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miércoles, 23 de octubre de 2013
domingo, 20 de octubre de 2013
Romeo y Julieta (W. Shakespeare) Parte II Análisis de la escena II del Acto Segundo
Romeo y
Julieta (W. Shakespeare) Parte II
Análisis
de la escena II del Acto Segundo
-el
encuentro nocturno de Romeo y Julieta-
Después de
analizar el diálogo de Mercucio y Romeo, escena que anticipa no sólo una de las
situaciones dramáticas más importantes de la obra sino que perfila -de manera
definida- los personajes en cuestión a modo de etopeya, nos centraremos en el
nocturno encuentro de Romeo y Julieta.
Uno de los
aspectos a tener en cuenta son las coordenadas espaciotemporales que el
discurso acotacional define y que, a su vez, se vuelve indicio de algunos
trucos escenográficos de Shakespeare. Veamos: respecto a los espacios, Romeo y
Julieta hace uso de los mismos desde una perspectiva dual, o sea, nos
encontramos con espacios abiertos y cerrados. En el conjunto total de la obra,
los primeros se centran en la plaza pública, la calle (por ejemplo, la de la
escena IV del acto primero), un cementerio; en relación con los cerrados, el
dormitorio de Julieta, y el panteón de los Capuletos. Como espacio intermedio,
se encuentra el interior del jardín de los Capuletos, de profunda significación
en la escena que estamos estudiando ahora. Por otro lado, recordemos que cada
uno de estos espacios apunta siempre a lo siguiente: en los lugares abiertos
ocurren los enfrentamientos entre las dos familias, con los consecuentes
derramamientos de sangre; esto, a su vez, da pie a que la misma gente de la
ciudad sienta muy cercano este conflicto. En los lugares cerrados, hay dos
tipos de modalidades: por un lado, la sala en casa de los Capuletos como
símbolo de una rigidez y una austeridad a toda prueba; por otro, los
relacionados propiamente tal con los dos protagonistas, con ese amor guardado
en el más absoluto silencio, si tomamos como puntos de excepción la presencia
de Fray Lorenzo y la nodriza. El jardín, ya como primera ubicación espacial de
la declaración apasionada de los protagonistas, recupera también su sentido
simbólico -propio de la tradición religiosa que comparte la cultura europea de
la época- de paraíso terrenal y celestial, del vínculo perfecto entre lo divino
y lo humano (recuérdese el proceso dialéctico que subyace en la poesía amatoria
y que se inaugura con la canción trovadoresca de origen cátaro y el dolce stil
nuovo entre los siglos XI y XIV: lo divino se humaniza a través de la pasión
humanamente carnal a la vez que esta última se diviniza, se realiza una
exaltación del cuerpo y su belleza como indicios de la perfección inherente a
la Creación). Pero también téngase en cuenta que el jardín rodeado de muros, al
que sólo se puede acceder a través de una puerta estrecha, simboliza también
-desde una perspectiva netamente masculina- la intimidad del cuerpo femenino,
lo que no se contradice con la fuerte carga erótica de la trama y el acto de
entrega que Julieta verbalizará un poco después del comienzo de esta escena.
Respecto
al tiempo, este factor juega un papel fundamental en la tragedia; incluso,
podemos decir que se transforma en un elemento trágico. Da la sensación de que
Shakespeare tuvo especial cuidado en estructurar las acciones en función de las
categorías temporales. Si vamos al caso, la acción dramática en general se
desarrolla en pocos días; esa condensación está marcada en el simbolismo
otorgado a lo que es la noche (hora del encuentro amoroso) y la mañana (la
imposibilidad de ese mismo encuentro. Léase uno de los parlamentos últimos de
Julieta en el balcón: “El día se acerca. Quisiera que ya te hubieses marchado,
y al mismo tiempo deseo que no te alejes”) desde la perspectiva de los
protagonistas. Una observación curiosa: en esta obra la noche representa una
instancia de la reafirmación vital de los amantes pero, por otro lado, no deja
de suscitar la presencia de lo irracional, lo inconsciente y la muerte como
posibilidad cercana a través de los reiterados usos de la prolepsis: “La
felicidad de esta noche tiene un empuje demasiado impetuoso, que me inspira
recelo y temor. Es como el relámpago ardiente que brilla, pasa y muere antes
que hayamos tenido tiempo de decir: “¡Qué relámpago!...”. Y es de destacar que
en esta coordenada temporal se conjugan, oximorónicamente, dos fuerzas
contrarias que irrumpirán en la trama argumental arrasando con la existencia de
Romeo y Julieta y los demás personajes. Novalis, poeta alemán de finales del
siglo XVIII y que anticipa el movimiento romanticista del siglo XIX,
desarrollará una idea similar: la noche siempre tendrá una preponderancia mayor
sobre el reino de la luz porque en la oscuridad se vuelve a instalar la unidad
de los seres, del mundo y la naturaleza, tal como era al inicio de los tiempos,
recuperando así la armonía perdida entre el hombre y el cosmos (en el caso del
texto dramático estudiado, el restablecimiento de la armonía perdida entre las
dos familias en pugna a través de la pasión de los amantes). El día, sin
embargo, representa con su claridad el predominio de una razón que llega a ser
tiránica y establece la división en todas las escalas de la creación por excederse
en la evidencia aparente de las diferencias (como ya se ha visto, la imposición
de la ley y el orden, pero paradójicamente también de la violencia latente en
el entorno social de la ciudad de Verona). Volviendo a la obra estudiada, hemos
de puntualizar que, tan importante como el tiempo cronológico, también lo es el
tiempo interior y subjetivo. Esto lo visualizamos con claridad en los
personajes principales: desde que se conocieron, viven en función del otro, a
pesar de que el ser amado no pueda estar presente: Romeo, al final de esta
escena, dice que “el amante, cuando se aproxima al objeto amado, marcha veloz y
contento; pero cuando se aleja, lleva en la frente el sello de la melancolía y
camina con paso tardo y vacilante, como el niño que va a la escuela”. De manera
similar Julieta, al preguntar a Romeo a qué hora quiere que le envíe un
mensajero para el próximo encuentro, y él le contesta que a las nueve, ella
repone que “no lo olvidaré. De aquí a entonces voy a creer que pasan veinte
años”. Así, los encuentros amorosos de Romeo y Julieta están caracterizados por
una mágica detención del tiempo (atemporalidad) y por la poesía que irradian
sus presencias.
Estructuralmente
hablando, se destaca al inicio de esta escena la recurrencia al monólogo,
especialmente el lírico, ya que en él se expresan sentimientos y emociones; es
decir, si bien Romeo y Julieta comparten el mismo espacio (aunque desde
perspectivas distintas: Romeo junto al muro, en ademán de estar escuchando las
bromas de sus amigos; luego, Julieta, en un balcón), el contacto total
-dialógico- no se manifiesta hasta después de la declaración de amor que la
muchacha hace pensando estar sola. Como modalidad teatral que consiste en
presentar el discurso de un solo hablante, el monólogo se erige también como
lenguaje interiorizado entre un yo locutor y un yo receptor. Con frecuencia el
yo locutor es el único que habla, pero el yo receptor permanece presente; su
presencia es necesaria y suficiente para volver significativa la enunciación
del yo locutor. Y, aparte de romper la objetividad del drama y abrir una
especie de paréntesis en la acción, el monólogo generalmente aparece cuando el
(o los) protagonista(s) descubre(n) una lucha de conciencia o llevan a cabo el
repaso de su situación: Romeo trata de ordenar en su intimidad el impacto
causado por la recíproca atracción súbita entre él y Julieta; ella toma
conciencia inmediata y lúcida de lo que implica socialmente el aceptar las
consecuencias de esa pasión que no ha hecho sino comenzar. Esas dos posiciones
psicológicas, aparentemente antitéticas, se complementan, aunque las
diferenciaciones discursivas subyacentes son demasiado obvias como para no
detenernos en ellas. Mientras el autor coloca en los parlamentos del muchacho
ciertos recursos de estilo como el anacoluto y la hipérbole que reflejan su
desasosiego (“¡Silencio! ¡Oigo abrir una ventana! ¿Qué luz veo brillar en ella?
