutían sobre quien habitaría el cuerpo de los humanos, si los vicios o las virtudes. Y no se ponían de acuerdo porque unos decía que habría más virtudes que vicios en los humanos y otros que al revés, que sería mayor el número de vicios que estarían en los humanos.

Y como nadie se ponía de acuerdo. La Locura, que estaba loca, tuvo una idea que le pareció genial. Y dando brincos en mitad de la reunión dijo:

- Tengo una idea, tengo una idea para solucionar la discusión.

Todos se quedaron expectantes. Y la Locura dando carreras sin ton ni son y saltando por todos lados dijo:

- Es una idea genial que seguro que no falla. Sí, sí, sí, sí

En este punto la Intriga, que estaba realmente intrigada, pensó:

- "¿Cuál será la idea tan buena que ha tenido esta Locura?"

Y la Locura seguía dando botes y haciendo cabriolas y diciendo:

- ¡Lo tengo! ¡Lo tengo!

Y la Intriga que estaba cada vez más intrigada, azuzada por la Curiosidad preguntó por fin:

- Oye, ¿Y cuál es esa idea tan buena?

La Locura dio un brinco y después otro y dijo:

- Muy fácil, muy fácil, muy fácil. ¡Se trata de un juego!

Como la Locura seguía dando saltos y no parecía que fuese a decir nada más, la Intriga preguntó:

- ¿Y qué juego es?

- Es muy sencillo, es un juego genial y muy divertido. - dijo la Locura - Es el juego del escondite.

Entonces la Intriga sí que se quedó intrigada. Y como ya no podía soportar tanta intriga dijo:

- ¿Y qué demonio de juegos es ese?

- Muy fácil, muy fácil, muy fácil. - dijo la Locura dando vueltas alrededor de la Intriga - Uno de nosotros se pone a contar de uno a cien de cara a un tronco muy grande y con los ojos tapados. Y los demás salen corriendo a esconderse donde puedan. Luego el que cuenta sale a buscar a los demás. Si al último que encuentre es una virtud, serán las virtudes las que habiten al hombre en mayor número, si es un vicio serán los vicios los que habiten a los humanos.

Entonces alguien entre la multitud dijo:

-¿Y si encuentra una pareja de virtud y vicio?

La Locura pensó un instante y dijo:

- Muy sencillo, se repartirán por igual.

La Inteligencia, que hasta entonces se había creído la más inteligente pensó:

- "Vaya idiota que se le ha ocurrido a esta Locura. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?"

Entonces la Intriga preguntó:

- ¿Y quién va a contar?

Y la Ternura dijo:

- Anda, Locura, ya que se te ha ocurrido a ti tan buena idea, ¿qué mejor que seas tú quien cuente?

- De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. - dijo la Locura.

Y se fue a un tronco a contar:

- Veintisiete, cuarenta y dos, catorce, sesenta...

Todas las virtudes y los vicios salieron corriendo a esconderse.

La Justicia cogió de la mano a la Verdad, porque la Verdad siempre acompaña a la Justicia, y se fueron hasta un río que pasaba por allí cerca. Era un río de aguas cristalinas y puras. Y la Justicia dijo:

- Nos esconderemos aquí, para que luego digan que la Justicia no es clara. -

Y la Justicia se escondió en el fondo del río junto con la Verdad.

La Ensoñación cogió a la Ternura de la mano y dando saltitos se fueron a esconder detrás de una nube rosa. Y allí comenzaron a pintar las nubes de tonos morados, rojos, rosas y azules. Y es por eso que en los atardeceres el cielo se llena de nubes de colores.

La Lujuria cogió de la mano a la Pasión y juntas escalaron una montaña para esconderse en ella. Pero una vez dentro la temperatura empezó a subir y las rocas a calentarse y a fundirse hasta que la Lujuria y la Pasión hicieron nacer un volcán en aquella montaña.

La Pereza no se movió de donde estaba. Con el sueño que tenía ella, se iba a molestar en esconderse. Vamos, y se echó a dormir detrás de un banco que había por allí cerca.

Y así se fueron escondiendo todos, todos menos dos.

- treinta y tres, cincuenta y ocho, siete...

La Envidia, envidiosa como siempre, quería saber donde se escondía todo el mundo y se quedó allí en medio.

- setenta y siete, ochenta y seis, cincuenta y uno...

El otro que no se escondía era el Amor. Porque el amor es indeciso y no sabía dónde esconderse.

La Locura estaba llegando al final de la cuenta:

- noventa y ocho...

El Amor y la Envidia no sabían dónde meterse. La envidia vio un pino y se subió en lo alto.

- noventa y nueve...

En el último momento el Amor se tiró a un rosal de rosas rojas donde nadie se había escondido porque estaba lleno de púas.

- y ¡cien!

La Locura se dio la vuelta y empezó a buscar a sus compañeros.