¡Oh, claridad bienhechora y pura! ¡Es Julieta! ¡Julieta! ¡Sol y aurora de mi
vida!”), en Julieta aparecen frases interjectivas de dolor (“¡Ay de mí!”) y
evocaciones de la impresión que le dejó “el joven Montesco” a través de un
lenguaje sereno que refleja resignación y aceptación fatalista de su destino:
“¡Romeo!¡Romeo!¿Por qué eres tú, Romeo? Reniega de tu padre, abjura de tu nombre,
y si no quieres hacer eso, jura que me amarás, y yo cesaré de ser Julieta
Capuleto”. Respecto a los diálogos, ya vimos que se destacan en ellos la
personificación del amor como fuerza o potencia que arrastra a todos los que la
vivencian, al igual que la “Canción” de Dante Alighieri y que recuerda al
“daimon” del que hablaba Sócrates en El Banquete:
JULIETA -
¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Para qué estás ahí? Dímelo. Los muros de este
jardín son muy altos y difíciles de escalar. Este sitio representa la muerte
para ti, que eres un Montesco, si es que te encuentra alguno de mis parientes.
ROMEO - El
amor me prestó sus alas, y desaparecieron todos los obstáculos. ¿Qué es el amor
una muralla de piedra? A todo lo que quiere se atreve, y yo no temo la cólera de
tus parientes.
JULIETA -
¡Si te viesen, te matarían!
ROMEO -
Hay para mí más peligro en tus ojos que afrontar veinte espadas desnudas.
Concédeme tan sólo una dulce mirada, y eso me basta para desafiar el furor de
todos.
JULIETA -
Por el mundo entero, no quisiera que te viesen aquí.
ROMEO - El
manto de la noche me cubre y me oculta a sus ojos. Ámame tú, que lo demás me
importa poco. La vida sin tu amor no es nada para mí; preferiré que me la
quiten.
JULIETA -
¿Pero cómo has venido hasta aquí? ¿Quién te ha guiado?
ROMEO -
Sólo el amor. Él ha guiado mis ojos y mis pasos; yo no he hecho más que
seguirle. No soy piloto; pero si para encontrarte fuera necesario ir a las
playas más lejanas, atravesando toda la extensión del mar, iría sin vacilar a
probar fortuna, arrostrando los naufragios, y arriesgándolo todo para conseguir
un tesoro tan precioso como eres tú.
Pero
recuérdese que también se hace presente esa concatenación de metáforas y
paralelismos psicocósmicos -en un tono enfático otorgado por las interjecciones
y los signos de exclamación- que remarcan la interrelación de la naturaleza en
todas sus manifestaciones con el despertar de la pasión de los jóvenes amantes.
Incluso es dable relacionarlo con el planteo de León Hebreo, filósofo sefardí,
para quien el amor es el principio que rige todos los seres del universo; o
sea, es la idea de las ideas, tiene un origen divino y es la finalidad de toda
forma de movimiento. La realidad de cada ser no es sino su grado de amor (o
como diría Romeo, repitiendo la cita ya hecha al respecto, “ámame tú, que lo
demás me importa poco. La vida sin tu amor no es nada para mí; preferiré que me
la quiten”. Por su parte, Julieta afirmará más adelante que “mi deseo de
agradarte no tiene límites, como no los tiene el ancho mar; mi amor es tan
profundo como él. Cuando más te doy, más tengo. Mi amor y el mar son
infinitos”), lo que se contrapone a la visión escéptica de Mercucio en la
escena IV del acto primero al opinar que si la vida del hombre se parece a un
sueño y el sueño no es más que el vacío de una cabeza desocupada, entonces el
hombre sólo es no siendo, es decir, en la muerte, en su propia aniquilación.
Igualmente es observable, en los parlamentos de Romeo y Julieta, otras
influencias como la de Marsilio Ficino. Para este filósofo italiano, el amor
humano es una preparación para el amor divino ya que todo parte de la
semejanza. Y cuando el amor es verdadero los amantes se identifican el uno con
el otro, haciendo que el amor solitario pase a ser amor recíproco. O sea,
semejanza y reciprocidad fundamentan su estructura: “La semejanza es lo que
genera el amor. La semejanza es una cierta naturaleza igual en varios. Pues si
yo soy semejante a ti, tu también eres necesariamente semejante a mí. Por lo
tanto, la misma semejanza que me impele a que yo te ame -así como tú me amas-
te obliga también a que me ames”. Esa característica es observable en la mutua
divinización que la joven pareja realiza de sí misma: en el primer monólogo
Romeo, refiriéndose a la visión que tiene de Julieta, le dice “Mensajero de
Dios”, a quien “los mortales levantan la cabeza”, trastornándolos “su asombro”,
quedando “con los ojos fijos en el cielo, sin poder apartarlos de la
contemplación del prodigio”. Y cuando él le pregunta a su amada qué juramento
quiere que le haga como demostración de amor, ella contesta: “Ninguno; o mejor,
toma por testigo a mi dios, a mi ídolo sagrado, a ti mismo, que eres mi ídolo
encantador: entonces tendré fe en tu juramento”. En otros términos, por medio
de esta experiencia, el amador se transforma en la cosa amada haciendo que
posea en sí mismo lo más deseado. Ahora bien, y siguiendo con el razonamiento
de Ficino, a pesar de esa profunda unión, los amantes no saben exactamente que
es lo que uno busca en el otro. Quieren siempre más y ya no saben lo que
significa ese más. Sienten una nostalgia arraigada, pero difícilmente logren
determinar toda su extensión. Sufren cuando aman y desconocen el por qué
sufren, y de ahí que la semejanza y la reciprocidad no resuelvan tal misterio.
En primera instancia, porque la sed de quien ama no se aplaca al ver o al tocar
el cuerpo del ser amado. No desea este cuerpo o aquel; lo que sí desea es el
resplandor divino manifestado en el otro. Según Ficino, en sus Comentarios al
Banquete, la presencia de Dios es como un suave perfume que hace presentir el
sabor de un fruto ignorado. Igualmente, el temor y la reverencia del amante al
ver su amado (o viceversa) es un temor inconsciente ante la teofanía:
ROMEO
(alto, a Julieta) – Te cojo la palabra, Julieta. Dime tan sólo: “¡Amado mío!”,
dame ese nuevo bautismo, y nunca, ¡oh!, nunca volveré a ser Romeo.
JULIETA
(mirando debajo del balcón) - ¿Quién eres tú, que me escuchas? ¿Tú, a quien la
noche envuelve y que sorprende mis pensamientos más secretos?
ROMEO – No
me atrevo a decirte mi nombre; es un nombre que aborrezco, ¡oh, mi adorada
santa!... Le detesto por ser enemigo de la que amo. ¡Si lo tuviese escrito aquí
ante mis ojos, haría pedazos las letras que lo componen!
Tal vez
por eso mismo es que el amor se transforma, a partir de este momento, en una
fuerza transgresora: va más allá de los prejuicios y los valores establecidos
por un conjunto social. También va más allá de lo de lo que el lenguaje mismo
puede expresar: los conceptos tan sólo obstruyen la verdadera esencia de las
cosas y los seres, apenas son convenciones arbitrarias que no permiten captar
su sentido real: las palabras no constituyen la identidad de lo que nombran. O
sea, se plantea aquí una crítica al alcance de la comunicabilidad humana
respecto a la vivencia amorosa en toda su intensidad. Julieta lo dice
bellamente en su breve monólogo, incluso jugando verbalmente con la enumeración
sinecdóquica, en el siguiente fragmento: “Tú no eres mi enemigo; lo es tu
nombre, tu nombre solo. Tú eres tú y no eres un Montesco. ¿Qué es un Montesco?
Esos brazos, esa cabeza, esos cabellos, no componen un Montesco... Todo eso te
compone a ti... ¡Cambia de nombre! ¡Un nombre no es nada! Demos a una rosa otro
nombre, y no por ello dejará de agradarnos: su perfume no será por eso menos
suave. Si Romeo tuviese otro nombre, toda su gracia y su perfección quedarían
en él, que es a quien yo amo. ¡Borra tu nombre, oh Romeo, ese nombre que no es
nada, ese nombre que no constituye tu ser!”. De allí que lo inexpresable de la
pasión y su vínculo afectivo sólo se diga a través de la metáfora y la
comparación, reiteradas en términos como “luz”, “relámpago”, “halcón”,
“esclava” y “señor”. En relación a la acción, la misma se logra en el fragmento
estudiado con un diálogo movido aunque, para promover un clima de expectación
en el que todo cuidado es poco, Shakespeare incorpora algunos recursos
escénicos como los datos exteriores por boca de la misma muchacha respecto a la
probable furia de su parentela, y la voz de la nodriza -que hasta ese momento
no sabe nada de lo que está ocurriendo y que, por eso mismo, no deja de ser un
peligro latente- tras los bastidores. Estos elementos son necesarios para que
la construcción de este episodio no corra peligro de volverse monótono, a la
vez que fomenta en el espectador una especie de tensión ascendiente (o
aumentativa) haciéndole creer que las fuerzas protagónicas lograrán sus
objetivos hasta llegar al clímax del tercer acto, cuando Romeo mata a Tibaldo.
Lo que en cierta forma pudo haber sido la superación de un difícil obstáculo,
ya que Tibaldo es el más empecinado enemigo de Romeo, se transforma finalmente
en un callejón sin salida al condenárselo a destierro, desencadenando así una
peripecia de desencuentros y malentendidos que originará el final trágico del
drama.
INFORMACIÓN SOBRE EL QUIJOTE
INFORMACIÓN SOBRE EL QUIJOTE
EL BARROCO
Se llama Barroco al período que sucede al Renacimiento en el siglo XVII.
En el Renacimiento el hombre es el centro del mundo, sin dejar de sentir que es la obra maestra de Dios. En este período renace la cultura grecolatina, por eso se imitan a los clásicos porque ellos encarnan la belleza suprema. El arte debe agradar, procurar un placer. Esto se consigue con la sencillez, la claridad, el equilibrio. El Renacimiento coincide con los grandes descubrimientos y con la Reforma Protestante.
La palabra Barroco tiene dos posibles orígenes: uno es el de una forma de silogismo. El silogismo es la disciplina del razonamiento que sistematizó Aristóteles. La forma que se presume puede haber surgido este nombre era la más complicada. Otro posible origen es “baroco”, esta es una perla de agua fría que mantiene una forma irregular. De alguna forma esta figura de la perla irregular bien se condice con este período en el que el preciosismo se hace costumbre, y todo se recarga de rebusques trantando de que no existan espacios vacíos, sin importar cuan regular quede la figura. Esta es una época de desequilibrio.
El Barroco sigue creyendo en el hombre, pero ya no es solamente obra maestra de Dios. Ahora en el hombre se agitan el Cielo y el Infierno. Por eso el espacio en las obras barrocas se expande, ahora ya no hay plano, sino posibilidades de representar otras dimensiones, como por ejemplo los espejos, o las escaleras, o ficciones dentro de ficciones que multipliquen los espacios, haciendo espacios infinitos. El hombre Barroco siente el desengaño del mundo, percibe el vacío interior de un hombre que se siente más cerca de la muerte que de la vida. En el arte está lejos de la simplicidad, se vuelve extremadamente complejo, se vuelve sobre sí mismo, tiende al contraste, al dinamismo, a la exageración, a la riqueza de figuras y al desborde ornamental, a la artificiosidad desbordada.
Tanto el conceptismo como el culteranismo han sido movimientos barrocos complejos que surgieron en la época. El conceptismo fue manejado por Quevedo. Se trataba de llegar al concepto de las cosas a partir de figuras sobrias pero profundas, esenciales y condensadas. Si bien había complejidad en la figura, esta estaba en función de un concepto que era esencial. Mientras que el culteranismo, apoyado por Góngora, se deleita en los elementos artificiosos y preciosistas. No se trata de hacer poesía para el vulgo, sino de llenarla de elementos cultos, con expresiones o mitos extranjeros, si fueran latín, mejor que no fuera accesible fácilmente. Es una poesía hermética y con figuras rebuscada y hasta osadas, en algunos casos.
LAS NOVELAS DE CABALLERÍA Y LA PARODIA
De la poesía épica medieval y de los romances heroicos nacen las novelas de caballería en prosa. Este tipo de novelas cuenta las hazañas fantásticas de héroes inventados, no históricos ni legendarios. Estas novelas se hacen inmediatamente populares y seducen al pueblo de forma que se evadan de la realidad.
La novela de Cervantes se trata de parodiar a las novelas de caballería. La parodia es una forma artística por la cual, tomando los mecanismos del objeto parodiado, y sus procedimientos estilísticos, se busca burlar a dicho objeto, provocar comicidad e irreverencia.
Uno de los reproches que Cervantes hace a estas novelas es la falta de ejemplaridad, ya que éstas sólo buscan deleitar y no enseñar, su forma es disparatada y tienen el único propósito de evadir al lector. Otro de los reproche es la falta de historicidad. Frente a hazañas como las del Cid, las hazañas de las novelas de caballería son absolutamente sobre naturales.
Estas novelas tenían la costumbre de citar fuentes ficticias que dieran aspecto de verdad a sus historias alocadas. Estas fuentes a veces eran tomadas como verdaderas por algunos lectores ingenuos. De la misma manera, y parodiando este procedimiento, Cervantes inventa a Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo y manchego que permitió con sus escritos continuar la historia de Don Quijote.
Otro de los procedimientos que Cervantes imita parodiando es la falta de unidad interior que tenían las novelas de caballería, así nuestro autor incluirá novelas enteras dentro de la novela, y llegará a complicar la situación, dejando hasta trunco algunos episodios.
La artificiosidad del estilo también es uno de los defectos parodiados por Cervantes. Y para ello jugará con el lenguaje en el habla de Don Quijote que intentará imitar siempre el decir de los caballeros que admira.
TÍTULO
Desde el título se puede ver el tema central de la novela. Cervantes llamó a su obra: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Vemos en su título la transformación del hidalgo en el personaje de ficción que él quiere ser: Hidalgo/Don Quijote. Es esta transformación el tema central. Un hidalgo es el título de nobleza más bajo, es un “hijo de algo”, pero es a través de su ingenio que se transformará en “don”, título que estaba reservado a los caballeros o a mayor alcurnia. Si tenemos presente la palabra “ingenio” veremos que esto es el don de invención, la posibilidad de crear mundos de ilusión.
Así que pasa de hidalgo a Don, y pasa de alguien sin un nombre claro, tal vez Quijana a Quijote. Pero pasa de un nombre que no merece ser mencionado a uno que se inventa a partir de ese nombre que no merece conocerse claramente. Se toma algo de su persona y se la transforma, se la sublima, manteniendo la raíz de la palabra y cambiando el final de ella. De la misma manera, este personaje mantendrá la esencia de su ser, y cambiará el final de su historia. Esta parece ser la clave de la mirada del personaje: la realidad tosca, vulgar, mediocre puede ser transformada por la mirada, en una realidad digna, bella, sublimada dependiendo de cómo se haga. Y también la lectura contraria es posible: en una realidad sublime, embellecida, digan, existe siempre algo de mediocridad que la sostiene. Pero esta lectura, sin duda, no es la que tiene nuestro personaje, sino la que puede hacer cualquier lector dado los campos que la obra abre.