- ¡Cruz por la Lealtad!- La Lealtad, leal como era, no se había movido del lado de la Locura.

- ¡Cruz por la Esperanza!- La Esperanza se había escondido cerca pensando que quizá no la encontrarían.

- ¡Cruz por la Ignorancia!- La Ignorancia, despistada salió preguntando

- ¿A qué estamos jugando?

- ¡Cruz por la gula que está comiendo pasteles!

- ¡Cruz por la Soberbia!

La Soberbia salió muy encendida y dijo:

- Me había escondido muy bien, ¿A que me has encontrado de las últimas?, ¡Vamos, con lo bien que me escondo yo!

- ¡Cruz por la Humildad!

La Humildad se acercó a la Locura y le dijo:

- La verdad es que me has encontrado un montón de bien.

- ¡Cruz por la Pereza!

La Pereza seguía durmiendo plácidamente a pesar de todo el alboroto que la Locura estaba montando.

La Locura llegó hasta el río de aguas cristalinas, miró al fondo y vio a la Verdad y a la Justicia. Y gritó:

-¡La Justicia y la Verdad están allá abajo!

La Justicia, que vio que la habían visto, revolvió el fondo para que las aguas se volvieran turbias y no pudieran verlas. Y le dijo a la Verdad:

- Tú quédate aquí que yo saldré por las dos y convenceré a la Locura de que no te ha visto.

Y la Verdad le hizo caso y allí se quedó, y la Justicia salió corriendo detrás de la Locura, y corría más y más hasta estar a punto de alcanzarla cuando de repente se tropezó con una piedra y se cayó. Con la caída se había lastimado una rodilla, pero aun así se levantó y siguió corriendo cojeando, pero cuando llegó la Locura ya había llegado.

Es por eso que la Justicia cojea, pero siempre llega. Y desde entonces a la Verdad no se le ve por ningún lado.

Entonces la Locura se fijó en que la montaña donde se habían ocultado la Pasión y la Lujuria ahora era un volcán.

-¡Qué raro! - se dijo la Locura. Y fue a investigar.

Así que la Locura subió por la ladera del volcán y se asomó al borde del cono. Y allá abajo, en una repisa de piedra Pasión y Lujuria estaban dando rienda suelta a todo lo que representaban. La Locura, avergonzada, dijo mirando para otro lado:

-¡Cruz por la Lujuria y la Pasión que están ahí abajo haciendo cosas feas! - y se fue corriendo dejando a la Lujuria y a la Pasión, quienes no se habían enterado de nada, con sus cosas.

Luego la Locura miró al horizonte y vio nubes de colores en forma de dragones, elefantes, princesas, duendes y castillos. Y pensó la Locura:

- "Esto parece cosa de la Ensoñación, y si la Ensoñación está por aquí la Ternura no tiene que andar lejos".

Y efectivamente, subió hasta las nubes y allí vio a la Ensoñación contándole cuentos a la Ternura y esta mientras tanto hacía nubes con las formas que le relataba la Ensoñación. Y la Locura, viéndolas tan atareadas no quiso molestarlas y escribió en una nube: "¡Cruz por la Ensoñación y la Ternura!" Y se fue.

La Locura ya había descubierto a todo el mundo menos a dos: la Envidia y el Amor (ya que a pesar de lo que decía la Justicia, ella tenía una cierta idea de por dónde estaba la Verdad. Los locos están locos, pero no son nada tontos). Ya no sabía dónde buscar y miró al cielo para pedir ayuda. Y con esto vio a la Envidia que estaba en lo alto del pino.

- ¡Cruz por la Envidia!

La Envidia, envidiosa de que no hubieran encontrado al Amor, se bajó del árbol y dijo:

- Pues el amor está escondido en esas zarzas.

La Locura dio vueltas a la zarza pero no vio al Amor, y es que el Amor es difícil de encontrar a veces.

- Pero busca bien, que está ahí.- dijo la Envidia.

La Locura intentó apartar las zarzas con las manos pero se pinchó

-¡Ay!

Y es que a veces el Amor hace daño sin querer.

- Pero busca bien, que seguro que está ahí. - azuzó la Envidia.

La Locura ya no sabía qué hacer y cogió una horca de dos puntas y comenzó a pinchar las zarzas con ella. Finalmente se oyó un grito que dejó a todos helados:

-¡Ahhhhh! -

El Amor salió de las zarzas con las cuencas de los ojos vacías bañadas en sangre. La Locura no sabía qué hacer, todos le estaban mirando, y sintiéndose culpable por lo que había hecho le prometió al Amor que a partir de ese momento sería su lazarillo.

Y es por eso que dicen que el Amor es ciego y siempre va acompañado por la Locura.



martes, 16 de abril de 2013

Análisis de la leyenda "El rayo de luna" en relación al perfil del héroe romántico



 ROMÁNTICOS Y   ROMANTICISMO.