ESTRUCTURA
La novela está estructurada en dos grandes partes: hay dos Quijotes, que incluso fueron publicados con diez años de diferencia.
En el primer Quijote tenemos dos salidas del personaje. Una muy corta que llega hasta el capítulo V y la otra que va hasta el final del primer libro. En este primer Quijote tenemos un personaje que cree en la realidad que inventa y que busca hazañas con que poder alagar a su Dulcinea del Toboso. El personaje confía en su creación, es optimista, siendo Sancho quien cumple la función de presentarle la realidad, a la que él considera transformada por encantadores que sólo quieren su mal.
En el segundo Quijote tenemos la última salida del personaje. Ahora tendrá otras motivaciones, dado que Sancho encanta a Dulcinea en el capítulo X. A partir de allí, el Quijote andará sólo para desencantar a Dulcinea. En esa gran aventura, vive innumerables aventuras. Ya el personaje se muestra más desconfiado. No está tan seguro de la presencia de los encantadores, e intenta creer en su creación, que se le ha ido de las manos.
"El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" (análisis Cap.I/ 3º Parte)
"El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" (análisis Cap.I/ 3º Parte)
Prevenciones del hidalgo
(Parte 3 del Capítulo I de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha)
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
El proceso de la locura termina con la decisión del hidalgo de convertirse en caballero. Pero antes, el narrador deja claro que el hidalgo está loco con la expresión “rematado ya su juicio”. Sin embargo, podemos observar que esta locura es discutible en cuanto el lector comienza a ahondar en ese “extraño pensamiento que jamás vio loco en el mundo”. El protagonista considera que “convenible y necesario” hacerse caballero andante para aumentar su honra y servir a su república impartiendo justicia, “deshaciendo todo género de agravio” y poniéndose en peligro para adquirir nombre y fama eterno.
En primer lugar, el hidalgo tiene dos propósitos, uno social y uno individual. Considera que es necesario impartir justicia para el beneficio de la su república. Si tomamos esta afirmación podemos preguntarnos quién está más loco, si el hidalgo que cree que transformándose en caballero puede cambiar el mundo, o el mundo que se ha degradado, corrompido tanto que necesita de un personaje para que exista la justicia.
Su segundo propósito es personal, y allí también podemos encontrar diferentes puntos de vista. Este hidalgo, que ha tenido una vida ociosa e improductiva, elige al final de su vida hacer que su vida valga la pena y ha sido uno de los grandes deseos del hombre de todos los tiempos, alcanzar la inmortalidad, ya sea a través del reconocimiento del mundo, o a través de la literatura o incluso buscando la fuente de la eterna vida. Pero al deseo de trascender la vida que llevamos es de los deseos más recurrentes en el hombre, dejar algo en esta tierra antes de partir. Esto coloca al personaje en un lugar profundamente humano y natural. Cobrar nombre y fama también es el deseo de cualquier hombre. Así el narrador, afirmando la locura del hidalgo, también afirma la locura de todos los lectores que lo leemos, los cuales también consideramos la injusticia del mundo y también deseamos trascender, pero tal vez no hagamos nada para hacerlo, ni lleguemos a un enfrentamiento con la realidad como se anima a hacer este hidalgo.
Es importante destacar que el principio de autoridad son las novelas de caballería. Se propone “ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban”. Por lo tanto aquello que los libros no dicen, él no lo hará. Ya el narrador y Cervantes se han esmerado en aclarar que estos libros son inverosímiles, es decir poco creíbles, llenos de fantasía; por lo tanto lo que el hidalgo querrá será hacer coincidir esa fantasía con la realidad, tal como haría un niño jugando a que es astronauta y va a la luna. Pero en el caso de un niño, la sociedad lo considera “normal”, conveniente y hasta necesario para la construcción de su identidad. En cambio en un hombre de cincuenta años, con un físico endeble, esta idea resulta inaceptable.
El hidalgo querrá ser parte de la fantasía. Él se imaginará no sólo protagonista de su vida, sino también, al estilo de las novelas, lo que el narrador dirá de él. Disfrutará creando el discurso del narrador, su deleite estará en imaginarse el relato de sus hazañas, y ha sido por allí que ha comenzado a tomar las prevenciones para convertirse en caballero: “Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda”. El narrador, denigrando al personaje al llamarlo “pobre”, también juega con el nombre del imperio “Trapisonda”. Según la Real Academia Española, una de las acepciones de la palabra “trapisonda” (que ha caído hoy en desuso) es “agitación del mar, formada por olas pequeñas que se cruzan en diversos sentidos y cuyo ruido se oye a bastante distancia”. Así precisamente está la mente de este caballero, llena de sonidos lejanos y confusos, por lo tanto es una ironía pensar que es el emperador de ese mundo, y a su vez es una realidad indiscutible.
La primera prevención que el hidalgo toma es la de limpiar las armas de sus bisabuelos, que estaban olvidadas y herrumbradas. De alguna manera, esas armas, símbolo del origen de su identidad, de sus ancestros, del pasado mismo de una España ya olvidada. Igual que su historia, y la historia de España, éstas estaban olvidadas en un rincón, y le recuerdan de dónde venía y lo que nunca fue, rescatarlas es una forma de rescatarse a sí mismo, a su origen, su identidad y una época donde la palabra empeñada se defiende con honor y tiene valor, está cargada de contenidos. Recordemos que la España de este hidalgo ha perdido el sentido de la palabra, ha perdido el valor del honor.
Con las armas se da un episodio que explicará el mecanismo de la “locura”. Alonso Quijano ve que tiene un morrión simple, es decir el casco del caballero, pero le falta la celada que es la protección que usaban ante el ataque del exterior. No es casual que sea justamente la celada lo que le falte, el hidalgo no tiene más que su invención, su ingenio y las palabras de lo que ha leído para protegerse de ese mundo hostil que es el presente, y que es muy lejano del mundo imaginado. Tampoco es casual que intente reparar su falta con una celada hecha de cartón, porque será muy frágil la protección que tenga ante ese mundo antagonista que no lo acepta, lo desconoce y condenará sus sueños. La época del hierro, en la que se hacían las celadas, ahora se ha degradado tanto como para transformarse en la época del cartón, símbolo de esa decadencia del presente español.
Prueba su celada y con un solo golpe deshace lo que le tomó una semana crear. Hasta ahora el tiempo ha sido impreciso (“no ha mucho tiempo”, la comida habitual todo los días), no se ha detallado porque es el tiempo de un proceso interno, que no se mide porque es ocio improductivo. A partir de ahora es como si el tiempo empezara a correr; una semana para la celada; cuatro días para el nombre de su caballo, ocho para su nombre. El tiempo ahora es valioso, corre, es productivo. Es preciso porque está construyendo. Por eso, si bien le parece mal haberla roto tan fácil, no es para él tiempo perdido. Si en un golpe rompe una semana de trabajo, el tiempo tiene valor igual, porque está enfocado en un objetivo.
La hace de nuevo y le pone unas barras de hierro por dentro; obviamente no por eso va quedar más fuerte, pero basta con que él lo piense. Un loco real la hubiera probado, una persona que sabe que esta maquinaria de “sonadas soñadas invenciones” depende de lo que él elija creer, no la prueba, no lo necesita, basta con convencerse de “su fortaleza”. El adjetivo posesivo “su” abre el texto a un par de lecturas que se complementan. Por un lado puede referirse a la celada, el hidalgo cree que esta es fuerte después de los cambios que le ha producido, y no necesita probarla porque su mundo se construye de lo que él cree, como cualquier ser humano. Pero también puede referirse a la fortaleza de su brazo, y así se siente poderoso, acorde a la figura de un caballero. Ambas lecturas consolidan lo que el personaje quiere ver de los hechos. Su mirada es profundamente optimista y esperanzadora, al menos al comienzo de la novela; y no por ello es irreal, sino que elige el punto de vista que más le conviene. Los hombres, muchas veces tomamos los puntos de vista que nos sirven para sobrellevar situaciones que nos abruman o nos frustran. Así el mecanismo del hidalgo que aquí se llama “locura” es muy parecido al mecanismo de la sociedad actual.
La segunda prevención que toma el hidalgo es la transformación de su rocín en caballo de caballero. Esta transformación presenta también un principio de la mecánica de la creación del personaje. Este principio es la palabra creadora, la palabra mágica, aquella que basta con nombrar algo para que esto cambie de condición. Es la palabra primigenia, así como Dios crea al mundo y lo ordena a través de la palabra (“Dios dijo…”), así el hidalgo creará su mundo con sólo nombrarlo.
El rocín del hidalgo es una representación de él. Al igual que en la grafopeya del personaje habíamos visto que éste no tenía ninguna de las cualidades que se esperaban de un caballero, sino que es un personaje totalmente opuesto a ese físico que vivía en imaginario colectivo; el narrador hace una grafopeya humorística del caballo. “Tenía más cuarto que un real” refiriéndose así a la moneda, el real, que necesitaba muchos “cuartos” para llegar al valor de ella. Pero la palabra “cuartos” también refiere a la condición de cuarteado. Este es un caballo de trabajo, viejo y destruido, no es el caballo de un caballero aventurero. Luego el narrador afirma “y más tachas que el caballo de Gonela”. Las tachas eran los adornos, y Gonela era un bufón, así que este caballo más parece el caballo de un payaso que el de un caballero, un caballo lleno de defectos y lamparones de pelo que se ha caído. Para ensalzar esta descripción, el narrador utiliza el latín que es un idioma considerado culto y reservado para eventos importantes. Así el narrador, irónicamente dice “tantum pellis et ossa fuit” que vendría a ser algo así como “tantum el pelo como sus huesos eran cosas del pasado”. Si la palabra “caballero conlleva dentro de sí la de “caballo”, y no existe una sin otra, este es el “caballo” perfecto para este “caballero”, porque ambos presentan una imagen humorística.
Sin embargo al hidalgo le pareció perfecto como caballo de caballero famoso, y como tal debía tener un nombre, como lo tenían esos caballos. Es justamente la invención del nombre lo que provocará el cambio de condición del caballo que pasará de ser un caballo de trabajo a ser un caballo prestigioso. El hidalgo se toma cuatro días para pensar este nombre, y esto será la antesala de su propio cambio de condición. Si él va a ser caballero, pues el caballo también ha de ser importante. Para la búsqueda del nombre, piensa en uno que declarase “quién había sido, antes que fuese de caballero andante”. Se trata de conservar la identidad pero cambiar la condición y es lo mismo que hará con sí mismo. Él es un hidalgo y por lo tanto un noble por herencia, el más pobre, pero noble al fin, y elegirá llamarse Don, el título de nobleza más alto. No se trata de anularse, sino de rescatarse y enaltecerse, y así buscar fama, comenzando por la construcción de un nombre ya que en su imaginación él “ya profesaba” la andante caballería.
El proceso creativo no es fácil, no sólo lleva tiempo, sino acción mental que el narrador plantea con la enumeración caótica de verbos (“formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer”). Así este caos no sólo muestra la pasión del personaje sino también la velocidad con que su cabeza funciona. El nombre al que llega, Rocinante, conserva la raíz, su identidad, no pierde su ser rocín, pero cambia el final de la palabra (la desinencia) agregándole una nueva palabra “ante”; así antes era rocín pero ahora es Rocinante, un caballo nuevo, vuelve a nacer con este nombre. Tres cualidades tiene este nombre “alto”, porque le cambia de jerarquía; “sonoro”, porque suena a nombre importante; y “significativo” porque además de ser antes un rocín vulgar y ahora un caballo importante, es ante todos los rocines del mundo el mejor.
La tercera prevención es ponerse nombre a sí mismo, y para ello se toma el doble de tiempo que se tomó con su caballo (ocho días). Recordemos que según el primer capítulo no sabemos cómo se llama el personaje, más adelante sabremos que éste es Alonso Quijano, no Quesada o Quijana como da a entender al retomar la discusión de los autores, volviendo así al tema de la veracidad de la historia. Si los autores discuten sobre su nombre, lo único que no es discutible es que el hidalgo exitió.
Por un lado, la palabra “quijote” es una pieza de la armadura que cubre el muslo del caballero. De esta manera, el nombre es una especie de metonimia del personaje, ya que a través de una parte se menciona el todo. Otra lectura posible parte del nombre es parecida a la de Rocinante. Conserva la raíz de su apellido “quij” y cambia “ano” por “ote”, conservando así su identidad. La terminación “ote” sugiere burla, ya que el aumentativo se utiliza en forma despreciativa (“grandote”, “muchachote”, “bobote”). Mientras el personaje se ensalza, el narrador se burla de él.
Además de añadir su nueva condición de Don, el personaje elige anexar el nombre de su patria, ya que había decidido ensalzar su república, y además está siguiendo su principio de autoridad, los libros de caballería, donde los caballeros colocaban el lugar de dónde provenían a su nombre.
La última prevención es “buscar una dama de quien enamorarse”. El amor es para el caballero el motor que mueve sus acciones, es la representación de la fe, la dama sin ser vista realmente, se convierte en el motor de sus acciones, la razón de su vida, la persona a la que se le dedica sus logros. Para definir esta relación entre el caballero y su dama, y la dinámica de este tipo de amor, el narrador dice “el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”. Un árbol sin hojas y sin frutos es un árbol seco, sin razón de existir. Lo mismo sucede con la expresión “cuerpo sin alma”, sin la dama, un caballero es un muerto en vida. Esta expresión también proviene del ámbito de lo religioso, ya que el alma es el motor que hace humana la vida, es el aliento vital de Dios para que ese cuerpo sea humano, sienta y razone.
Una vez más, antes de pensar en la conversión de la labradora en dama, el personaje se deleita en el discurso que él mismo está construyendo para justificar la necesidad del amor. El discurso que imagina es al estilo de los libros de caballería: “si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes…”. Es una fórmula humorística la idea de que es común encontrarse por allí con un gigante, como si fuera algo natural. El caballero imagina no sólo vencerlo, sino también cómo hablaría delante de su dama, a la que todavía no ha ni siquiera elegido. El nombre del gigante “Caraculiambro” es una burla parecida a la del “imperio de Trapisonda” ya que el narrador no sólo se burla del personaje, sino también del gigante (piensen en el efecto sonoro que tiene ese nombre y las posibles asociaciones que uno podría imaginar). El caballero se huelga, goza de cómo hablaría el gigante, y de cómo sería el encuentro con esa dama.
Elije darle nombre de “señora de sus pensamientos” a una labradora que él algún tiempo había estado enamorado pero que ella ni siquiera lo supo jamás. Una vez más parte de la realidad y construye una realidad diferente, no parte de la nada. Necesita una dama, y la busca. Pero lo mejor es que esté lejos, porque ese “amor” es una construcción ideal, que jamás debe encontrarse en el plano de lo real. El único amor que se puede conservar para este caballero (y tal vez para “algunos caballeros”) es el amor que jamás pasa al plano de lo concreto, donde uno puede ponerle al otro todo lo que le gusta, sin necesidad de que el otro nos decepcione con su frustrante humanidad.