Análisis de la leyenda "El rayo de luna" en relación al perfil del héroe romántico.

  El racionalismo es arrasado por una ola gigante de sentimientos, emociones, fantasías y libertad. El siglo XIX llega con un nuevo movimiento que se desparrama sobre todos los aspectos de la vida, EL ROMANTICISMO.

Ante los esquemas rígidos de los ilustrados se oponen la rebeldía, el desorden, la sensibilidad y el sufrimiento del romántico, que insatisfecho con la realidad,  se refugia dentro de sí mismo.
En la segunda mitad del siglo la poesía alcanza el sumun de sentimentalismo e intimidad, instándose el período posromántico. Gustavo Adolfo Becquer logra reflejar los aspectos esenciales de la corriente en su leyenda “El rayo de luna”, la cual será analizada a continuación.
La leyenda es un género cultivado por los románticos  ya que se inspiran en temas históricos y legendarios. Buscan anclar sus producciones en tiempos y costumbres lejanas a las suyas, demostrando así la disconformidad y rechazo por los tiempos en los que vivían. Por lo tanto, podemos observar desde el propio género una característica romántica. 
Cuando se analiza el título de la leyenda se aprecia uno de los símbolos más recurrentes de la literatura: la luna. Su simbología adquiere especial trato en este período, debido a sus connotaciones misteriosas,   oscuras y sentimentales. En el texto es mencionada en diversas  circunstancias:
“…en este globo de nácar que ruda sobre las nubes habitan gentes…”
“…una luna blanca y serena en mitad del cielo azul…”
 “…la luz de la luna rielaba chispeando…”
“…la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo…”
“…era un rayo de luna…”
La repetición indica la importancia de la luna con la propia leyenda y la asociación con el título. El lector descubre que su simbología tendrá un valor fundamental en el desenlace. 
La voz del narrador se hace explícita en el prefacio. Con el empleo de la primera persona y su repetición puede sugerirse la importancia del “yo” tan arraigado en el romanticismo, en donde el artista se siente superior al mundo que lo rodea, considerándose un genio incomprendido, pero orgulloso de su condición.

Yo no sé si esto es una historia…”
“…yo seré uno de los últimos en aprovecharme…”
Yo he escrito esta leyenda…”
El primer capítulo nos presenta al personaje principal de la leyenda: Manrique. Es a través de su perfil  psicológico y social que pueden apreciarse las cualidades más representativas del héroe romántico.
Un noble el cual desprecia las armas, desprecia en sí su propia identidad. La guerra era considerada un sinónimo de gloria, pero nada puede distraer a nuestro héroe de la lectura de la cántiga  de un trovador. Este aspecto demuestra el interés por la poesía medieval, tiempo anhelado por los románticos. Se caracteriza un personaje que comprende rasgos extraños  y singulares.
Manrique evade la compañía de los  hombres, de su familia, de su entorno. La soledad forma parte de su espíritu, sentimiento  del cual el romántico se complace unas veces y sufre otras. En este caso, su deseo de estar solo se transforma en una obsesión.
“…Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado  no tener sombra…”
Esta obsesión se explica a través de otro rasgo romántico: romper los esquemas establecidos por el neoclasicismo, defendiendo la fantasía, la imaginación y las fuerzas irracionales del espíritu. Manrique se aísla para soñar despierto. Para crear mundos ficticios en donde pudiera sentirse más cómodo, más a gusto. El rechazo por la sociedad  los lleva a evadirse de sus circunstancias, imaginando épocas pasadas, tierras lejanas, seres maravillosos.
“…forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta…”
El poeta  y el héroe de su creación comparten cualidades e ideales. Uno es el reflejo del otro. Por lo tanto, cuando el narrador hace mención a los “ensueños de poeta” se describe a sí mismo, pero  simultáneamente juzga esta condición permitiendo que el lector construya su propio criterio.
El romántico no se conforma con encerrar sus pensamientos en la escritura, sino que necesita sentirlos con intensidad, su vida se convierte en una poesía fantástica sin restricciones. Esta característica puede ser interpretada como crítica hacia el neoclasicismo, período en el cual se debía estructurar el pensamiento y la obra literaria a un modelo rígido, repleto de reglas gramaticales, semánticas y sintácticas. El romántico descubre la libertad de expresarse a su antojo, sin regirse por las barreras de la forma, endiosando la inspiración y espontaneidad.
“…al que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.”
La naturaleza cobra una significación esencial. El poder de los elementos naturales lo cautivan. El agua, la tierra, el fuego, el aire… todo el ambiente  se transforma en un cuadro digno de admiración  y descubrimiento. A su vez, el alma del personaje y del poeta se funde en esta naturaleza, convirtiéndola en el fiel reflejo de su ánimo.  El entorno se convierte en cómplice de sus ensoñaciones, pero también es el combustible que necesita el héroe para inventar  sus fantasías.
“Creía que en el fondo de las ondas del río, ente los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides…”
“En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas de  seres sobrenaturales, palabras inteligibles que no podía comprender.”
El escenario en el cual se desarrolla la mayor parte de la acción es típicamente romántico. Las ruinas  son rescatadas por el poeta y escogidas como símbolo de caducidad de un pasado mejor, el cual pretende redescubrir y perpetuar. Su preferencia por lo histórico es evidente. La soledad es una cualidad inherente a este tipo de espacios.
“…hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios…”
“En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas.”
“…se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.”
La vegetación gana terreno y devora las ruinas olvidadas. La naturaleza en estado salvaje, puro, sin la intervención de la mano del hombre es extensamente detallada por el poeta, denotando la admiración por aquellas cosas que escapan de las convenciones humanas.
“…hacía muchos años que las plantas de los religiosos, la vegetación abandonada a sí misma, desplegaba toda sus galas, sin temor a que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerlas.”
La noche, madre de los secretos y misterios más profundos, es también madre del romántico. Ésta puede brindarle el cobijo necesario para que nadie descubra su presencia. Lo invita hacia lo prohibido, lo místico y paranormal. 
“Era de noche, una noche de verano, templada, llena de perfumes y rumores apacibles…”
El amor romántico escapa de la cotidianidad y la monotonía de las relaciones estables. Su capacidad de amar es múltiple y fugaz. Puede ser una mirada, una sonrisa, una palabra  y caerá presa de un estado sublime de enamoramiento. Manrique no escapa a la regla, “…había nacido para soñar el amor, no para sentirlo, amaba a todas las mujeres un instante…”
La abstracción, la incorporeidad, la imposibilidad de concretar ese lazo  son tópicos esenciales del movimiento, como bien lo refleja Bécquer en la leyenda y en sus rimas. La rima once sintetiza poéticamente el perfil de la  amada:
“Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. - ¡Oh, ven; ven tú!”