Esta labradora se llamaba Aldonza Lorenzo, y una vez más, jugando con el sonido cambia las letras de lugar y pasa a destacar la cualidad de la dulzura que debe caracterizar a una dama, llamándola Dulcinea, y anexando a ella el lugar “del Toboso”. Una vez más este nombre le resulta “músico”, suena bonito y natural en una dama; “peregrino” porque será el motor de sus andanzas, y “significativo” porque destacará la cualidad de dulzura, que pertenece al mundo de su imaginación, ya que la labradora que él elige está muy lejos de ser dulce según el comentario de alguno de sus personajes, dado que ella es el gran ausente, presente sólo en la mente del protagonista.
Cervantes - "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" - (Capítulo I/2ª parte)
Cervantes - "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" - (Capítulo I/2ª parte)
Proceso de la locura
(Segunda parte del Cap.I de “El Quijote)
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
En este proceso de la locura del hidalgo podría visualizarse en etapas. La primera etapa sería la forma de leer esos libros de caballería. El narrador dice que leía “con afición y gusto” y en este aspecto no encontramos ninguna dificultad, ya que cualquiera puede leer así y no por eso volverse loco. Sin embargo hay algo extraño en su lectura porque olvida su hacienda, sus obligaciones y su entretenimiento habitual. Lee y algo se transforma en su realidad. El problema está en que tiene mucho tiempo ocioso; tiempo libre e improductivo; tiempo de evasión y no de creación. El personaje lee como si eso que leyera fuera real. No está leyendo ficción, está leyendo historia, su historia, la de sus antepasados. En unas palabras: lee “con afición y gusto” y olvida su vida presente. Aquello que le recuerda lo que no ha hecho, y lo que sí han hecho sus antepasados (o al menos imagina que han hecho).
Pero eso forma de leer pasa a una nueva etapa: lee “con curiosidad y desatino” y esto lo lleva a vender parte de su hacienda para acceder a más libros. La lectura con curiosidad no hace a la locura, sino que es sana si hace con acierto. El problema es que el hidalgo lo hace con “desatino”, es decir interpretando lo que le parece, pierde la razón de la obra, el núcleo, lee lo que quiere leer, porque esas historias hablan de él o de lo que él desearía ser, aunque él aún no se ha percatado de ello.
Pero el narrador se burla de su personaje porque le muestra al lector qué es lo que el hidalgo se desvive por entender. Cervantes, a través del narrador, critica la prosa rebuscada y recargada de los libros de caballería; sugiriendo, ingeniosamente que cualquiera que los leyera e intentara entenderlos se volvería loco. Cita así un fragmento para que el lector comprenda el estilo de estos libros, destinados a confundir, floreándose en la repetición de palabras o en polípotes (que es cuando se conserva la raíz de una palabra pero se cambia la terminación “merecimiento que merece”) que suenan bonito pero no dicen nada. Sin embargo, el hidalgo, lector también, considera hermosas estas narraciones “por la claridad de su prosa”. Es precisamente en esa perspectiva de miradas donde se aprecia el desatino. Lo que para cualquiera resulta recargado e incomprensible, a él le parece claro, incluso “le parecían de perlas”, metáfora que sugiere la brillantez y la preciosidad de aquella forma de decir. Es la musicalidad y el desafío por comprender lo incompresible, lo que hace que él mantenga ocupada su mente, y por lo tanto esta lectura viene a llenar el vacío que el personaje tiene dentro.
Irónicamente, el narrador ubica al lector en una nueva etapa del hidalgo: “desvelábase por entenderla y desentrañarles el sentido”. La ironía se presenta al mencionar a Aristóteles, padre del racionalismo, que aun cuando resucitara tan sólo para tratar de entender esa prosa y tuviera todo el tiempo para hacerlo, no lograría encontrar algo lógico en ella. Pero el hidalgo descuida una necesidad básica, el dormir, para intentar entender. Su mente vuela perdiéndose en el laberinto de las palabras.
Vale apreciar la forma en que el narrador abre diferentes dimensiones en la lectura. Dice el mismo: “con estas razones perdía el pobre caballero el juicio”. Por un lado nos asegura que se está volviendo loco, pero por otro utiliza la palabra “caballero” que en este contexto adquiere una dimensión importante. El que pierde el juicio es el hidalgo que aún no ha decidido convertirse en caballero. Sin embargo el narrador utiliza esa palabra en un sentido común, dejando abierto el sentido de clase noble guerrera, que es a lo que querrá acceder. De esta forma el cuestionamiento de su locura empieza a plantearse: ¿es caballero o es hidalgo? ¿o es las dos cosas? ¿está loco o es un ser que quiere reinventarse? ¿es loco querer reinventarse y cambiar la vida ociosa que se lleva? Si es un hidalgo y sus antepasados eran guerreros, ¿está mal querer comprender ese pasado que hace a su identidad? Existen algunos cuestionamientos más que se van abriendo a medida que el narrador afirma su locura y el lector empieza a reflexionar sobre ella.
Pero aún no ha llegado a la profundidad de este proceso, porque el personaje cuestiona la verosimilitud de estas novelas. Es decir, aún puede diferenciar la realidad de la ficción. Los caballeros que él lee deberían estar llenos de heridas y cicatrices, porque después de tantas batallas no existe mago que pudiera borrar lo que han vivido. No es creíble que sigan siendo gallardos y perfectos después de tantas luchas. Sin embargo, lo que le gusta de esas novelas es que nunca terminen, es decir la promesa de un “continuará”, porque esto le permite imaginar, esperar la próxima aventura. En una palabra, le permite ser parte de esas aventuras imaginando su continuación, le abren una puerta a un mundo creativo posible. Tanto es así que a él le hubiera gustado ser el escritor de esas continuaciones, pero no puede, porque “otros mayores y continuos pensamientos” no se lo permitían. No se contenta con ser escritor, eso sería posible y lógico, pero dentro de él está la idea de ir más allá, él quiere ser protagonista, personaje de su vida, igualándola con una novela. Si la realidad no es como las novelas, eso no importa, porque creerá que bastará con nombrar las cosas tal como las leyó, para que la realidad se transforme en el mundo de caballería.
El narrador también nos deja claro que la lectura de estas novelas no es exclusividad del hidalgo. Todos en la época leen esas novelas y las comentan, son el entretenimiento del momento. El vulgo discute quién es mejor caballero, quién es más valiente, quién es el preferido; y en estas discusiones el hidalgo también toma parte en éstas. Si el vulgo lee novelas de caballería, y estas son tan nocivas para los lectores ¿por qué no se han vuelto locos más personajes? Porque no todos son hidalgos, y no todos leen como este hidalgo, ni tienen tiempo ocioso para alienar en esta lectura. El cura tiene obligaciones al igual que el barbero, son hombres de pueblo, no tiene en su historia un pasado guerrero que rescatar; por lo tanto leen para entretenerse.
Casi al final del proceso, el narrador nos muestra cómo el personaje pierde el juicio: “se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro”. Esta cita es emblemática en este proceso, porque ahora el hidalgo perdió toda conexión con sus necesidades básicas, y sobre todo las del sueño. Esto resulta interesante si se piensa que en el dormir habita el sueño, y el hidalgo no necesita eso ya que sueña despierto; lo que le hace perder la noción de la realidad. El narrador omnisciente, que juega a conocer todo lo que piensa el personaje y elige no saber cuál es el nombre, ni de dónde viene exactamente, plantea en una figura literaria, este proceso: “las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio”. Todas las palabras aquí son polisémicas (tienen muchos sentidos). En primer lugar utiliza un paralelismo antitético (la misma estructura gramatical y sus términos son contrarios) contraponiendo noches/días. Y a su vez plantea la antítesis “noches/claro” y “días/turbio”. La noche, momento de los sueños, donde todo es confuso, el hidalgo está claro, y a su vez pasa de “claro en claro”, es decir leyendo toda la noche a la luz artificial de la vela. Y los días que naturalmente tienen la claridad, el hidalgo se pasa “de turbio en turbio”, porque su mente está confusa con la fantasía que se asienta en su cabeza. El final de esto es predecible: la confusión de realidad y la fantasía. Y tan profundo es esto en el personaje que elegirá la segunda por sobre la primera. Por ello el narrador concluye con la metáfora “se le secó el cerebro”, es como si hubiera exprimido y desechado todo lo que de razón quedaba en él.
Todo lo que leía pasa ahora a ser real, el sueño (emperador de la noche) reina ahora en el día. Enumerando lo que leía, el narrador coloca al lector en el caos de la mente del hidalgo, porque esta enumeración es caótica, sin razones de jerarquía: “encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”. Con este recurso el narrador nos presenta una suerte de “zapping” de fragmentos “emocionantes” que empiezan a entreverarse en la mente del hidalgo y que dan la idea den el lector de cómo todo se comienza a mezclar. Para el hidalgo es verdad, “aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía”. La metáfora de la máquina nos sugiere que algo empieza a funcionar dentro de él, algo novedoso que se ha ido construyendo meticulosamente; y el motor son las “sonadas soñadas invenciones” porque aquella comenzó en la sonoridad de una prosa para transformarse en sueños incontrolables para el protagonista.
La fantasía pasa a ser más cierta que la realidad. Le gusta más aquellos personajes alejados de la realidad como el Caballero de la Ardiente Espada, antes que el Cid, personaje histórico. El personaje ficticio, además, ha hecho hazañas más fantásticas como ser partir en dos a “descomunales gigantes”.
Pero su imaginación no solo elige la fantasía, sino que elige mezclar épocas. Le gusta el caballero que ha utilizado una estratagema de Hércules. Así se mezclan la época medieval con los mitos griegos. Culturas diferentes, épocas distintas, personajes ingeniosos que han aprendido a valerse del “pasado” y hacerlo “presente”.
Otra característica que le gusta es la del Gigante Morgante, porque si bien en apariencia es una cosa, en esencia es lo contrario, no es como todos “soberbio y descomedido”, sino “afable y bien criado”. De la misma manera, él, Alonso Quijano el bueno, no se transformará en asaltante de camino, sino que elegirá potenciar su condición de bueno transformándose en caballero para impartir justicia, no importa si parece un personaje burlesco y anacrónico. No es lo que parece lo que importa sino lo que es, igual que el gigante Morgante.
No sólo mezcla todo lo antes dicho, sino también religiones. Reinaldo de Moltaban roba un ídolo de Mahoma. Así que aquellos caballeros cristianos, limpios de espíritu, también estarán entreverándose en la religión budista.
Pero una sola cosa es “traidor”, Galalón, personaje de ficción y el ama y su sobrina, personajes de la realidad. El enemigo es la realidad, y el personaje se sentiría feliz si pudiera castigarla.
Primera parte: Presentación del hidalgo (Análisis del Capítulo I) Quijote.
Primera parte:
Presentación del hidalgo
(Análisis del Capítulo
I)
Trabajo realizado por la
Prof. Paola De Nigris
Ubicación de la obra:
Como los grandes
clásicos no podemos ubicar fácilmente esta obra en una corriente literaria o en
un solo período porque excede a su tiempo. Hay en la obra elementos
renacentistas, como ser un personaje que sale a buscar nuevos horizontes. Hay
elementos barrocos, como ser en la segunda parte, los duques que manipulan y se
divierten con la fantasía del personaje. Hay elementos manieristas, como ser la
duda permanente que el texto platea (¿está loco o no?).
El uso del lenguaje, la
falta de certezas, la multiplicación de planos que la obra plantea nos acerca a
un texto complejo de analizar.
Tema:
Es precisamente la
multiplicación de planos y la falta de certezas la que nos muestra el tema de
la obra: el perspectivismo. Nada es claro. Todo depende del lugar en que se
mire. Así todo será relativo. La bacía de barbero también puede ser el “yelmo
de Mambrino” dependiendo de quién mire, sea Sancho, sea el Quijote. Así
cualquier situación que se plantea puede ser vista de diferentes formas,
dependiendo de quién “las lea”. Esa es la clave de la obra. La venta puede ser
castillo; las prostitutas, doñas; y los molinos, gigantes. Es la mirada la que
da significado a lo que se ve. Y eso nos puede parecer loco, pero también es
profundamente humano; la mayor parte de las veces necesitamos dar significados
diferentes a las cosas para sobrellevar la frustración o la mediocridad de lo
cotidiano.
Título:
El título de la obra
plantea una contradicción. El “hidalgo” es un título de nobleza que representa
a una casta guerrera que está venida a menos. Eran “hijos de algo” y ese “algo”
eran los caballeros de la plena Edad Media. Pero en el título, la palabra
“hidalgo” está asociada a “Don” siendo este un título de nobleza de mayor
jerarquía. Así se nos presenta la contradicción ¿hidalgo o Don? Precisamente
las dos, porque son caras de una misma moneda. Es un hidalgo que elige verse
como Don, que es lo que aspira a ser, o lo cree ser por simple hecho de
llamarse así. Veamos que el título también incluye la palabra “ingenioso” que
es un proceso mental por el cual se inventa algo nuevo, así es este proceso
mental lo que crea la nueva realidad. Pero tengamos presente que no parte de
cualquier lugar, sino parte de su misma condición, y por eso, este hidalgo que
cuando se ha adentrado la obra sabemos que se llama Alonso Quijano, y tiene
como epíteto “el bueno”, no elige convertirse en un asaltante de caminos, sino
todo lo contrario, en alguien que imparte justicia. Todo el proceso del
personaje será así: parte de una realidad y elige verla de una manera
diferente, por eso no podemos asegurar tan fácilmente que esté loco.
De esta forma el título
nos deja un mensaje interesante: detrás de toda realidad mediocre puede existir
una realidad sublime. Pero así como me deja ese mensaje, también me deja el
contrario: detrás de toda realidad sublime se esconde una realidad mediocre.
Estructura:
Si bien el capítulo
primero sirve como presentación a toda la obra, este podría dividirse en tres
partes: la primera sería la presentación del hidalgo, la segunda el proceso de
la locura y la tercera las prevenciones que toma el hidalgo para armarse caballero.
Presentación del
hidalgo:
El texto comienza con la
conocida expresión “en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme”. Deliberadamente, el narrador nos niega el lugar de dónde proviene
el hidalgo. Sólo quiere que sepamos que es de la Mancha, pero nos aclara que no
tiene ninguna intención de recordar el lugar exacto. La imprecisión está
plantea así desde el comienzo, porque este será el tema de la obra, el
relativismo. Nada quedará seguro, las certezas no existen en este mundo, tanto
el de la obra como el que vive el autor (incluso el nuestro).
Recordemos, también, que
Cervantes había declarado en el prólogo, que la intensión de esta obra era la
parodia de los libros de caballería. Una parodia es la imitación burlesca de
una obra o personajes, tomando las características esenciales del mismo. Todos
conocían las elementos esenciales de una novela de caballería, ya que era
literatura habitual en la época; hombres gallardo, de espíritu limpio, que
luchaban contra dragones, gigantes, y adquirían fama y renombre, todo esto en
un lugar imaginario y perfecto. Una de las características de esta novela era
la precisión. Ellas comenzaban con el lugar exacto en que dichas hazañas
sucedían, y junto con ellas también la progenie que el personaje tenía. En este
caso, el narrador nos niega esa información, y encima veremos que ni siquiera
sabe el nombre real de su personaje, por lo menos en el primer capítulo. Estos
son los mecanismos de la parodia, cualquiera que empieza a leer en aquella
época, reconoce los elementos de las novelas de caballería, y reconoce la burla
que se está haciendo desde el comienzo.
Esta imprecisión
planteada respecto al lugar, también se planteará respecto al tiempo: “no ha
mucho tiempo” dice el narrador en este primer capítulo. Sin embargo, al final
del capítulo VIII dice el narrador que no puede seguir su historia, porque no
sabe cómo termina. En el capítulo siguiente es cuando todo comienza a
complicarse. El narrador encuentra en Toledo, unos “papeles viejos” que
un muchacho está vendiendo. En esos papeles está la “Historia de don
Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”.