La necesidad de amar algo hermoso, lejano, inverosímil acerca a Manrique a los límites de la locura, cuestionando  qué tipo de mujeres habitaría la luna. Parece no conformase con las pertenecientes a este  mundo y su normalidad. Debe hallar un ser único y especial que lo deslumbre.
Esta concepción surge de la imaginación susceptible de Manrique, que deseando encontrar un espíritu al cual encauzar   su amor, confunde un rayo de luna con la orla de un traje de mujer. La persecución comienza a desquiciar al héroe, convencido de que su alma gemela ronda en el mismo lugar y a la misma hora que él, cual estratagema del destino. El personaje no hace más que proyectar su propia identidad en la creación de esta efímera dama. Sus gustos, deseos, miedos, y soledades se depositan en el perfil  representando  sus propios ideales y  particular realidad.
“Una mujer desconocida… En este sitio… A estas horas. Esa, ésa es la mujer que yo busco.”
El narrador objetiva la situación y anticipa que los esfuerzos  de Manrique por alcanzar a su amada son un “Afán inútil.”  Pero el personaje mantiene su fe basado en la brújula más certera de los románticos: el corazón.
“…la encontraré, me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca.”
Nunca ha podido ver más que la borla de su vestido blanco, pero la imaginación prolífera de Manrique le permite visualizar cómo es su amada físicamente, pintándola  de pies a cabeza, desde sus  ojos azules, su cabello negro, su figura alta y esbelta. Cree que así ha de ser, porque así lo anhela su alma. Debe pensar como él y odiar como él, tal vez para no sentirse en la soledad e incomprensión absoluta en la que se encuentra sumergido. Una compañera que lo entienda por completo, sin cuestionar su aislamiento y repulsión por la sociedad.
“¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?”
La desilusión de Manrique, aunque dolorosa, es una característica más la corriente. Al descubrir con terror que su misteriosa mujer no es otra cosa que un rayo de luna filtrado entre los árboles,  el estado inicial de melancolía, no plenitud y disconformidad por el contexto se acentúa.  Esta angustia existencial nublará el temple y la actitud del personaje, ya que ha caído en la cuenta de que sus ideales no encuentran  cauce en la realidad cotidiana.  La fugacidad e inconsistencia de los valores, los sentimientos y los principios, se transforman en la daga que acuchilla los sueños de Manrique. Las grandes ilusiones abocan al desengaño.
“El amor, el amor es un rayo de luna.”
“La gloria, la gloria es un rayo de luna.”
“Mentiras todo. Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos (…) ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.”
La expectativa de alcanzar la plenitud a través de los grandes ideales y valores universales se convierte en ese rayo de luna, y el poeta, agonizando ante la realidad de la vida se apaga sin ninguna brisa que avive la llama de su imaginación.
“A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.”