De esta manera aquel “no ha mucho tiempo” se vuelve confuso (¿es una historia
antigua o no tanto? ¿el narrador conoce al hidalgo o en realidad es una historia
que escuchó de alguien que contó y que termina perdiéndose en el tiempo?). Esta
complicación del narrador que parece presentar a un personaje con la
imprecisión de quién por rumores ha escuchado hablar de un personaje con
determinadas características que le ha pasado determinada cosa, se vuelve más
profunda cuando quien termina narrando es “Cide Hamete Benengeli” que es
traducido por el muchacho que vende los papeles en el capítulo IX. Así que ya
no sólo tenemos un narrador que no sabe de dónde viene su personaje, que no
sabe cuándo existió, sino que también tenemos a un segundo narrador y a un
traductor, por lo tanto una historia que pasa por varios niveles de narración.
Este primer narrador
parece querer presentar la historia como algo verosímil y por lo tanto posible,
esta es una de las razones de la imprecisión en esta presentación. Si el
narrador no quiere acordarse del lugar, si dice “no ha mucho tiempo”, nos habla
de un narrador que conoce la historia porque es harto conocida, porque es popular,
y se cuenta naturalmente, oralmente.
El hidalgo que se
presenta desde el primer enunciado tiene algunos elementos importantes en los
que deberíamos detenernos: “lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y
galgo corredor”. El primer elemento nos habla del linaje guerrero de sus
antepasados, que él ve cada día, pero del que no es parte, más que como un
recuerdo lejano y que ahonda en su frustración de lo que no ha hecho jamás. La
lanza y escudo (“adarga antigua”) están como adorno de lo que fue, y recuerdo
constante de lo que no es. El “rocín flaco” que luego se transformará en su
Rocinante, ya está presentado como un caballo que no tiene el arquetipo de
caballo de caballero. Está venido a menos, está flaco y su costumbre es la de
trabajar, es un caballo “de poca monta”. Es interesante precisar, que este es
el típico caballo para este hidalgo, que no tiene lo necesario para ser un
caballero, como tampoco lo tendrá el caballo. El perro, que se menciona aquí
(“galgo corredor”) recuerda el ocio de esta casta guerrera venida a menos. Sus
ancestro vivían de la lucha, a los hidalgos les queda la caza, es decir un mero
entretenimiento, mediocre de lo que eran las hazañas heroicas de sus
antepasados.
Con los pincelazos que
da en el primer enunciado, el narrador se propone describirnos minuciosamente
lo que el personaje come. Es interesante precisar que no sabrá cómo se llama,
no sabrá de dónde viene exactamente ni cuánto tiempo hace que existió, pero
sabe qué come, qué viste, quién vive con él, y cuántos años tienen lo que lo
rodean. Detalles que parecen, a simple vista, irrelevantes. Y lo son, si no
tenemos en cuenta que lo que caracteriza a este hidalgo es la rutina, el tiempo
y la vida vacía que lleva permanentemente. La monotonía que reina en su vida cotidiana,
y la frustración de lo que no es, que terminarán siendo el motor para querer
cambiar su mundo.
La comida que el
narrador detalla reafirma la pobreza del hidalgo y el aburrimiento. Su menú
semanal está determinado, no hay opciones de cambio, porque tampoco existe un
poder económico o un interés creativo en eso. La comida, que es el alimento
básico para la existencia, es aquí vaca (que en la época es una comida
desacreditada), lentejas, salpicón, incluso algún palomino, los domingos, algo
que debería ser como el gran festín, pero que resulta absurdo, dado que los
palominos eran usados por la nobleza para transmitir mensajes.
Luego de hablar de la
comida, el narrador detalla la vestimenta que usa el hidalgo. Esta reafirma la
pobreza del personaje, que tiene pocas prendas, lo que muestra la falta de vida
social, y por lo tanto la soledad y el aislamiento o dejadez en que vive. Pero
la amargura de esa conclusión está escondida tras la ironía del narrador: “los
días de entresemana se honraba con un vellorí de lo más fino”. La ironía está
clara en el doble significado de la palabra “fino”, dado que podría pensarse
que sentía honra por la finura y el prestigio del vellorí, pero también puede
sugerir que este vellorí está fino por lo gastado. Así el narrador empieza a
mostrarnos cómo ve una cosa que en realidad puede ser otra.
Esta soledad y reclusión
tiene una razón en el entorno social del personaje. Lo acompaña una “ama que
pasaba de los cuarenta”, una sobrina de veinte años y un único trabajador, joven,
que sirve para cualquier tarea. Nadie podía comprender al hidalgo, la “ama” que
es la más cercana en edad no tiene la misma condición social de él, la sobrina
no se acerca a poder comprender la frustración de un hombre ya anciano, para la
época, y el trabajador es el único que hace alguna tarea productiva, pero no
está para ocuparse de los ensueños del personaje. Es esta profunda soledad la
semilla que permitirá el crecimiento de la “locura”. Usaré las comillas para
referirme a ese término porque si bien el narrador dirá que el personaje se
vuelve loco, esto merece una discusión profunda que iremos planteando durante
este análisis.
La grafopeya del
personaje (descripción física) nos presenta a alguien cuyas características se
oponen a lo que el imaginario colectivo tiene como héroe o caballero. Suponemos
que el mismo debería ser rudo, fuerte, joven, gallarlo, y este es débil, flaco,
entrado en años. En una palabra es lo contrario a lo que esperamos, por lo
tanto es como una caricatura del caballero. Es precisamente esta contradicción
lo que hará que el personaje jamás sea aceptado como lo que espera. No sólo
porque ser caballero en esa época es anacrónico (ya no existen en el tiempo del
hidalgo), sino porque este personaje no cumple los requisitos para ser aceptado
como tal, ni en esta época (la de la obra), ni en la época de los caballeros.
Así el hidalgo siempre estará intentando comenzar un rito de iniciación que
nunca cumplirá, porque al final de la etapa la sociedad nunca lo aceptará como
tal.
La etopeya del personaje
(rasgos de personalidad) apuntan al entretenimiento que tenía esta casta noble:
la caza. Como ya dijimos, esta afición no era más que una representación de la
decadencia de aquel pasado heroico. Algunos críticos han relacionado a este personaje
con la España en decadencia.
Recién al final de estos
datos el narrador hablará del nombre de su personaje y para darle verosimilitud
a su relato sugerirá que no conoce exactamente el nombre, que podría ser
“Quesada”, “Quejana” o “Quijada”. De esta forma, además de apartarse de la
exactitud de las novelas de caballería, se aparta también de lo esperable en
una narración. Es de suponer, que un narrador conoce el nombre de su personaje.
Pero en este caso, como quiere hacernos creer que el personaje existió, la
mejor manera es crear esa imprecisión que sugiere la oralidad. Ya no sólo sabe
de su existencia el narrador, sino que hay “autores” que también conocen esta
historia. De esta forma marca su propósito: “basta que en la narración dél no
salga un punto de la verdad”. Se trata de hacer lo contrario a las novelas de
caballería donde los personajes vivían historias fantásticas, con amores
inverosímiles e inaccesibles, luchando contra dragones y personajes
sobrenaturales, buscando ideales inalcanzables.
Podemos pensar en una
deliberada intención de desmerecer al hidalgo, para luego construir la figura
del caballero. El nombre del hidalgo, en principio, no importa, el que cobra
importancia es el de la creación “Don Quijote”. Mientras que del hidalgo no sabemos
lo más importante, ni su pasado ni su identidad, pero si sabemos lo vacío de su
presente, del caballero que el construirá conoceremos todo lo a partir de ese
momento vivirá.
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